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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 5 de Febrero de 2022 - Nota vista 1268 veces

La pesca en San Carlos y la creciente

En una de las tantas crecientes que periódicamente ocurren en nuestra ciudad, un amigo entusiasta de la pesca me invitó a ir a San Carlos porque, según le habían comentado, una gran cantidad de pescados estaba saliendo por la creciente en ese sitio.

Acordamos entonces ir temprano a fin de buscar un lugar desde donde pescar, ya que por la creciente no sabíamos hasta dónde llegaba el agua y en una de esas, estaba todo inundado.

Él se había comprado un reel frontal Abu García, sueco de hermosa construcción y funcionamiento y, naturalmente quería ponerlo a prueba cuanto antes. Yo tenía (y tengo) un Peters rotativo y otro más viejito pero que funciona muy bien, cargado con sedal más fino y un frontal Mitchell

Estuvimos de acuerdo en pasar allí la noche, pero sin llevar nada más que lo indispensable. Linterna, farol, sillas y los elementos de pesca.

Tal como suponíamos, hicimos bien en llegar temprano y con buena luz para elegir un lugar apropiado. En aquel tiempo la barranca se adentraba en el río mucho más que ahora, porque este la fue comiendo por las fluctuaciones constantes. Por si venía algún otro a pescar y nos ocupaba el mejor lugar, elegimos un sitio donde el agua se remansaba y no estaba expuesto a la correntada, ya que esta era considerable.

El sitio elegido era bueno para la pesca de cualquier tipo, incluso con el reel frontal de mi amigo, que en realidad se presta más para la pesca con señuelo o cuchara que con plomada.

De todos modos, nuestros equipos de pesca eran impecables. Él tenía una caja con boyas y boyitas de todos tamaños (para pejerrey) y otra de anzuelos de todos los tamaños. Todo muy prolijo. Yo tenía un cajoncito de madera con compartimientos donde tenía los señuelos, algunos comprados y otros que me habían regalado y también anzuelos de varias medidas, plomadas y carnadas varias.

Ni bien llegamos, comenzamos a armar los elementos que a nuestro juicio eran los más adecuados y también a prepararnos para pasar allí buena parte de la noche. Mi amigo, llamado Fernando también trajo masa, por si salía boga.

Yo tiré con lombriz y a los pocos minutos saqué un bagre chico. Armé la línea con tres anzuelos y como allí no había correntada, con plomada liviana de 40 gr.

Mi amigo también sacó, pero siempre bagre.

Me quedé mirando el agua donde vi aparecer en ella las primeras estrellas que anunciaban ya la tardecita. Quedó callado también el monte.

El silencio de la tarde parece ser la hora ideal.

En estas circunstancias puedo abstraerme de lo superfluo y disfrutar del sitio, especialmente de las luces de las estrellas reflejadas en el agua quieta del remanso del río. Advertí que a estas, se le sumaron como una única e inmensa constelación, las luces del puerto de Salto formando una sola cosa.

Al rato vemos que del otro lado de la bahía que formaba el remanso, se instala un hombre viejo. Este tenía alguna dificultad para caminar porque lo trajeron y ayudaron a sentarse dos muchachos en una banqueta de lona.

Traía una bolsa con los elementos de pesca. Cuando nos vio nos saludó con la mano, gesto que devolvimos.

Armó un aparejo con varios anzuelos. No pude divisar cuantos. La plomada era una herradura que manejaba con una notable destreza. Desde allí donde estaba sentado, revoleaba solo una vez y la arrojaba.

Yo tuve un pique lindo en ese momento, tiró fuerte, pero se desenganchó.

En cambio nuestro ocasional vecino sacó una boga de unos 40 cm a los pocos minutos de su lanzamiento. Desenganchó la pieza obtenida y la guardó en otra bolsa.

 Encarnó de nuevo su aparejo y repitió el lanzamiento de la herradura mientras se hacía de noche. No pudimos ver que usó de carnada.

A todo esto, Fernando prendió el farol que habíamos llevado y alumbraba bastante, a pesar de ser a mecha. Esa luz nos permitió cambiar las carnadas por masa. También lombriz en algún otro anzuelo. Hice un buen tiro, con la esperanza puesta en el cambio de carnada. Fernando hizo lo mismo con su Abu García haciendo también un lindo lanzamiento.

Pero nuestra atención se la llevaba el viejo. Sacó otro de un tamaño semejante al anterior y un bagrecito amarillo.

Vimos también que tenía una luz. Estuvimos tratando de dilucidar que podía ser. Fernando decía que era una linterna porque la luz era muy blanca, a diferencia de nuestro farol, que era amarillenta. Yo pensaba que no podía ser linterna porque titilaba y se movía, como si la afectara el viento. Con esa lucecita encarnaba sus anzuelos. Luego nos dimos cuenta de que la explicación era más simple. La luz, provenía de una vela adentro de una lata.

Lo cierto es que nuestra atención estaba ahora puesta en el viejo, ya que llevaba menos de dos horas sentado allí y a ojo puedo decir que ya tenía entre bagres blancos y bogas sus buenos cuatro kilos.

Solo puedo agregar que en definitiva nos alegramos por él, que pescaba para comer, seguramente. Y nosotros solo por entretenimiento.

¿Qué otra cosa puedo decir sin faltar a la verdad? Solo que el viejo con esos precarios elementos nos pasó el paño.

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