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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 27 de Febrero de 2022 - Nota vista 1161 veces

CON LA MUERTE CERCA - Estampa de la costa del Arroyo Chañar

Ese día, promediando la tarde, los perros corrieron un viracho que fue derechito al arroyo. Los perros lo persiguieron hasta allí, hasta que se perdieron en la espesura.

Ya no buscó más, pero la corrida hasta ese sitio lo alejó como cinco kilómetros y ya era tarde para acampar donde había pensado hacerlo, que era donde hay cuatro eucaliptus muy altos, así que dada la hora, se instaló en la orilla del arroyo. El atardecer con el sol rojo con la bruma de la sequía. Hacía tres meses que no llovía una gota y todo se ha secado. Hasta los pajonales amarillean en la mañana. No hay una sola nube en el cielo, nada más que esa bruma que da la sensación de humo suspendido. Terminó de tomar mate sin ganas de desayunar otra cosa: la atmósfera oprime y ya entra a soplar un viento norte caliente. Decide darse un zambullón en el arroyo y los perros alegres porque saben lo que va a pasar, y los seis van al agua que en esa parte es bastante hondo el Chañar. Pero hay algo que a los perros no les gusta y es cuando él se sumerge y nada bajo el agua. Los perros se desesperan y cuando sale a la superficie todos le ladran, como preguntándole adonde fue.

Una vez refrescados ya están marchando de nuevo, en hilera, monte adentro. Va a revisar las trampas de cimbra que dejó armadas cerca del sitio donde había pensado “hacer noche”, donde están los cuatro eucaliptus. Casi llegando, uno de los perros alza la cabeza y husmea, luego se retrae y muestra los colmillos filosos y gruñe. “¡Quieto! Le dice en voz baja y quedan todos expectantes con el cuerpo tenso y el pelo erizado. ¡Quieto, quieto! Les dice. Abrió la escopeta y cambió rápidamente los cartuchos con municiones por otros cargados con una sola bolilla de plomo. Por el perro guía sabe que cayó en la trampa un animal grande. Avanzan con cautela unos treinta metros y va reteniendo a los perros. Hasta que llega un momento en el que ya no puede sofrenarlos y cargan todos juntos y ya sabe que lo que cayó en la trampa es un chancho del monte por los gruñidos. Los perros lo acosan manteniéndose a distancia, pero poco puede hacer, preso como está. Al verlo embiste en esa dirección. Alzó la escopeta y le tiró con el izquierdo con más alcance y cae de costado. Logra alzarse de nuevo porque tienen en cuero grueso y suena el otro estampido hasta que cae y queda inmóvil.

Al rato lo está cuereando, mientras rezonga porque no trajo el cuchillo de cuerear y el que tiene es de todo uso y bastante desafilado.

Se hace lenta la tarea y los perros miran con expectación porque saben que en la carneada les tocará un buen pedazo.

Sin embargo, de pronto se paran mirando hacia el norte y comienzan a ladrar. Sigue cuereando y por las dudas cargó la escopeta pensando que puede andar el compañero de este chancho. De pronto advierte que sobre el cuero casi sacado, cae una hoja hecha ceniza, pero enterita. Mirando alrededor se da cuenta de que son muchas las hojas quemadas que caen. “Fuego fuerte y llamas altas, piensa”. Se acuerda de esa especie de bruma sobre el arroyo… ¡”El monte está ardiendo!”. Se apura con la cuereada para huir enseguida hacia el arroyo.

Pero los perros lo apuran. Echan a andar al trotecito y se vuelven varias veces y le ladran. En pocos minutos las cenizas caen parejas y ya también se oye el crepitar del fuego y el graneado tiroteo de las tacuaras al arder. Se pone de pie. Tacuaral a un lado y tacuaral también por el lado del arroyo Chañar. No hay tiempo de terminar la cuereada: el viento llega caliente y está soplando fuerte. Se pone al hombro la escopeta y toma al chancho de una pata para arrastrarlo hasta el arroyo, por lo menos. Pero a unos treinta metros estallan las tacuaras a la derecha. Soltó el chancho y empieza a correr para llegar al arroyo. Corta camino por un pajonal más alto que él. Atropelló el pajonal y salió a un “limpio”. De allí se da cuenta que la tacuara al margen del arroyo está ardiendo. A la izquierda el monte también arde. El viento abrió el fuego en una cortina y las llamas corren por el pajonal reseco. Tiene que ganarle al fuego. Si consigue llegar al “pique” estará salvado. Corre desesperado en su busca. Es tarde: ya tiene techo de fuego…está rodeado. Solo le queda una esperanza: atravesar el tacuaral de la margen del arroyo que todavía no arde. Sabe lo que le espera, pero no duda y echa a correr entre las cañas como si fuera un novillo. No tiene tiempo para machetear.

En dos minutos de carrera ya no tiene más sombrero, ni camisa y la bombacha hecha jirones. Sangran los brazos y el pecho. Ni piensa en eso. O llega o se achicharra. Retumbándole el corazón en el pecho, los perros detrás. Corren unos cincuenta metros y el monte todo es una hoguera en ambas costas del arroyo. Corre saltando entre las piedras resbalosas de la costa a golpes y tumbos, tosiendo, inflamados los ojos y lagrimeantes. Siente el cuerpo como dormido por los tremendos porrazos. Casi ciego y con los pulmones reventando consigue llegar al arroyo. Se echa en la arena, descompuesto, mareado y allí queda en la arena. Pero siente que un perro le lame la cara y otro lo tironea de los harapos. Consigue levantarse…y allí van todos al agua con escopeta y todo.

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