APPS de El Heraldo

Servicios

Actualidad

Secciones

Interés General

12 de Octubre de 2021 - Nota vista 279 veces

La escuela, como el termómetro que marca el nivel de estrés y ansiedad de los más chicos

Los efectos que comienzan a observarse como consecuencia de la pandemia de COVID-19 en la salud mental y el bienestar de los niños, niñas y adolescentes podrían ser sólo la punta del iceberg, según alertaron desde Unicef en un reciente informe. Las secuelas, advierten los que saben, podrían prolongarse durante muchos años.

“Los últimos 18 meses han sido muy largos para todos nosotros, especialmente para los niños y las niñas. Debido a los confinamientos nacionales y a las restricciones de movimiento relacionadas con la pandemia, niños y niñas han perdido un tiempo valioso de sus vidas lejos de la familia, los amigos, las aulas y los lugares de recreo, que son muy importantes durante la infancia”. Henrietta Fore es directora ejecutiva de Unicef y a propósito del último trabajo presentado por el organismo resaltó: “Las consecuencias del COVID-19 tienen un gran alcance, pero son sólo la punta del iceberg. Incluso antes de la pandemia ya había demasiados niños abrumados por el peso de una serie de problemas de salud mental a los que no se les había prestado atención. Los gobiernos están invirtiendo muy poco para atender estas necesidades esenciales. No se está dando suficiente importancia a la relación entre la salud mental y las consecuencias que se producen más adelante en la vida”.

Y al parecer, fue el regreso a las clases en las aulas, que en algunas provincias, como la de Buenos Aires, recién se realizan con presencialidad plena desde el mes de septiembre, el termómetro que marcó el real estado emocional en que estaban -y están- la mayoría de los menores de edad.

De hecho, según los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por Unicef y Gallup entre niños y adultos de 21 países –que se adelanta en el informe Estado Mundial de la Infancia 2021– un promedio de uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años encuestados dijo que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar algún tipo de actividad.

En las escuelas, lo que se percibe es un aumento de casos de fatiga y angustia por las secuelas de la virtualidad y el encierro. Y mientras los niños de jardín de infantes y quienes concurren a los grados más chicos en general disfrutan del regreso pleno a las aulas, aquellos que asisten a los últimos grados de primaria y secundaria se habían adaptado con más facilidad a la virtualidad y poco querían saber de retornar a la presencialidad.

“En esta etapa de la pandemia se observa que las escuelas cambiaron. Las dinámicas en las relaciones entre los alumnos y alumnas no son como antes. Y si bien no es igual para todos ni para todas las edades, sí podemos decir que es notable un cambio en su predisposición a la hora de realizar actividades, de permanecer en el aula prestando atención e incluso en el aprendizaje”. Para la licenciada en Psicología Lorena Ruda (MN 44247), “a la hora de enseñar y estar frente a un aula con niños que estuvieron con una actitud pasiva ante el aprendizaje, ya que no es igual aprender en contacto con otros y en un ambiente propicio que estar en casa con miles de estímulos que distraen y sin la mirada del docente, sin duda habrá que tener en cuenta cómo afectó a cada niño o niña el encierro y la virtualidad”.

Rita Marini es psicopedagoga, y ante la consulta de Infobae consideró que “volver al colegio fue un desafío ya que hay que cuidarse, mantener la distancia social desde la cercanía emocional”. “Esta pandemia nos transformó, nos cambió a todos. Cambiaron nuestras prioridades y revalorizamos aspectos que estábamos dejando de lado. A lo largo de todos estos meses, cada alumno, cada docente vivió un sinfín de emociones -analizó la creadora de ATIR Aprender Jugando-. Al comienzo, había muchas expectativas de ambos lados, desde el colegio como desde la casa. Volvieron a un colegio que les era familiar pero que ya no era el mismo”.

Y tras asegurar que “la currícula continúa, pero en muchos casos se van buscando alternativas para ir de a poco generando el interés en lo escolar teniendo en cuenta las vicisitudes de la pandemia”, Ruda señaló que “en grados iniciales es notable cómo la falta de un preescolar o un primer grado presencial atrasaron (en términos generales, pero siempre entendiendo que los tiempos de maduración y aprendizaje son subjetivos) los contenidos establecidos para la currícula”.

Y agregó: “A su vez, en edades más tempranas, notamos que las adaptaciones al jardín podrían ser más largas ya que estuvieron mucho tiempo con sus adultos referentes y sin entrar tanto en conflicto con pares. Se los ve más apegados a sus mamás y papás, o buscando quizá a sus hermanos dentro de la institución en busca de seguridad. Volver a sentirse seguros y tranquilos en el jardín para muchos llevará su tiempo”.

“No podemos volver a la ‘normalidad’ sin tener en cuenta que ya no es la normalidad de antes -destacó-. Es una nueva normalidad. Como sabemos, las patologías son epocales y dentro de contextos, y ya estamos viendo en el consultorio y en las escuelas las consecuencias del aislamiento”.

Consultada sobre de qué manera la virtualidad afectó la manera de pensar y aprender de los menores, Marini evaluó que “antes de la pandemia, la educación ya se replanteaba su manera de enseñar”. “Creo que este hecho visualizó mucho más esa necesidad e hizo que los cambios se aceleren un poco -opinó-. Si bien, la mayoría de los chicos regresaron con un excelente manejo de la tecnología se nota un descenso en las habilidades sociales y lingüísticas, principalmente”.

“El aprendizaje tiene que tener sentido, tener un para qué, que los motive a querer saber más, les despierte curiosidad -sostuvo la psicopedagoga-. La mejor manera de aprender es haciendo. Por eso es importante que los alumnos tengan un rol activo en sus procesos de aprendizajes e incorporar en el aula la actitud lúdica”.

Sobre la escuela, la rutina y el orden que “ordena”

“En algunas situaciones nos encontramos con niños y niñas que perdieron los hábitos y estructuras que nos dan ‘límite’ y, por ende, seguridad. Los y las docentes se enfrentan a una población que durante un año en sus casas hizo lo que pudo en términos de rutinas, horarios y organización”. Ruda, que es especialista en maternidad y crianza, trabaja en consultorio con adolescentes y en el ámbito educativo ejerce como maestra integradora, señaló que “en muchas familias en las que los adultos trabajaban también en casa de manera remota no podían estar tan pendientes de qué hacían los hijos mientras tanto y tener una organización, un control sobre lo que sus hijos hacen en cada momento se volvió muy difícil”.

Para ella, “los chicos rápidamente se perdieron en días sin tanto horario y el ‘después lo hago, má’ se volvió moneda corriente, ya que el tiempo libre sobraba y todo se postergaba, incluso las tareas”. Con ella coincidió Marini, para quien “volver a la rutina, al orden que disminuye el nivel de estrés y la ansiedad, volver a construir una rutina es relevante y por eso es importante sostener la presencialidad”. “Ofrecer espacios de intercambio, como los que se observan por ejemplo diariamente en el nivel inicial, donde en ronda los chicos comparten lo que necesitan y quieren con sus pares es un espacio muy valioso para seguir sosteniéndolo a lo largo de la escolaridad”, consideró, al tiempo que resaltó que “revalorizar los espacios de juego dramático, de construcción, reglados donde puedan expresar libremente sus emociones y poder acompañarlos es de gran importancia durante toda la infancia, ya que muchas veces los chicos no pueden poner en palabras lo que les pasa, pero sí lo pueden expresar a través del juego con otros”.

En la misma línea, Ruda aportó que “las prioridades durante el aislamiento cambiaron para la infancia y adolescencia, con más tiempo para jugar, más tiempo de pantallas, cambios en el modo de vincularse con otros y también de concentrarse”.

“Después de todo esto, naturalmente el comportamiento en el aula se ve alterado en algunos niños modificando también la dinámica grupal -agregó-. Un desafío nuevo para los docentes es buscar herramientas para un volver empezar en cuestiones que ya estaban adquiridas demorándose así en sus objetivos curriculares pero priorizando o teniendo en cuenta más que antes factores socio psicoemocionales con los que cada niño y niña vuelve al colegio”.

- Poner el foco en la emocionalidad de los más chicos, ¿es una de las pocas aristas positivas que trajo la pandemia?

- Ruda: A partir de los cambios o de los efectos del año de virtualidad tanto en los niños y niñas como en los adolescentes, es que las escuelas se ven obligadas a mirar y observar lo que sucede para poder incluir dentro del espacio institucional espacios de contención y charla para que todos puedan expresar lo que les pasa.

A veces sólo vemos las conductas “disruptivas” sin hacer foco en el detrás de escena. Sin embargo, luego de la pandemia no se puede hacer caso omiso a cómo lo emocional juega un papel fundamental en el aprendizaje y poder intervenir en los grupos desde esta perspectiva y teniendo en cuenta no sólo la subjetividad de siempre sino el nuevo contexto, se volvió indispensable en el ámbito escolar.

Marini: La situación sanitaria nos obligó a poner el foco en la emocionalidad de todos. De los chicos, de los alumnos, de los adultos, padres, docentes y directivos. Esta pandemia nos hizo más empáticos y valorarnos a cada uno desde su lugar. Entender que todos somos nuestra mejor versión y que a pesar de nuestras buenas intenciones no siempre las cosas salen bien se vuelve una prioridad. Todavía tenemos un largo camino por recorrer, pero si lo hacemos juntos, familia y colegio, acompañándonos y apoyándonos vamos a estar cada día mejor. Si no estamos bien emocionalmente, no podemos aprender.

Según ahondó Unicef en el informe al que se hizo referencia con anterioridad, “los trastornos en salud mental diagnosticados, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, ansiedad, autismo, trastorno bipolar, trastorno de la conducta, depresión, trastornos alimentarios, discapacidad intelectual y esquizofrenia, pueden perjudicar considerablemente la salud, la educación, las condiciones de vida y la capacidad para obtener ingresos de los niños y los jóvenes”.

Así las cosas, la educación emocional parece ser la clave donde las instituciones educativas y los gobiernos deberán hacer foco si de reducir el impacto -y el costo para las sociedades- de desatender la salud mental de los más chicos durante la pandemia se trata. Es la salud integral de las futuras generaciones lo que está en juego. Ni más, ni menos.


Contenido Relacionado