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Por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 14 de Marzo de 2022 - Nota vista 717 veces

Crónicas de la Campaña al Desierto: La medicina y las carencias terapéuticas

Por un lado, era difícil cubrir a las tropas de vanguardia en las varias columnas en las que avanzaban en ese inmenso territorio, con las enormes dificultades de hacerlo por la falta de pastos y de agua. A pesar de que llevaban baqueanos indios que conocían las aguadas y jagüeles practicados, pero tanto unos como otros eran inestables y se secan en algunas épocas del año. Además, no eran muchos los médicos dispuestos a alistarse en semejante campaña.

El general Racedo informa el 18 de abril de 1879: “El Dr. Dupont ha hecho esfuerzos sobrehumanos para contener la propagación de la viruela entre la tropa. Sin embargo en un mes, ha perecido la cuarta parte de ese escuadrón. El parte dice: “La viruela ha hecho estragos. Se enfermaron ocho soldados del 10º y 26 indios prisioneros”.

En los partes del Regimiento 9º de Caballería de Línea se lee: “Ramón Alaniz murió de una disentería grave. Atanasio Albornos falleció a consecuencia de la congelación, estando de guardia. Feliciano Álvarez murió por disentería. Estaba en estado de consunción, que ponía al descubierto la osamenta”. No hay duda que el agua que consumían no era potable, pero era tal la escasez de ella que tomaban agua de los charcos, llenos de bacterias y parásitos. El soldado enfrentaba las enfermedades con su fortaleza física, un cuerpo desde niño hecho a las durezas de la vida gaucha.

En los contingentes, regimientos, fortines, recibía el auxilio, más que de médicos (una rareza) de curanderas, y los testimonios hablan de la eficacia de estas. Los propios Jefes y oficiales de buen grado se sometían y no solían arrepentirse. La célebre María Pilar curó al general Teodoro García en Puán, allá por 1879, de una congestión pulmonar con tisanas, ungüentos, trapos calientes y cataplasmas, las armas de las curanderas.

El terroncito de sal puesto en la boca del enfermo de paperas se va deshaciendo mientras la curandera, mojando su pulgar le hará cruces que son como masajes en “las partes”

El soldado sabe que las picaduras de víbora le serán curadas con hojitas de cola de zorro. Y de paso, como la curandera posee el secreto de todas las cosas, le da un sahumerio de chamico y alhucema, conque la va a neutralizar a la madre demasiado entrometida de la chinita codiciada: la duerme.

Si los lances amorosos producen un efecto indeseado, está la gramilla blanca para neutralizarlo. La nube en el ojo o pannus corneal llamado también oftalmia endémica será eliminado con una lavativa de cardo santo: las llagas con palán- palán, los empachos con sauce.

Para alivio del soldado, los remedios son gratis. La curandera carga consigo una farmacia de bolsitas maravillosas. La remuneración que obtiene será un puñado de yerba, una picadura de tabaco, y en casos especiales, una tela para reponer una falda maltrecha por lo riguroso de la marcha. La curandera posee el secreto de las hierbas y el misterio milagroso de los bichos: ciencia ancestral. Sabia de infinitas sabidurías, entre las cuales el cariño: sabe darlo.

En su bagaje, la curandera llevará lino, que usará en cataplasmas que usará para granos y abscesos: para las llagas receta albahaca, llantén, madreselva: para la tos y el asma, ambay: para las lombrices, helecho macho y granada: Para la sarna, zarzaparrilla.

Los médicos alistados en el ejército hacían lo que podían, ya que leyendo los partes militares, surgen los múltiples factores que deterioraron la salud de los soldados: enfermedades epidémicas, traumatismos, heridas, trastornos gástricos y especialmente congelamiento.

Dionisio Schoo Lastra refiere que la viruela y el cólera, contagiados por los indios prisioneros, diezmaron batallones enteros. Nadie escapó de las torturas de la sed. De climas abrasadores se pasaba a temperaturas glaciales en el sur, a tal punto que por las mañanas había que esperar que se derritiese la escarcha en el lomo de los caballos antes de ensillarlos.

Durante la noche, los soldados del Cnel. Villegas de centinelas, debían ser relevados cada ocho minutos, pues la patrulla de relevo volvió a la guardia más de una vez con el cadáver de un compañero muerto de frio. Según el Dr. Astrie en una condensación de las patologías reinantes en esa zona eran las oftalmias catarrales y las atribuía al rocío nocturno que actuaba sobre el ojo. Menciona también la aparición de fiebres benignas, algunos casos de congestión cerebral productos de insolaciones estivales, gastritis agudas, gastroenteritis, colitis y disenterías.

El Dr. Astrie enumera minuciosamente las cirugías que practicó. Entre ellas: ablación de quistes sebáceos y flemones, reducción de hernias, luxaciones, tratamiento de fracturas. También hace alusión a punciones abdominales, cateterismos, extirpación de tumores y curación de hemorroides. Resulta difícil imaginar en qué condiciones se realizaron esas prácticas y el resultado de las mismas. Presumiblemente, la asepsia estaba ausente y los recintos que oficiaban de quirófanos no reunían las mínimas condiciones para garantizar el resultado. En general, la gangrena e infecciones tetánicas eran frecuentes, aun en sitios adecuados para practicarlas. El concepto de asepsia recién aparece con Semmelweis y Lister, pero su difusión demoró muchos años en imponerse y ser reconocido.

El Coronel Daza, que integraba el Regimiento 3 de Caballería, destinado a Ñorquin rememora en su libro “Episodios Militares” algunos hechos:

''Tan luego instalarnos, sufrimos las lógicas consecuencias, pues principiando por el que trazo estas líneas, se enfermaron muchos soldados de fiebre tifoidea, teniendo que deplorar la muerte de dos compañeros y la de un tercero que terminó con los pies y manos congelados por la nieve.

''No teníamos médico, no obstante haber tres cuerpos de línea de guarnición: el 12 de Infantería, cuyo jefe interino era el mayor O’ Donnel, hoy general; el 11 de Caballería, al mando del comandante Nadal. Jefe interino de la frontera y cuatro piezas de artillería mandadas por el teniente Orzábal. La soledad del desierto, traumas y angustias perennes, desencadenaron innumerables suicidios en los campamentos.

''En 1912, el Dr. Benjamín Martínez decía que en todas las guerras, la mortalidad por las armas enemigas es muy inferior a las causadas por las enfermedades y la falta de elementos con los cuales se asegurar una vida relativamente higiénica para la tropa. El calificado galeno porteño sostenía que en el futuro por la falta de personal para atender enfermos y heridos, carencia de medicamentos y pobreza de elementos de curación constituirían hechos graves que sería menester solucionar como los de desinfección y profilaxis''.

El Dr. Francisco Sunico decía en 1890, “si alguno de los que lean estas páginas ha hecho vida de frontera -todavía en la época relativamente tranquila en que las líneas de fortines alcanzaban a Guaminí, hace apenas doce años- se habrá dado cuenta de la sublime misión llenada por ese grupo de hombres cuyas carnes desnutridas no se amortiguaban bajo las terribles heladas del desierto, cuyos apetitos se asociaban con la esperanza, cuyo porvenir era su presente. Y no hablo exclusivamente del soldado de número, me refiero también a las jerarquías, a los oficiales, que en sus vestidos, en sus necesidades y recompensas se aparejaban con el soldado raso. No, la higiene no tenía nada que hacer allí, donde el sacrificio era la bandera. Al desierto se marchaba para sufrir”.

Aunque la Conquista del Desierto aparece hoy como una victoria a lo Pirro, para algunos. Sin embargo estimuló la radicación de núcleos poblacionales importantes, los trabajos científicos facilitaron el conocimiento geológico, se promovió el estudio de la etnología, la antropología, la arqueología y la paleontología. Asegurando por otra parte, la Soberanía Nacional en todo el territorio

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