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14 de Junio de 2022 - Nota vista 637 veces

Dos figuras importantes en torno al francés en Concordia: Mme Fuchs Vallon y Saint-Exupéry

En el primer artículo hemos destacado la importancia de Mme Suzanne Fuchs Vallon en cuanto a la difusión de la lengua y cultura francesa en nuestro medio. Pero ella, que habitó varios años el hoy llamado “Palacio San Carlos”, recibió allí a un huésped muy especial, en el año 1929: Antoine de Saint-Exupéry. Hemos consultado algunas fuentes sobre las circunstancias de este viaje, y constatamos algunas diferencias.

Mario Markic, (Revista “Viva”, 25/6/2000) aclara que se trataba de un viaje de inspección para controlar algunos de los quince aeródromos de la línea de correo aéreo del país. Al ver un campo apropiado cerca del río Uruguay, lo consideró una pista de aterrizaje alternativa y bajó a inspeccionar el terreno. En cambio, Luis Rodríguez Aybar (“Vida de Antoine de Saint-Exupéry”, 1981, Aciar Viera ed.) escribe: Saint-Exupéry debía hacer noche en Concordia. Vachet (Jefe de Tráfico) que se había formado amistades en todo el territorio (…) escribió a una familia conocida del lugar para que le abriera al viajero sus puertas. Saint-Exupéry lo ignoraba y quedó sorprendido ante la afable acogida de unos desconocidos que lo esperaban a su llegada. Los saludos en nombre de Vachet lo explicaron todo (p.223)

   De todas maneras, hubiera contacto anterior o no, el encuentro de estas dos personas tan valiosas se produjo felizmente y sus alternativas fueron revividas por el escritor en el capítulo Oasis, de su obra Terre des hommes. Y la referencia a su llegada a un sitio inesperado, recibido por dos jovencitas que hablaban su idioma y casi se burlaban de su aterrizaje, ha dado lugar a deducir que acá, en Concordia, en el castillo San Carlos, en el encuentro entre el aviador y las dos chicas algo rústicas, estuvo el germen de su obra magna, Le petit prince, escrita años después.

   Por eso, y porque nos parece importante compartir su palabra y su sentir frente a la vieja casona, dentro de ese agreste paisaje y siendo recibido por una familia tan particular, es que transcribiremos los párrafos más significativos de la primera parte de Oasis.

    Cuando, en nuestros paseos domingueros, vayamos subiendo por el camino que conduce a la importante entrada, recordemos la bella descripción que hace este escritor y piloto, al ver el majestuoso portón y los muros que ya tenían más de treinta años…Leamos y “escuchemos” a Saint-Exupéry:

  Me referiré a una breve escala en alguna parte en el mundo. Era cerca de Concordia, en Argentina, pero hubiera podido ser en cualquier otro lugar… Había aterrizado en un campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas. El viejo Ford en el cual rodaba, no ofrecía nada de particular ni tampoco la familia que me había recogido.

-Pasará usted la noche en nuestra casa…

 Pero en un recodo del camino, se descubrió, a la luz de la luna, un bosquecillo y detrás de esos árboles, una casa. ¡Qué casa extraña! Compacta, maciza, casi una ciudadela. Castillo de leyenda, que ofrecía, al trasponer el porche un refugio tan apacible, tan seguro, tan protegido como un monasterio.

  Entonces aparecieron dos jovencitas. Me observaron gravemente como dos jueces apostados en el umbral de un reino prohibido. La más joven hizo una mueca y castigó el suelo con una varilla de madera verde; después, hechas las presentaciones, ellas me tendieron sus manos sin una palabra, con un aire de curioso desafío y desaparecieron.

  Estaba divertido y encantado a la vez. Todo ello era simple, silencioso y furtivo, como la primera palabra de un secreto.

-¡Eh! ¡Eh! , son salvajes- dijo simplemente el padre. Y entramos. (…) Quedé maravillado. Pues todo estaba ruinoso, y lo estaba adorablemente, a la manera de un viejo árbol cubierto de musgo, al que la edad ha resquebrajado un poco (…). Los revestimientos de madera estaban gastados, las puertas raídas, las sillas, rengas. Pero, aunque no se reparaba nada, acá se limpiaba todo con fervor. Todo estaba limpio, encerado, brillante.

 El salón adquiría un aspecto de extraordinaria intensidad, como el de una anciana con arrugas. Yo admiraba todo: las grietas de las paredes, las desgarraduras en el techo y, por encima de todo, ese piso hundido por acá, oscilante por allá, como una pasarela, pero siempre lustrado, barnizado. Curiosa casa, ella no evocaba ninguna negligencia, ningún abandono, sino un extraordinario respeto. Cada año, sin duda, añadía algo a su encanto (…) y también a los peligros del viaje…para pasar de la sala al comedor.

 ¡Atención! Era un agujero. Se me hizo observar que en semejante agujero me hubiese roto, fácilmente, las piernas. Nadie era responsable de ese agujero: era obra del tiempo. (…) No se me decía “Podríamos tapar todos esos agujeros, somos ricos, pero…” No se me decía tampoco -lo que sin embargo era verdad- “A la ciudad alquilamos esto por 30 años. Es ella la que debe repararlo. Cada uno se empecina…” Se desdeñaban las explicaciones y tanta soltura me encantaba. Como máximo, se me remarcó: “¡Eh! ¡Eh!, está un poco descalabrado”.

  Pero todo con un tono tan ligero que yo suponía que mis amigos no se entristecían demasiado por eso. ¿Se imaginan ustedes un equipo de albañiles, carpinteros, ebanistas… instalando en semejante pasado sus sacrílegas herramientas y rehaciendo en ocho días una casa que uno nunca hubiera reconocido y donde uno se creería de visita? ¿Una casa sin misterios, sin rincones, sin trampas bajo los pies, sin escondrijos? ¿Una especie de salón municipal?

  Así sintió y valoró, Saint-Exupéry, ese castillo que sigue ofreciendo su rostro centenario y sus escalinatas firmes a quienes, como él, quieren desentrañar los misterios que encierra cada rincón y cada página de su historia. Continuaremos con “Oasis” en la próxima entrega.

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