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21 de Febrero de 2022 - Nota vista 350 veces

Ucrania, una tierra en permanente disputa en el corazón de Europa

El despliegue de tropas rusas y la insurgencia en el este hacen temer una escalada del conflicto del Donbass.

Durante siglos, los ucranianos han tenido que presenciar cómo grandes potencias se repartían su territorio.

Si este artículo versara sobre la vida y obra del célebre escritor Nikolái Gógol, el autor de ‘Tarás Bulba’ (1835), ‘Almas muertas’ (1842) o ‘Historias de San Petersburgo’, no quedaría más remedio que pedirle a los lectores una dosis de paciencia considerable, pues repasar su biografía y determinar su nacionalidad resultaría una labor francamente difícil. Nacido en Soróchintsy -una pequeña localidad que hoy pertenece a Ucrania, pero que en 1809 formaba parte del Imperio Ruso-, Gógol procedía de una familia de la aristocracia ucraniano-polaca, aunque el novelista redactó su obra en el idioma de los Zares y fue uno de los grandes vivificadores de la lengua de Pushkin.

«La madre de Gógol le llamaba Nikola, que es una mezcla del ruso Nikolái y del ucraniano Mikola», se puede leer en ‘Russia’s People of Empire’ (Indiana University Press, 2012).

«La investigación ha arrojado dudas sobre este punto, pero hasta donde Gógol sabía, su antepasado paterno Ostap Hohol fue ennoblecido por el Rey de Polonia debido a los servicios a la Mancomunidad de Polonia-Lituania durante su guerra con Rusia», explica ese ensayo. «Al mudarse a San Petersburgo -añade-, el lado ucraniano y polaco de Gógol se convirtieron en una parte de su identidad que tuvo que aprender a manejar con mucho cuidado».

Siglos más tarde, la escrupulosidad sobre sus orígenes -¿es Gógol un escritor ruso o ucraniano?- llevó a que Moscú y Kiev se enzarzaran en 2009 en una disputa cultural un poco disparatada, trasladando al terreno de la literatura la difícil relación de los dos países, separados por última vez tras la desaparición de la Unión Soviética.

Desenredar la madeja de su historia, comprender cómo Rusia y Ucrania se han encontrado y alejado a lo largo del tiempo, se ha convertido desde hace meses en una tarea que permite comprender mejor un conflicto que amenaza con causar una nueva tragedia en el agotado suelo de Europa.

Un espacio mítico

Como ocurre a menudo, las ideas afilan las espadas. «Me gustaría subrayar que el muro que se ha levantado en los últimos años entre Rusia y Ucrania, entre partes de lo que esencialmente es el mismo espacio histórico y espiritual, supone para mí nuestra mayor desgracia y tragedia común», lamentaba en julio de 2021 el presidente de Rusia, Vladímir Putin, a través de una carta que hoy se puede consultar en la página del Kremlin.

Con ambición de ensayo, se trataba de una misiva en la que reflexionaba sobre la historia de ambos países y denunciaba que una sucesión de errores propios y de intervenciones externas hubieran envenenado su destino compartido. Según el antiguo agente de la KGB, el cristianismo ortodoxo, el idioma y las tradiciones habían sido las raíces del árbol que sostenía a los dos pueblos, y que crecía desde la remota Rus de Kiev.

Constituido en el siglo IX d.C., el estado eslavo de la Rus de Kiev se extendió por parte del territorio actual de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. «El centro de la Rus quedaba en la ruta que iba desde Nóvgorod hasta Kiev, a lo largo de los principales ríos», cuenta Paul Bushkovitch en su ‘Historia de Rusia’ (Akal, 2013).

De los bosques de coníferas del norte -con categoría de símbolo nacional para los rusos, la savia de abedul se bebe y su madera se emplea para fabricar utensilios- a los de hoja caduca del sur, la región meridional de la Rus era la que acogía «el mejor suelo, oscuro y húmedo», unos terrenos idóneos para la agricultura.

«No hay montañas, ni siquiera colinas relevantes, que rompan estas planicies situadas entre Polonia y los Urales», añade con intención Bushkovitch. Se trata de una vieja observación con importantes consecuencias históricas. Debido a la ausencia de accidentes geográficos que sirvieran para delimitar estados -el equivalente a los Pirineos para España o los Alpes para Italia-, esa porción de la llanura europea ha sufrido vaivenes de fronteras que en parte explican la complejidad de su pasado y las terribles batallas que se han librado allí. «Si Dios hubiera creado montañas en Ucrania -comenta con ironía Tim Marshal en ‘Prisioneros de la geografía’ (Península, 2015), la gran extensión de terreno sin accidentes geográficos que supone la llanura norteuropea no habría facilitado que se atacara de forma reiterada a Rusia».

Esa indefensión explica la magnitud de la campaña de Napoleón en 1812 y la Operación Barbarroja -la invasión nazi de la Unión Soviética, que comenzó en junio de 1941-, pero también que la Rus de Kiev desapareciera en la primera mitad del siglo XIII, al ser barrida por la invasión de los jinetes mongoles.

En ese momento, los caminos de Rusia y Ucrania se separaron para no volver a encontrarse hasta el siglo XVII. Cabe hacer algunos comentarios sobre lo que ocurrió en ese período de tiempo. Primero, en el siglo XIV, buena parte de los territorios de la antigua Rus cayeron en manos del Gran Ducado de Lituania; doscientos años más tarde, esa extensión de terreno se repartió entre Polonia y Lituania. Hay que hacer un alto en el camino para explicar en detalle cómo sucedió.

Un largo regreso

«En las últimas décadas del siglo XV, el recién creado Zarato ruso y el Gran Ducado de Lituania entraron en un prolongado conflicto sobre la herencia de la Rus de Kiev», explica Serhii Plokhy en ‘A History of Ukraine’ (Penguin Books, 2016). A lo largo del XVI, esos enfrentamientos se convirtieron en el telón de fondo de la firma de la llamada Unión de Lublin (1569), con la que un nuevo y poderoso estado vio la luz en Europa. Su nombre era República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania, y sus territorios estaban formados por el Reino de Polonia, el Gran Ducado de Lituania, Ucrania y Bielorrusia.

Su sistema político consistía en una monarquía electiva en la que el rey no ostentaba el poder absoluto, pues lo limitaba un parlamento bicameral (‘Sejm’). Por su extensión, la República acogía a una población variada, con gran diversidad religiosa.

Además del nacimiento de la floreciente República de las Dos Naciones, la Unión de Lublin también provocó el alejamiento de Ucrania y Bielorrusia bajo esferas de influencia distintas, pues Ucrania se acomodó a la sombra del Reino de Polonia y Bielorrusia, a la del Gran Ducado de Lituania.

Se trata de un hecho relevante, pues explica la separación actual de dos de los antiguos territorios de la Rus. En esa época, solo el pujante Zarato ruso, el tercero de ellos, se mantenía independiente, mientras continuaba cosechando éxitos militares con su actividad belicosa y expansionista.

Mediante la firma del Tratado de Andrusovo (1667), el territorio ucraniano al este del río Dniéper, con Kiev incluido, pasó a formar parte del Zarato ruso.

El territorio del oeste abandonó la República de las Dos Naciones a lo largo del siglo XVIII, cuando las tres particiones de Polonia (1772-1795) lo dividieron entre el Imperio Ruso y el Sacro Imperio Romano Germánico. Leópolis (Lviv), la ciudad a la que Estados Unidos trasladó su embajada hace unos días ante el agravamiento del conflicto en el Donbass, floreció a la luz de los Habsburgo de Viena. De hecho, en esa zona todavía vive una minoría húngara, a la que el primer ministro de Hungría, Víctor Orbán, se refirió para negar su apoyo a Kiev en la pugna con Moscú, por el presunto maltrato que padece a manos de las autoridades ucranianas.

ABC

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