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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 11 de Febrero de 2022 - Nota vista 1971 veces

Las carreras cuadreras

En aquellos años, el Distrito Bandera pertenecía al Departamento La Paz. Cuando se creó el Departamento Federal, este Distrito pasó a pertenecerle. Y es allí el lugar donde se había convocado una multitud para presenciar esas carreras cuadreras.

He disfrutado del campo, de su gente y de sus historias por eso doy gracias por haber sabido apreciarlo y si bien muchas de las cosas que relato, no me han tenido a mí por protagonista, ni siquiera como testigo. Son sin embargo cosas que he guardado en la memoria, ya que eran tiempos violentos, donde cualquier incidente pasaba a dirimirse con armas.

Las carreras cuadreras eran verdaderamente una fiesta del campo, donde se podía degustar un buen cordero, o asado con cuero, como así también chirriantes empanadas fritas con grasa.

Servían también para que la gente luciera sus mejores pilchas y también los montados. No me refiero a los que van a correr, que eso se descuenta que su presentación será impecable, sino los de los concurrentes. Pareciera que sus caballos mostraran como le va en la vida al propietario. Esos ensillaban con todas la prendas de plata ya que les gustaba concurrir a las carreras mostrando el “chapiao” del apero. Cabezadas de plata con iniciales de oro. Estribos también de plata. El que tenía, con pasadores del mismo metal en las estriberas. Mandil, carona y demás, cojinillos, hasta el sobrepuesto eran de lo mejor.

Cerca del grupo de gente, todos conocidos entre ellos conversaban y observaban a unas mujeres que se estaban divirtiendo y compartiendo el ambiente festivo del sitio. Allí un muchacho grandote con botas y espuelas brillantes de algún metal plateado. Suponían los que miraban que era el novio de alguna de ellas. Aunque a todas luces se advertía que le estaban tomando el pelo. Una de ellas le repetía “Que estampa tenés Ramón, para pelear. Si yo fuera hombre y tuviera tu estampa, peleaba por gusto nomás todos los días” Todo esto tan repetido y aunque con risas de por medio, para Ramón no lo eran. Alentado por la broma se hamacaba con la mano en la cintura de un lado a otro haciendo quebradas y acodándose el sombrero, mientras las muchachas se divertían a su costa.

Doña Severa hacía como que no oía porque ese Ramón era mensual de “El Aguará”. Del otro lado de la cancha de carreras estaba un gauchito rengo, muy desgarbado y petiso, desafiando apuestas el también a uno de los caballos. Usaba alpargatas floreadas y bombachas anchas, que lo hacían más petiso. Con voz ronca desafió una apuesta por cien pesos. Al momento Ramón dijo con aire burlón “¡Nooo… tiene conque salirle el lobuno al manchado!” El rengo le contestó en el acto ”¡El que no ha de tener es usted. Le juego la novia contra mi parada si no tiene!”

Ramón, grandote y de brazos musculosos, lo increpó: “Mi novia no es freno para que ande en boca de cualquier matungo”, contestó Ramón.

Frente a la clara amenaza de Ramón, el gauchito chiquito se le vino como una luz, ganándole ventaja. Pero Ramón ya lo esperaba con el cuchillo en la mano, mientras su contrario empuñaba un cuchillito de cuerear de 5 dedos de hoja. El rengo parecía perderse entre la tierra del camino. Y Ramón largaba puntazos y hachazos sin poderlo encontrar. Lo que quería el rengo era ganársele abajo del cuchillo de Ramón y levantarlo con su cuchillito y revolverle las tripas. Después de algunos regates inútiles, Ramón se enredó con las espuelas y cayó de costado, situación que aprovechó el otro para apretarlo. Con gran agilidad le puso la rodilla en el pecho y el cuchillito de cuerear comadrejas en la garganta, mientras le decía “¡Afloje el cuchillo mozo o lo degüello” Ramón aflojó los dedos de su cuchillo y el gauchito con las alpargatas floreadas se lo sacó. La gente se arremolinaba alrededor de la pelea en silencio, sin pestañear. El petiso dio un salto atrás y se cuadró a esperar que se incorporara Ramón. Abochornado el hombre, se sacudió el polvo, buscando el lado de la novia. Pero el gauchito le alcanzó el arma diciéndole “Tome su cuchillo paisano, y otra vez no facilite a un hombre de poca figura” Ramón tomó el arma avergonzado y el gauchito se alejó rengueando como si nada hubiera ocurrido. Escuché que Ramón le decía a la novia “Vos tenés la culpa, que me hiciste creer lo que no soy”.

La gente se desconcentró en procura de la próxima carrera que ya se anunciaba y comenzaban a cruzarse las apuestas.

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