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7 de Mayo de 2022 - Nota vista 686 veces

Más comentarios sobre la Constitución

POR Darío H. Garayalde para El Heraldo

Muchos males ha soportado y soporta, en lo que va de este siglo la República Argentina especialmente cuando vemos que varios países vecinos que progresan y que han superado, no sin tropiezos, pero con un objetivo muy claro del que no se han apartado para sus fines. Entre nosotros las desventuras que soportamos provienen de cuando los gobernantes se apartaron del texto constitucional, cuando desvirtuaron el sistema representativo, cuando desnaturalizaron el federalismo, cuando negaron los derechos y garantías en ella establecidos. Esos males no son producto de la Constitución. Son el resultado de un largo y obscuro proceso de subversión política y de corrupción moral, mezclada de despotismo presidencial y de servilismo sistematizado, de propaganda desembozada usando medios públicos, de odio a la cultura y a los valores de la familia; de picardías electorales fraudulentas, de ataque a la oposición y a los medios independientes, del encubrimiento de oligarquías creadas al amparo de los negocios con el Estado en licitaciones amañadas y hechas a la medida de uno de los oferentes.

Sabemos que la Constitución no es inmutable e intangible. Como toda obra humana, como todo estatuto político, hecho para servir y orientar los destinos de un pueblo, es un instrumento perfectible. Pero en ningún momento creemos que se deba modificar clausula alguna constitucional para eliminar, ni siquiera atenuar, cualquiera de las limitaciones y restricciones que los constituyentes incorporaron en nuestra Carta Magna con la convicción patriótica habría que decir –que se había cerrado para siempre en la historia de la Nación, un período trágico de fraudes, de sojuzgamiento, de aprietes, de persecuciones y arbitrariedades. Más de una vez se ha pensado en modificar la Constitución para adecuarla a intereses banderizos, para adaptarla a propósitos de predominio circunstancial, guiados por un espíritu regresivo. Se ha insistido en reformarla, una y otra vez, no para corregir los defectos, sino para eliminar sus virtudes.

Nuestros constituyentes tuvieron una gran preocupación, que reaparece como una obsesión hasta el mismo instante en el que van a clausurar las deliberaciones: la de que había que impedir en toda forma la instauración del despotismo.

En su sesión última, celebrada el 7 de marzo de 1854, día en el que se disuelve el Congreso General Constituyente, después de haber dictado las leyes fundamentales complementarias de la Constitución, dirige un manifiesto a los pueblos. Comienza así esta pieza magnífica aprobada por unanimidad.

“Las últimas palabras del Congreso serán dirigidas a los pueblos, así como han sido consagradas a ellos todos sus pensamientos” y luego de reseñar la labor cumplida y su significación para el país, concluye el manifiesto con estos conceptos plenos de unción patriótica: “El Congreso solo tiene que hacer una recomendación a sus compatriotas: una sola recompensa tiene que pedirles en premio de sus desvelos por el bien común. En nombre de lo pasado y de las desgracias sufridas, les pide y aconseja obediencia absoluta a la Constitución que han jurado. Los hombres se dignifican postrándose ante la ley, porque así se libran de arrodillarse ante los tiranos. Movidos por igual recelo, claman así con voz unánime, los Constituyentes del 53. Ninguno de ellos podía olvidar en ese momento las tres lacras que han carcomido las entrañas de los pueblo de América latina, la barbarie, el despotismo y la corrupción, lacras correlativas que son más que hermanas: abuela, madre e hija. Contra esas tres lacras que son para el progreso como la sombra del nogal, de la higuera y del manzanillo, arremetió la Constitución de 1853''.

El temor que suscitaba el recuerdo de la tiranía está presente en varios artículos de la Constitución aprobada, aunque con una gran y circunspecta moderación. “La soberanía radica en el pueblo quien delega su ejercicio en los organismos legislativo, ejecutivo y judicial, entre los cuales no hay subordinación.

''El principio de la alternancia en el ejercicio del cargo de Presidente de la República es imprescindible para sostenimiento de la política nacional y el pueblo podría recurrir a la rebelión cuando se osare conculcar ese principio. Esto rigió hasta 1949, año en el que hizo la reforma que habilitaba otro mandato consecutivo. Justamente se quería evitar el retorno totalitario y el control de los tres poderes''.

CONVENCIONALES QUE REDACTARON LA CONSTITUCIÓN DE 1853

Juan del Campillo Pedro Ferré Regis Martínez Salustiano Zavalía

Pedro Centeno Ruperto Godoy Manuel Padilla Facundo Zubiría

José de la Quintana José Gorostiaga José Manuel Pérez

Salvador del Carril Juan M. Gutiérrez José Ruperto Pérez

Agustín Delgado Delfín Huego Juan Francisco Seguí

Santiago Derqui Benjamín Lavaisse Luciano Torrent

Pedro Díaz Colodrero Manuel Leiva Martín Zapata

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