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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 26 de Marzo de 2022 - Nota vista 621 veces

La voz de la constitución Fray Mamerto Esquiú

En la provincia de Catamarca nacía Mamerto Esquiú, quien pasaría a la historia como Fray Mamerto Esquiú, en el Curato de Piedra Blanca a las 11 de la noche de mayo de 1826, en la Callecita. Su padre era un soldado español de las tropas de Virreinato y que fue llevado prisionero a esa provincia. Posteriormente se afincó allí formando familia con una catamarqueña, doña María Nieves Medina y Medina. Al otro día de su nacimiento fue bautizado por Fray Francisco Cortés, especialmente porque se veía muy enfermo y frágil. Se narra que el piadoso fraile le vaticinó que se sanaría y sería obispo “Igual que San Mamerto de Francia” refiriéndose al piadoso obispo de Paris.

Sus padres hicieron promesa de vestirlo, si se curaba, con el hábito de San Francisco, por eso Mamerto vistió desde los cinco años como los discípulos del “Poverello”. Aquella basta ropa que, ingresado a la orden seráfica y para gloria de esta, llevaría hasta su muerte. El propio Fray Mamerto Esquiú escribía una página admirable ternura sobre su hogar y sus padres. “Seis éramos los hijos venturosos de aquellos padres sin bienes de fortuna y en el humilde estado de labradores eran felicísimos en la tranquilidad de su virtud y en la dulzura de una vida contraída exclusivamente a su familia y a Dios: la discordia, el espíritu de la maledicencia, la avaricia, la injusticia, ninguna pasión enemiga de los hombres ha penetrado en aquel santuario del hogar paterno” y así se formó ese espíritu tallado desde niño en firmeza y virtud.

Catamarca era un remanso de cultura en aquellos días agitados por la pasión. La escuela de gramática latina fundada en el convento por el Padre Fray Ramón de la Quintana.

Era famoso el buen latín que en ella se enseñaba, superiores a las que se enseñaba en las aulas de la Docta Córdoba y el que llamaban latín salamanquino. Fue un eje3mplo el Convento Franciscano de Catamarca. Los numerosos diputados sacerdotes en el Congreso de Tucumán es una prueba de ello. “Fueron los hombres más notables con que contaban las provincias en aquella época” el antecedente de ser de profesión eclesiástica lo prueba, pues no hubo por entonces una carrera más noble que la de ser sacerdote para los americanos y a ella llegaban los hijos de las primeras familias y así lo revelaban en sus antecedentes de hogar los congresales eclesiásticos: Fray Justo Santa María de Oro, Pedro León Gallo, José Ignacio Thames, Pedro Miguel Aráoz, José Colombres, Manuel Antonio Acevedo, Antonio Sáenz, Pedro Ignacio de Castro Barros, Mariano Sánchez de Loria y José Andrés Pacheco de Melo. Basta leer sus nombres para darse cuenta que eran representativos de la vieja sociedad en la clase de los americanos ilustrados y de tradición. Quien decía entonces sacerdote y universitario canónigo de catedral y doctor, señalaban una persona respetable”.

Esquiú ingresó en el Convento el 30 de marzo de 1836, hizo sus votos en la orden el 14 de julio de 1842; en 1846 era ordenado en San Juan por el diocesano de Cuyo, Monseñor Dr. Manuel Quiroga Sarmiento y rezaba su primera misa en Catamarca el 15 de mayo de 1849.

El año anterior, cuando era ordenado, Catamarca había vivido días terribles. Integrante de la fugaz República del Tucumán proclamó su autonomía en el Cabildo Abierto del 23 de agosto de 1821 y tuvo su primer gobernador en Juan Nicolás Avellaneda y Tula. Era gobernado por Manuel Antonio Gutiérrez cuando nace el futuro Orador de la Constitución. Tropas del Zarco Brizuela invaden Catamarca y su jefe Fernando Villafañe se posesiona del gobierno. Don José Cubas la hace ingresar en la Liga del Norte, siendo derrotado en octubre de 1841. Comenzaría para Catamarca una época terrible de malos gobiernos, que parecían competir en crueldad y rapacidad.

Pero vendría el Pronunciamiento de Urquiza, la Batalla de Caseros y la sanción de la Constitución Nacional que debía ser jurada por los Pueblos el 9 de Julio de 1853.

Mientras Esquiú avanzaba en saber. A cargo de la cátedra de Teología y a poco la de Filosofía en el Colegio Seminario de San Fernando del Valle de Catamarca el 4 de octubre de 1851. Produce admiración este franciscano de 25 años que enfervoriza con su elocuencia y la belleza de sus frases. Ricardo Zorraquín Becú lo definió como un asceta que solo aspiraba a vivir inadvertido en su celda conventual llena de libros como lo definió en el prólogo de “Sermones Patrióticos”: Han escrito sobre el papel que le tocó cumplir: Pedro Goyena, Nicolás Avellaneda, José María Gutiérrez y Ricardo Rojas. Leyendo estos estudios sobre “El Orador de la Constitución”, se puede llegar a imaginar lo trascendental de aquel acontecimiento.

El país tras larga y sangrienta etapa llegaba por fin el anhelado momento de la paz. Estaba sancionada en la Vieja Santa Fe de las Convenciones la Constitución de la República. Debía ser “Jurada por los Pueblos” el 9 de Julio de 1853 y el Gobernador de Catamarca Don Pedro Segura, logró que fuera el Padre Esquiu el orador.

El Padre Esquiú puso en aquel Sermón pronunciado en la Iglesia Matriz de Catamarca bajo la advocación de un pasaje del Libro 1º de los Macabeos (Macabeos, I,12,12) LAETAMUR DE GLORIA VESTA, Nos regocijamos de vuestra gloria”.

Aquel discurso inspirado en el Antiguo Testamento tuvo una extraordinaria repercusión y el fraile casi desconocido recibió todo aquello que estaba tan fuera de su modestia.

Es que el discurso era tan bello y oportuno como persuasivo y patriótico: pronunciado cuando se cernía el peligro de que la Constitución no fuese acatada. De inmediato en ese momento tan particular llegó el elogio para el humilde franciscano. Miguel Navarro Viola publicó un magnífico artículo sobre el gran orador: Pedro Goyena dirá que su palabra fue digna del acontecimiento.

Cuando finalmente Esquiú se hizo cargo del Obispado de Córdoba, irrumpía vigorosamente el positivismo en el país. Era un liberalismo olvidado de ese ideal solidario de Bienestar General de Jefferson, el hijo más completo del Iluminismo, puso en la Declaración de la Independencia de EEUU en 1776.

El mismo liberalismo que había acuñado la hermosa utopía del Esquisse de Condorcet, que no era el liberalismo fenicio sobre el que también apostrofaba otro sacerdote y poeta hijo de Entre Ríos Luis N. Palma en “Las arpas mudas” muchos años después.

Decía Esquií: “La Constitución sería vana si no tuviese estabilidad y no fuese obedecida”. Y agregaba “Que no ceda al empuje de los hombres; que sea ancla pesada a que esté asida esta nave de la Nación que ha tropezado en todos los escollos y estrellado en todas sus costas”.

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