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Lic. Mario Sarli Psicólogo - MN 6528 - MPER 140 - 9 de Abril de 2022 - Nota vista 290 veces

Selfie: su irresistible atracción

La palabra selfie se refiere a autofotos. Imágenes tomadas generalmente con un celular o cámara digital, frente a un espejo o haciendo maniobras corporales para lograr con la propia mano fotografiar el rostro o el cuerpo. Este acto porta un deseo extendido en las personas: mostrar algo de sí mismo y lograr con ello, un reconocimiento.

Las imágenes en general han adquirida preferencia en los intercambios que a diario se realizan a través de las redes sociales. Imágenes que convocan y provocan inmediatez de respuesta, ya que la misma propone esta circularidad. Se da un particular diálogo entre quien envía la imagen y quienes la reciben. Dialogo que si bien no siempre adquiere profundidad, es suficiente para dar a conocer lo que se opina de la misma.

La opinión, ese conjunto de ideas juicios o conceptos que se tiene de alguien o de algo, junto a las imágenes, tienen fuerte presencia en la actualidad, y muy fácilmente transitan en estos ámbitos virtuales.

Sumado a la expectativa generalizada de protagonismo, este se enciende cuando aumentan los seguidores que observan dichas imágenes y ofrecen sus opiniones. Es cierto que tal centralidad dura escaso tiempo. A pocas horas de elevado algún contenido, la fugacidad se ocupa de darle señal de salida u olvido, en el peor de los casos. Esta dinámica de funcionamiento, lejos de apagar el interés por producir contenidos virtuales, no hace más que avivar los deseos. Nace de esta manera la constante ¿necesidad? de enviar (subir) en forma permanente, imágenes u otros contenidos a estas aplicaciones insaciables.

Las redes sociales parieron en el universo virtual con la certeza que sus creadores sabían lo que buscaban. Y poco tardaron en hallarlo. Se trata de la necesidad de toda persona de ser reconocidos en este mundo. Una condición humana que en sí mismo es fuente de inspiración para superarse en las artes, desarrollar talentos o incrementar saberes. Condición humana de todos los tiempos que implica la subyacente y saludable pretensión de ser valorados.

Este acontecer psicológico se origina desde los tempranos tiempos en que los hijos esperan aplausos de sus padres por sus “hazañas” realizadas, lo cual sucede desde bebes. Se suma la estimulación de los padres al mejoramiento, reforzando con ello la conquista de mayores saberes y habilidades del niño. Por cierto, muchos logros alcanzados por personas reconocidas en el arte, lo social o deportivo, obedecen a este acompañamiento y apoyo que brindó la familia y potenciaron las capacidades.

Paralelamente, como fenómeno de las pautas y costumbres que la sociedad conserva, puedo afirmar que la cultura del trabajo y el esfuerzo para el crecimiento, sigue siendo un bastión sólido para las superaciones personales y colectivas. Aunque algunos descrean que ello mantiene vigencia, especialmente los desencantados del rumbo actual de la cultura.

Ahora bien, es cierto que en las redes sociales, este eje de la cultura del trabajo y esfuerzo para el crecimiento, queda ligeramente oculto porque predominan otros patrones de reconocimiento y valoraciones. En él, los efímeros éxitos, se corresponden con la abultada cantidad de “me gusta”, que otorgan los expectantes “lectores de pantallas” que regalan satisfacción narcisistas a quienes construyen contenidos en las redes sociales.

Se puede discutir sobre las cualidades conceptuales que poseen dichos contenidos, pero no negarlos. Y aunque no sean del agrado de muchos, hay una muchedumbre de seguidores expresivos, que además replican lo que les gusta.

De esta manera se ha ido consolidando en las redes sociales lo que mal puede llamarse protagonismo, sin embargo, al resultar sumamente fácil escribir opiniones, criticar y juzgar sin suficiente fundamentos, hablar de propios dolores o compartir las intimas alegrías, trae como resultado una “devolución” que muestran aceptación o rechazo a lo que se propone . Para muchas personas, percibir que sus contenidos obtienen respuestas positivas, les permite creer y sentir que poseen un lugar destacado en el mundo.

Como además de estos que detallamos, existe otra cualidad insoportable: la fugacidad de su duración. Todo contenido en pocas horas envejece. Se deja de mirar y el silencio llega para los necesitados de reconocimientos virtuales. Claro que para no frustrarse, existe un antídoto: seguir produciendo contenidos. Opiniones, ideas, penas o alegrías vuelven a tener un nuevo lugar en las redes. Y fotos, por supuesto. Repetidas Imágenes de sonrisas y vida grata, de reuniones y mesas abundantes. La rueda de Hámster, sigue así girando sin descanso.

Los que inventaron las plataformas de las redes sociales sabían cuál era el punto débil de las personas. Todo lo que escribimos y subimos a internet, ellos lo saben y así contribuye a la monetización escandalosa de sus dueños, quienes comercializan lo que saben de nosotros, con el fin que las corporaciones nos vendan sus productos. No es delito. Se lo entregamos por propia voluntad y casi siempre sonriendo.


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