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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 14 de Mayo de 2022 - Nota vista 861 veces

Una larga y helada noche

Luego de completar mi trabajo en San Jaime y San José de Feliciano, pensaba concluir esa tarde en Sauce (Ctes.) en un día muy frío, con una temperatura que a pesar de ser un día de sol, no pasó de 10º en todo el día Pero las cosas estaban dispuestas de otra forma. Si bien de Feliciano a Sauce hay 35 km, cuando apenas faltaban unos 10 kilómetros (calculo yo), el auto comenzó a disminuir la velocidad, sin motivo aparente. Decidí parar del todo pero sin detener el motor por temor a que luego no se pudiera poner en marcha.

Pero lo que vi a continuación, si me indujo a detenerlo de inmediato. Salía vapor y gotas de agua por el caño de escape y el capot quedó envuelto en una nube de vapor de agua en cuanto lo detuve del todo, mientras oía el ruido del metal al enfriarse. Eso solo podía significar una cosa, pero igualmente levanté el capot para verificarlo y lamentablemente así era. Se había roto una manguera y el radiador quedó sin agua. No tenía agua a mano para tratar de ver por donde salía, asi que no me quedó otra alternativa que pedir ayuda para remolcarlo hasta Sauce. Por suerte ese camino es bastante transitado y al poco tiempo se detuvo una camioneta, pues en aquellos años la gente era muy servicial, pero no tenía nada como para remolcarlo y con la ayuda de un pedazo de alambre que tenía en la camioneta lo pudo finalmente llevar de tiro hasta Sauce. El taller quedaba frente a la plaza, y al lado de la Comisaría. Lo revisó el mecánico mientras yo aproveché el tiempo para ir hasta la farmacia de Obregón, que quedaba a media cuadra.

Le conté a Obregón brevemente lo que me ocurría y se ofreció a acompañarme al taller, y así lo hicimos, fuimos juntos. A todo esto el mecánico ya lo había revisado y su opinión era que se había fisurado el block. No me pareció acertado su diagnóstico porque ya me había pasado algo parecido en otra oportunidad y era la junta de la tapa de cilindro. Él no podía asegurar que era una fisura sin abrir el motor. Ya allí mismo resolví hacerlo arreglar en Concordia. El coche era propiedad de Bayer, de manera que debía asegurarme de que el arreglo fuera el apropiado y con repuestos originales, así que lo sacamos afuera del taller y me ayudaron los muchachos de la farmacia. O sea que quedó enfrente. Obregón me preguntó que iba a hacer entonces. Por lo pronto le pregunté de donde podía hablar por teléfono a Concordia. Me dice entonces que lo mejor sería hablar desde la farmacia, pero a Feliciano (que es como una llamada local) y desde allí que llamen a Concordia porque si no vas a tener que esperar varias horas a que te comuniquen. Nosotros en Corrientes tenemos ENTEL y Entre Ríos tiene la Compañía Ericsson. Bueno, así lo hice y llamé a la Farmacia Marmol que era amigo mío y le expliqué la situación. Me confirmó que así era, tal como me dijo Obregón. Le pedí que hable con mi señora, para que a su vez llame a mi mecánico para ver si podían ven ir a buscarme o de lo contrario, al Automóvil Club para que vengan con el remolque.

Me quedé en la farmacia tomando unos mates con los muchachos y para mi sorpresa, a los 15 minutos llamó mi señora a la farmacia de Obregón directamente y me dijo que mi mecánico no tenía con que ir a buscarme, pero el Automóvil Club iría a buscarme, pero llegará como a las 3 y media de la mañana porque está en otro servicio. Le dije que sí, que les confirme que los espero en la farmacia que se llamaba Techlit frente a la plaza.

Como Obregón escuchó toda la conversación, me ofreció que me quede a la noche en la farmacia, ya que tiene una cama para cuando hacen los turnos. Yo no quería molestarlo más, y así se lo dije. Podía esperar perfectamente adentro del auto. –No chamigo, de ninguna manera te vas a quedar a pasar frío allí afuera. Total yo esta noche me voy a Santa Fe en el ómnibus, porque estoy haciendo un curso de óptica para farmacéuticos, además el turno lo hace la Farmacia Bermúdez, no nosotros. No te digo que vengas a casa a cenar porque yo no voy a estar. Yo te dejo la llave farmacia–

–Pero Obregón, yo te agradezco mucho todos estos favores, pero me preocupa también después, antes de irme ¿Qué hago con la llave?–

–Ah sí, dejala en la comisaría al que está de guardia y cuando yo venga, se la pido. Acá no hay problema. Cerrá bien nomás cuando te vayas–

A continuación me fui a visitar a los tres médicos que había en el pueblo. Como lo dije antes, era un día crudo de invierno, sin sol. Por suerte no había viento pero si mucho frío. Realmente no era para pasar la noche sentado adentro del auto, y sin calefacción. Cuando volví a la farmacia, ya había oscurecido. Preparé mate y lo hicimos durar hasta que llegó la hora del cierre. Me dejaron la llave como acordamos. Yo había visto, de pasada, un hotel donde se podía comer. Se llamaba Hotel Mayo y allí fui. Era un hotel viejo, con tres escalones de entrada, que daban acceso a un patio lleno de plantas. Supongo que allí estaban las habitaciones para los pasajeros, pero las plantas impedían la visión del resto del patio. A mano derecha del pasillo de entrada, el comedor, que era lo que yo buscaba. Por suerte tenía una estufa encendida y deduje que hacía bastante rato porque el local estaba confortable. Había una sola mesa ocupada por cuatro personas, posiblemente camioneros. Saludé a los de la mesa, saludo que me fue contestado. Me senté en un rincón del comedor, lejos de la bulliciosa mesa. Allí fui atendido por el “mozo” –Hola ¿Qué te traigo?– Me dice.

Bueno, como me tuteó, yo también –¿Y qué tenés?–

–Tenés guiso de mondongo, guiso carrero, milanesas o bife a caballo con papas fritas o puré–

–Bueno, yo quiero un churrasco bien cocido a caballo, sin papas. Y para tomar una jarrita de tinto. Sin soda.

Trajo la jarrita, lo que me vino muy bien por el frío que tenía, a pesar de la estufa, a la que ya me había aclimatado y tenía frío de nuevo. Me impresionaba el mozo, que era un gordo que atendía en camiseta (pero seguramente por estar en movimiento no percibía el frío, aun con esa escasa vestimenta). Me trajo la comida. Un suculento churrasco, bien hecho, como me gusta a mí y los dos huevos fritos. Allí me di cuenta del hambre que tenía. Se me pasó hasta el frío. Me comí todo, a pesar de que el churrasco era grande. Los huevos tenían un olor raro, pero de gusto estaban bien. Tal vez era por el aceite. Vaya uno a saber la marca que usaban. Me terminé luego la jarrita y lo llamé al mozo para pagarle. Realmente era muy barato lo que me cobró. No recuerdo la cifra, a tantos años. Le dejé una buena propina. Pero alcancé a escuchar el siguiente diálogo:

–Che Pedrito, traé unos huevos fritos con las milanesas–

–Mirá, si querés te las traigo con papas fritas o con puré ¡Vos sabés que los huevos que me vendieron están todos podridos!–– (¿y los que yo comí?) pensé, mientras me ponía la campera y la bufanda).

Y bueno, mal gusto no me quedó y el resto de la jarrita de vino me sacó cualquier regusto que me hubiera quedado. Me fui a la farmacia porque ya eran las 22.30. Obregón tuvo la delicadeza de dejarme una estufa eléctrica prendida y sobre la cama un montón de mantas. Y realmente, me dormí de inmediato, porque me pareció que tocaban bocina, y así era nomás. Eran las 3.45 de la mañana. Parecía que recién me hubiera acostado. Eran los muchachos del Automóvil Club. Graciano y otro muchacho y ya lo tenían colgado al Renault 4 y solo me restó cerrar bien todo y apagar la estufa y llevar la llave a la policía, a media cuadra de la farmacia.

Ellos eran dos en la cabina del Baqueano. Me ofrecieron ir adelante con ellos, pero preferí tratar de acostarme en el 4L en el asiento trasero. ¿Pero por qué pasar frío en el auto? Nosotros vamos con calefacción y vamos a tomar unos mates. Les agradecí pero preferí tratar de dormir o seguir durmiendo en una posición más cómoda.

Cuando salimos, serían como las 4 de la mañana y el frío era intenso. Era una noche clara y los campos se veían como si fuera de día. Seguramente estaba helando y yo, al poco rato de andar y ya estaba arrepentido de no haber aceptado ir adelante. Pero como estaba resuelto a dormir y además, me dolía la cabeza, me pareció mejor ir solo atrás y tratar de ir horizontal. Lo que no tuve en cuenta fue el frío y que no tendría calefacción porque el motor no andaba. No encontraba ninguna manera de acomodarme para cobrar algo de calor. Pero los muchachos del Automóvil Club, ante mi disgusto imposible de manifestar al otro vehículo, porque tomaron el camino a Los Conquistadores en lugar de ir por Federal. Que es mucho más cerca. Mi malestar era también físico porque mi dolor de cabeza no cedía. Yo pensaba si sería por el frío o tal vez los huevos fritos estaban cumpliendo su tarea. Creo que nunca sentí tanto el frío como esa larguísima noche. Este me había tomado por entero, desde los pies hasta la punta de la nariz. Todo era helado y no podía dejar de temblar.

Cuando finalmente llegamos, me dejaron en casa y se fueron con el auto y yo por fin, a dormir.

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