APPS de El Heraldo

Servicios

Actualidad

Secciones

Interés General

Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 4 de Junio de 2022 - Nota vista 617 veces

La destitución del virrey Sobremonte por el pueblo

El incalificable comportamiento del virrey Sobremonte al avanzar los ingleses sobre Montevideo, unido al feo recuerdo del año anterior cuando en actitud similar se alejó de Buenos Aires, marcó definitivamente el ocaso de su gestión. En el Río de la Plata ya no quedaba nadie dispuesto a seguir tolerando a un virrey eternamente fugitivo, organizando defensas a cientos de kilómetros del frente de lucha. Lisa y llanamente se trataba de su destitución, hecho gravísimo sin precedentes. El 10 de febrero de 1807 se convocó en Buenos Aires una asamblea de las autoridades, vecinos principales y jefes militares para tratar el asunto.

Por supuesto estaba también el obispo Benito Lué, y por su jerarquía le correspondía hablar en primer término. Ya conocemos al hombre autoritario, absolutista; su forma de pensar no era un misterio para nadie. Irreductible partidario del mando, sentía repulsión física hacia todo lo que tendiera a alterarlo, especialmente subordinados insolentes que pretendían enmendar la plana de los superiores. De modo que era presumible asumiera la defensa de Sobremonte. Pero el ambiente estaba caldeado, el virrey repudiado y el futuro difuso. Otra vez flaqueó Monseñor y dando un paso atrás se negó a jugarse. Escudándose en su dignidad eclesiástica rehusó emitir ningún parecer. Fue el único voto en blanco de la histórica asamblea que depuso al marqués de Sobremonte y prefiguró lo que tres años más tarde depondría al último virrey español.


EL 1º DE ENERO Y LOS SUCESOS

Las invasiones inglesas fueron dramáticas para el obispo Lue. Su viejo sueño de crear un seminario en Buenos Aires se esfumó a pocos meses de su creación, cuando el edificio fue transformado en cuartel y los seminaristas desalojados para dejar lugar a los soldados. Jamás volvería a abrirse en sus días. Fue también a consecuencia de los ingleses que la intocable autoridad virreinal se vino abajo estrepitosamente, como nunca antes en la historia, correspondiéndole al estupefacto y escandalizado Monseñor ser testigo del manoseo y enjuiciamiento del representante directo del rey, por personas e instituciones secundarias, periféricas. No debió creer a sus ojos cuando un Don Nadie de nombre Santiago Liniers pasó nada menos que a ser virrey, y no designado desde arriba, sino elegido “desde abajo”. Y para completar la cuestión, él no la estaba pasando mejor que Sobremonte, ya que su tibia actitud ante el invasor inglés le enajenó de lleno el clero, que se cerró unánimemente en su contra, llegando a hablar de deponerlo ¡a él! ¡Al obispo! A principios de 1808 los presbíteros Sáenz y Herrera prepararon un violento memorial contra Monseñor Lue, que fue firmado por buena parte de los sacerdotes, acusándolo de una serie de cosas bonitas, como gobierno tiránico de la diócesis y una cantidad de “excesos”, como la de emplear métodos arbitrarios contra sus subordinados y la simpática costumbre de violar la correspondencia de los clérigos. Don Benito hirvió de indignación al enterarse, vio todo rojo, puso el grito en el cielo, y a pesar de que no gustaba de la persona de Liniers, como la de nadie en general, logró convencer al maleable gobernante que metiera presos a varios de esos sacerdotes. La medida era exagerada y entonces se le ocurrió mediar al cabildo- que cada día se llevaba peor con el virrey- considerándose autorizado a defender la libertad de expresión de los clérigos en cuanto estos fueran amparados por la ley. En base a ello y sin reparar en que los títulos de mediación eran bastante discutibles, el cabildo elevó un pedido de informes a Liniers.

El virrey se sintió afectado en su dignidad y contestó con una seca negativa, lo que dio inicio a una interesante, aunque poco cortés, correspondencia entre ambas partes, que vino a deteriorar aún más las ya pesadas relaciones entre todas las autoridades porteñas.

En el Tomo IV de la Historia de Vicente Sierra puede leerse un fragmento de la carta del cabildo a Liniers, donde lo más digno de destacar es la fresca insolencia del cuerpo edil hacia la máxima autoridad del Virreinato.

En tanto transcurrían estos desencuentros, en Buenos Aires, España se desmoronaba ante el empuje de los franceses. Pronto hubo dos reyes españoles que tuvieron que abdicar e ir presos, mientras un monarca francés se sentaba en el histórico trono de España y la rebelión hispana parecía condenada al fracaso. En Buenos Aires se apoyó sin retaceos la resistencia contra el invasor francés y el repudio a José 1º Bonaparte.

Todos los partidarios de Napoleón– o “afrancesados”– pasaron a ser sospechosos, en primer lugar el mismo virrey francés de nacimiento y que por un momento pareció ver con beneplácito el cambio de dinastía. Y como se consideraba a Manuel Godoy el principal responsable de lo que ocurría en España, todos los que de una manera u otra estuvieran relacionados con el destituido Príncipe de la Paz, también perdieron puntos en el aprecio general. Y uno de los acusados de godoyismo era el obispo Lue y Riega.

A medida que avanzaba el año 1808 y España parecía definitivamente perdida, se afirmó en varios grupos influyentes de Buenos Aires la decisión de no correr la suerte de la metrópoli, y como nada parecía prever que la península pudiera resistir a Napoleón, la única salida era la independencia total de estos dominios. La resolución quedó bastante clara cuando se rechazó a José 1º, que gobernaba, y se juró a Fernando VII, que estaba preso y no tenía la menor posibilidad de volver al trono.

Había dos líneas de carácter independentistas, aunque de distinta manera. Un partido dirigido por don Martín de Álzaga con base en el Cabildo y mayoría de integrantes españoles. Pretendían una especie de república de “notables”. Se establecería una Junta como las de España y el Cabildo sería su sede gubernamental. Como figuras notables, aparte de Álzaga estaban Larrea, Matheu y Mariano Moreno. El otro partido proponía una monarquía constitucional cuya corona se ofrecería a la Infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa del príncipe regente de Portugal. Esta facción estaba formada por mayoría de americanos, entre ellos Belgrano, Castelli, Beruti y también lo integraban los que sostenían a Liniers por tiempo indeterminado, como Saavedra, Martín Rodríguez, Chiclana sin definirse por el momento por la independencia.

A mediados de 1808 ya era bastante claro que algo iba a ocurrir. Y lo que pudiera pasar, no podía ser del gusto de Monseñor Lue. Abominaba de las Juntas como sinónimo de anarquía –fulminó contra la de Montevideo al formarse allí bajo la conducción de Elío– y le repugnaba la posibilidad de que los americanos se atrevieran a tomar en sus manos su propio destino. En su opinión mientras en España hubiera una sombra de gobierno central, este debía ser obedecido sin chistar por América. Tal era su irreductible posición.

En los últimos meses de 1808 era inminente el estallido. Álzaga decidió llevar las cosas adelante. Hubo conexiones entre el partido juntista y el carlotista para juntar fuerzas en el pronunciamiento, pero no se llegó a un acuerdo. Castelli se entrevistó con Álzaga sin lograrse que este diera a los americanos la participación que pedían, y en consecuencia los carlotistas se retrajeron. Fue un grave error del alcalde, pues ello le enajenó el apoyo de una importante fuerza civil y militar.

El 1º de enero de 1809 hacia el mediodía, la campana del Cabildo anunció que la revolución estaba en la calle. Hay que dar por cierto que la entrada en escena de Monseñor Lue fue tal como la relató Berutti “A la novedad de estas cosas (vale decir el estallido de la revolución), se aflige de sentimiento el corazón del ilustrísimo señor obispo y temeroso de que hubiera efusión de sangre entre unos y otros, se dirige a la plaza a fin de mediar como buen pastor, y sosegar los ánimos de sus ovejas: pasa por frente al Fuerte, ve las prevenciones, pero sosegados: se dirige hacia el Cabildo para tomar la calle que sale para su casa y retirarse, y le salen al encuentro los catalanes y demás de su partido, detienen su coche y le suplican “que se abaje” y vaya al Cabildo donde su persona es necesaria.

El obispo “se abajó” y ofreció su mediación al Cabildo, que parecía triunfante. En tal carácter se trasladó al Fuerte en compañía de una delegación, para solicitar la renuncia del virrey. Allí estaba junto a Liniers el coronel Saavedra. Hubo una breve discusión entre este y el obispo, llegándose a la conclusión de que se retirarían las tropas antagónicas para evitar efusiones de sangre. Se discutió un poco sobre quién se retiraría primero, pero al cabo lo hizo Saavedra con los Patricios, rodeado de todos los honores. El obispo regresó al Cabildo, donde manifestó haber hecho todo lo que estaba en sus manos para evitar derramamiento de sangre. La tarde avanzaba, la revolución había estallado antes del almuerzo y el obispo desfallecía de hambre. Entonces se acordó de sus necesidades materiales y espirituales –en ese orden– y comunicó que se iba a casa “a tomar bocado y rezar el oficio Divino. Lo obligaron a quedarse por su importante función mediadora. Incluso salió al balcón del Cabildo parar llevar tranquilidad al pueblo congregado. Hubo varias idas y venidas entre el Fuerte y el Cabildo, hasta que al fin Liniers se avino a renunciar con la expresa condición de que no se formaría Junta y que el mando pasara al militar de mayor graduación, que lo era Pascual Ruiz Huidobro, que casualmente era uno de los candidatos de los revolucionarios para encabezar la Junta. Como no habría tal junta y Ruiz Huidobro era el mal menor, Monseñor Lué estuvo en total acuerdo y al cabo logró que los insurrectos aceptaran la condición de Liniers. Ya estaba renunciando el virrey cuando reapareció teatralmente Saavedra con aspecto espeluznante; ya que según Martín Rodríguez irrumpió de improviso, sable en mano y con un pañuelo atado a la cabeza, como listo para el abordaje. No solo entró, sino que arrojó la espada en la balanza y decidió en definitiva. Ni junta, ni Ruiz Huidobro. Seguiría Liniers. De ese modo, Álzaga perdió un triunfo que tenía en la mano por la falta de apoyo de los americanos que desdeñara.

En su autobiografía, escrita bastante después de los hechos y con un claro fin de justificación, Saavedra dejó su versión de lo ocurrido: “los jefes y comandantes, mis compañeros, nos dirigimos a la Fortaleza, entramos al salón donde se hacía el acuerdo antedicho, y encontrándonos que ya se estaba extendiendo el acta de abdicación que hacía al señor Liniers del mando, puesto que el pueblo no quería continuarse en él. Fue sorprendente a todo aquel cónclave nuestra aparición en él. El señor obispo fue el primero y único que habló, encarándose a mi, dijo: “Señor comandante demos gracias a Dios, ya todo está concluido: S.E. ama mucho a este pueblo y no quiere exponerlo a que por su causa se derrame sangre en él, ya ha convenido abdicar el mando y se está extendiendo el acta de esta abdicación”. Yo contesté: “Pero señores ¿Quién ha facultado a S.E. a dimitir un mando que legalmente tiene, y más cuando son supuestas y falsas las causales que le han propuesto para esa resolución?” “Señor comandante, por Dios, volvió a repetir el obispo, no quiera usted envolver este pueblo en sangre” “Señor Ilustrísimo, le repliqué, ni yo ni mis compañeros hemos causado esta revolución; los autores de ella y sus cooperadores, serán los que deseen la efusión de sangre; he dicho y vuelvo a repetir que no hay una causa justa que cohoneste la violencia que se hace a este señor” “Señor comandante, por Dios el pueblo no quiere que continúe mandando S.E.” “Eso señor Ilustrísimo, es una de las muchas falsedades que se hacen jugar en esta comedia; en prueba de ello, venga el señor Liniers con nosotros, preséntese al pueblo, y si este lo rechaza o dijese no querer su continuación en el mando, yo y mis compañeros suscribiremos el acta de su destitución” y tomándolo del brazo al dicho señor, le dijo “Vamos señor, preséntese V.E. al público, y oiga de su boca cuál es su voluntad… y al aparecer Liniers fue aclamado… por las tropas de Saavedra y sus partidarios que habían ocupado previamente la plaza.

Al caer la noche, los patricios fueron a celebrar su triunfo, mientras Álzaga y los cabildantes fueron a prisión. Liniers regresó a su despacho. El obispo Lue por fin a comer algo. Así pasó la revolución del 1º de enero, llamado por los libros “asonada” pero culminaría dos años después, esta vez sí, el 6 de julio de 1812 con Martín de Álzaga fusilado y colgado durante tres días en la Plaza de la Victoria por “absolutista”. La orden la firmó Bernardino Rivadavia, pero mal podía ser Álzaga absolutista partidario de la corona española, cuando él en realidad no era español sino vasco nacido en Aramoyana (Álava) sin ninguna simpatía con España.

Contenido Relacionado