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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 2 de Abril de 2022 - Nota vista 705 veces

Vida Montaraz

Campo y monte espeso, salvaje silencioso. Monte de espinillos, ñandubay, algarrobo, todo matizado con palmera y tuna. La salida del sol ha despertado de golpe el viento, que se empeña en revolver con sus zarpazos la paja colorada de los cañadones que nos arriman al río Feliciano.

— ¡Pucha que ando con mala suerte de un tiempo a esta parte!— piensa Jacinto Peña en voz alta, como todos los gauchos solitarios. Primero el alazán que tuvo que matar, porque en una corrida queriendo bolear un ñandú se quebró una pata en una vizcachera. Después la baja del precio de la pluma… ¡Pero amigo, si con lo que pagan ahora los bolicheros ni ganas dan de “salir al campo!” Tres arrobas le llevaron la vez pasada al gallego García…y… ¿Qué le dieron? Apenas para llenar la carterita de la rastra ¿Y los cueros… qué te dan? Si tampoco valen nada ahora. Por ese tigre que cazó en las cercanías de Las Mulitas le dieron cinco pesos… ¡Si pues, cinco pesos! Menos mal que no tengo familia, pensó… pero así y todo…

Pero con todo… ¡es linda la vida en libertad! Uno no tiene patrones y todo el campo es mi lugar. Dios puso los bichos para que el pobre se rebusque. Él a nadie pide nada, a nadie, y a nadie perjudica. Con sus boleadoras, con sus perros y con sus caballos. Esos son sus bienes en la tierra.

Es un hombre de mediana estatura, muy delgado, casi desgarbado. Su cara quemada por los soles y heladas, sus rasgos se ocultan ante la invasión de la barba. No usa sombrero, y un pañuelo descolorido aprisiona su melena que roza sus hombros. Con más aspecto de corsario pero con chiripá y botas de potro.

Hace rato que Jacinto Peña recorre el monte. Va en el lobuno y en pelo. Las boleadoras de ñandú acomodadas en la cadera. A la par embozalado y suelto lo sigue el bayo, como potrillo a la yegua. El bayo es el que lo sacará de apuros, es en el que confía su vida. Sus perros rastrean pero no se ve un solo ñandú ni las orejas de un guazuncho brincando entre los pajonales. Al cruzar un bajo se ven las huellas de un montado, pero son viejas. Hace más de un mes que no llueve y las huellas quedaron marcadas en la greda seca del vado. De todos modos, Jacinto Peña observa a lo lejos minúsculos puntitos por la distancia, varios caranchos planean en círculos. Hacia ellos se dirige el hombre para ver si es hombre o animal herido o muerto. Algo los atrae. Apura los caballos y los perros ya están esperándolo. Peña contempla un bulto entre la maleza seca alrededor. Es un cadáver humano tendido de espaldas, apunta al cielo sin nubes sus orbitas vacías. Las moscas le entran y salen por la boca y la nariz. Observa el torso sin camisa ya, destruido por la intemperie y el pico de los caranchos. A unos veinte metros está también la osamenta del caballo. Peña como buen observador, reconstruye lo ocurrido con seguro diagnóstico al entender, por el área de pasto quemado, que lo que mató a ambos fue un rayo el día de la última lluvia de hace un mes. Decide darle sepultura al finado. No tiene pala, pero como la tierra no está demasiado compacta, ayudado con un palo y el jarro que siempre lleva en su breve equipaje le cavó una fosa. El horrible hedor del finado no parece incomodarlo cuando alzó el cadáver. Al hacerlo se le desprendió la rastra porque la parte que quedaba debajo, estaba toda roída por los peludos. Y allí quedó. Después de darle sepultura le colocó una tosca cruz con el mismo palo con el que se ayudó a cavarla. Fue a revisar la rastra que había quedado allí tirada por si tenía alguna identificación del finado, pero no la había. Lo que sí había en cambio era dinero en las carteritas… mucho dinero. Jacinto nunca había visto tanta plata. Había un rollo en cada carterita, y de pesos fuertes. ¿Será posible? ¿Qué inesperado vuelco del destino lo ha puesto en posesión de semejante fortuna? — ¿Y ahora?— ¡Cuando la taba se da vuelta! Fue todo su comentario.

Volvió a montar y les silbó a los perros. Retomó el trote cavilando sobre su suerte ¿Será que el Señor del Cielo lo premia por ser piadoso enterrando a un cristiano que ni conoció? — ¡Pucha digo!— piensa. Ahora que tiene plata empieza a pensar en todo lo que le hace falta.

Primero caballos. Buenos caballos. Después ropa y también un sombrero bien aludo, un buen poncho le hace falta. También un yesquero y unas espuelas, si de plata mejor que le encargará a don Aguiló. Relojero del Federal. Pero, ¿le alcanzará la plata para todo eso? ¡Y cómo no! Si contó bien la plata hasta un campo puede tener, y poblarlo y sosegarse de andar pobreando, durmiendo debajo de un árbol. Cualquier día le va a caer un rayo, como al finado. Si hasta una compañera puede tener, para acompañar su soledad. Sí señor. ¿Pero estará bien gastar la plata del finado? Y bueno, la plata es plata y no tiene marca. Es de quien la tenga. Si no sería de algún otro, o se quedaba allí y se estropeaba ¿no?...Y bueno pues, la suerte decidirá. Rumbeó para el pueblo, donde hay un boliche donde se juega.

Apartó un poco de plata chica, para no tentar a los más ladrones.

Agazapados en una mesa desvencijada un grupo de emponchados la rodea.

Son tipos barbados, de aspecto fiero y tosco, todos con sombrero puesto. Un candil de aceite los alumbra. Se juega al monte y Sanabria tiene la banca. Sanabria es una persona de cuidado, pero cumplidor. Y Jacinto quiere distraerse, conversar, tomar unas copas, quiere todo eso para resarcirse de tantos meses de privaciones. No puede explicar lo que le pasa, pero lo consume la inquietud y el desasosiego. Sacó entonces unos pesos que había aprontado “para perder” y lo puso sobre una baraja que Sanabria había entreverado con las manos tan sucias como grasientas las barajas. Dieron vuelta y Jacinto la había puesto sobre un caballo y ganó. ¿Será que la fortuna me eligió a mí nomás? Meditaba Jacinto.

— ¿Juega otra vuelta, paisano, así nos da el desquite? — Le dice uno de los contertulios.

—Sí, por supuesto, otra vuelta —

— ¡Ahí va mi apuesta! —Y puso todo el dinero ganado y el suyo. Eligió una del medio y uno de los emponchados le dice — ¡Yo pongo todo lo que tengo y es hasta ahí!— Jacinto le tomó la apuesta y a los demás también.

Y volvió a ganar…

— ¿Nos vuelve a dar desquite, amigo?— esta vez es Sanabria el que pregunta.

—No amigo Sanabria. Les di dos. No voy a seguir jugando contra todos ustedes hasta que pierda. Lo que voy a hacer es pagarles una vuelta a todos, de lo que gusten tomar. Y otra vez será—

Así lo hizo, encargó al bolichero que les sirva una vuelta de lo que gusten, pagó y saludó a los de la mesa. Desató los caballos, llamó a los perros y se puso en marcha, mientras iba pensando ¿Cuánto irán a demorar para salir a buscarme? Ya comprobó lo que quería comprobar. Parece que podía quedarse con la plata. Ya no le quedaba ninguna duda. Ahora tenía que pasar la noche en algún lugar a salvo.

Confiaba ciegamente en los perros que esa noche iban a delatar a cualquiera que se aproximara. Así se preparó a pasar una mala noche en un montecito, con su cuchillo a mano y alerta casi toda la noche. En algún momento se despertó sobresaltado, pero no era nada. Son ruidos de la noche o algún pájaro. Siguió estando en esa duermevela del hombre alerta pero no hizo falta. No vinieron. Cuando amaneció se alegró, porque felizmente, no eran tan mala gente como el suponía.

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