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Por JORGE LUIS CIUCIO - 11 de Septiembre de 2021 - Nota vista 964 veces

Balbín preso en Olmos: los guisos de pichones de paloma y la profunda grieta entre radicales y peronistas

Hace 40 años murió el líder radical, que protagonizó disputas con el peronismo y comprendió que un entendimiento con Juan D. Perón era necesario para ordenar institucionalmente al país. Sin embargo, en 1950 el propio Perón lo mandó a la cárcel. Así pasó aquellos días de reclusión

No hacía su cama. Ni le dejaban barrer su propia celda. Los otros presos lo trataban de señor y él, avergonzado, hacía lo imposible por ser uno más. Sin embargo, “don Ricardo” o “doctor” eran los tratamientos que aquellos hombres que habían cometido los peores crímenes tenían hacia Ricardo Balbín, preso en Olmos por desacato.

Hasta su desafuero fue el jefe del bloque “de los 44”, los diputados radicales que hicieron frente a la mayoría peronista en esos años de grieta profunda del primer peronismo. Balbín era porteño, había nacido en Constitución el 29 de julio de 1904. Su madre murió cuando tenía cuatro años y el padre, encargado del coche comedor del Ferrocarril del Sud, repartió a los hijos: Armando, el mayor, permaneció con él; dos hijas quedaron al cuidado de unas tías y Ricardo fue enviado con un pariente en Ayacucho. Allá, en un acto político vio por primera vez junto a su amigo Solanet a Hipólito Yrigoyen y cuando cumplió la mayoría de edad, se hizo formalmente radical.

Cursó un año de Medicina en la UBA y por problemas económicos del padre, dejó los estudios y se radicó en La Plata, donde se recibiría de abogado. Fue fiscal del crimen en Mendoza durante el segundo gobierno de Yrigoyen y candidato a diputado provincial en las elecciones que Uriburu terminó anulando en marzo de 1931. Junto a otros correligionarios fundó el Movimiento de Intransigencia y Renovación, que se oponía a la conducción partidaria alvearista.

En 1928 se había casado con la platense Indalia Ponzetti y por él dejó el magisterio. Se habían conocido en el tren. “¿Quién es ese con cara de chino que no deja de mirarte?” le preguntaba una amiga a Indalia en esos viajes de La Plata a Lanús. Para él sería Lía o “madre”. En Mendoza fueron padres de Lía Elena; en 1931 tuvieron un varón que en 1946 era el líder de la bancada radical. Hasta la sesión ordinaria 37, la última de 1949. En esa sesión subió definitivamente de temperatura cuando el diputado peronista José Astorgano, del sindicato de Taxis pidió la palabra. Todo el mundo sabía lo que ocurriría: cuando Astorgano hablaba era para solicitar el fin del debate. Era el jueves 29 de septiembre de 1949, y el último tema a discutir que el oficialismo forzó para tratar era el desafuero del diputado Ricardo Balbín, jefe de la bancada radical.

Estaba en la mira del peronismo. Con sus virulentos ataques al gobierno, gracias a una brillante oratoria, siempre se reservaba el uso de la palabra para el final del debate. Lograba emocionar a sus pares, no importaba el partido al cual pertenecieran. Hasta algunas veces llegaron a aplaudirlo.

Le habían abierto un proceso de desacato contra la figura presidencial y la de la primera dama. El diputado peronista Luis Roche, patrocinado por el abogado Carlos García Montaña lo había denunciado por haber incurrido en actos de sedición y rebeldía en un discurso pronunciado el 30 de agosto de 1949 en el Centro Asturiano de Rosario, organizado por el radicalismo. Lo acusaban de haber llamado a una “revolución”. La causa cayó en el Juzgado N° 1 de Rosario, interinamente a cargo del juez federal Alejandro Ferrarons, quien había solicitado su desafuero.

Falleció al año y medio

y luego vinieron Osvaldo y Enrique.

En 1946 era el líder de la bancada radical. Hasta la sesión ordinaria 37, la última de 1949. En esa sesión subió definitivamente de temperatura cuando el diputado peronista José Astorgano, del sindicato de Taxis pidió la palabra. Todo el mundo sabía lo que ocurriría: cuando Astorgano hablaba era para solicitar el fin del debate. Era el jueves 29 de septiembre de 1949, y el último tema a discutir que el oficialismo forzó para tratar era el desafuero del diputado Ricardo Balbín, jefe de la bancada radical.

Estaba en la mira del peronismo. Con sus virulentos ataques al gobierno, gracias a una brillante oratoria, siempre se reservaba el uso de la palabra para el final del debate. Lograba emocionar a sus pares, no importaba el partido al cual pertenecieran. Hasta algunas veces llegaron a aplaudirlo.

Le habían abierto un proceso de desacato contra la figura presidencial y la de la primera dama. El diputado peronista Luis Roche, patrocinado por el abogado Carlos García Montaña lo había denunciado por haber incurrido en actos de sedición y rebeldía en un discurso pronunciado el 30 de agosto de 1949 en el Centro Asturiano de Rosario, organizado por el radicalismo. Lo acusaban de haber llamado a una “revolución”. La causa cayó en el Juzgado N° 1 de Rosario, interinamente a cargo del juez federal Alejandro Ferrarons, quien había solicitado su desafuero.

A las 9:50 ingresó al recinto. Su esposa observaba desde uno de los palcos. Su defensa fue brillante aunque inútil. Los diputados peronistas -no todos estuvieron de acuerdo en votar el desafuero- miraban al piso o tenían la vista clavada en un punto imaginario. Solo los radicales aplaudían cada afirmación de Balbín. “Está equivocado el señor juez si piensa que yo habré de ir ante él, a prestar declaración indagatoria o a ofrecerle pruebas. ¿Cómo habría de hacerlo, señores diputados, si la Cámara de Diputados de la Nación condena sin pruebas? Si el parlamento de la República es insensible ¿cómo le daré posibilidades a un juez para que disminuya a la Cámara? ¡El proceso está terminado, definitivamente concluido!”, dijo.

Cerró su discurso diciendo: “Si con irme de aquí pago el precio de uno de los tantos de mi partido; si este es el precio de haber presidido este bloque magnífico que es la reserva moral del país, han cobrado barato; fusilándome todavía no estarían a mano”. Por 108 votos contra 41 se votó su desafuero. Al mismo tiempo que Héctor Cámpora, presidente del cuerpo levantaba la sesión, se desató una batahola. Gritos, insultos, lluvia de papeles y hasta un diputado revoleó un libro que cayó pesadamente sobre la mesa de los taquígrafos. Eran las 15:40 y Balbín no ocuparía nunca más un cargo público.

Preso en Olmos

El 12 de marzo de 1950 se celebrarían las elecciones para elegir gobernador bonaerense. La UCR eligió la fórmula Balbín-Noblía que competiría contra la oficialista de Mercante-Passerini. Cuando se libró su orden de captura, hacía malabarismos para escabullirse de los actos proselitistas. El 30 de noviembre se había presentado ante el juez y desde el 10 de diciembre la policía lo buscaba para detenerlo.

De ahí en más, los amigos se turnaron para ocultarlo y él se negó a abandonar el país, como se lo habían aconsejado. La policía dejó de buscarlo por una explicación práctica: sabían que Balbín iría a votar. Allí lo detendrían.

El domingo 12 de marzo de 1950, poco después del mediodía, Balbín votó en los tribunales de La Plata, en una mesa a la que se ingresaba por la calle 14. A la salida, quince policías se lo llevaron detenido. Su hermano Armando quiso entrevistarse con el gobernador Mercante para saber dónde lo llevaban. A la noche se enteraron que lo habían llevado, incomunicado, a Rosario.

Cuando el martes siguiente fue visitado por su esposa y por Arturo Frondizi, se enteraron que su abogado defensor Armando Héctor Cerrutti había sido arrestado y encerrado en el cuartel de bomberos. El 22 fue llevado a la vieja cárcel de San Nicolás. Una semana después, lo trasladaron a la cárcel de encausados de Olmos. El camión celular iba escoltado por patrulleros, ambulancias y camión de bomberos, los que hicieron sonar sus sirenas durante todo el recorrido.

Se le negó la libertad condicional, y el juez Menegazzi firmó la prisión preventiva. Inútil fue recurrir a la Corte Suprema. El jefe de Olmos era el conservador Alberto Grimaux y el subjefe el radical santafecino Julio Urtubi. Acordaron que pasara el día en la sección Depósito, a cargo de Osvaldo Sarlo.

Su celda estaba en el Pabellón 6 del quinto piso y compartía el día junto a dos homicidas, Balcarce y Acuña. Nunca permitieron que Balbín limpiara su celda o se arreglara su cama. “Por favor, doctor…” se interponían los presos y hacían las tareas, con la vista gorda de los guardiacárceles. Había tomado su prisión como un hecho más de su carrera política y sabía que no sería para siempre.

La comida de la cárcel, hecha con grasa y al vapor le arruinó el estómago y dejó de comer. Lo interpretaron como el inicio de una huelga de hambre. El jefe del Depósito consiguió una vieja cocina a leña y el detenido Jorge Bats, que había sido cocinero en el restaurante platense Gentile, le preparaba comidas más sanas, en especial la debilidad del líder radical: pichones de paloma, que buscaban en los nidos que las aves hacían en las ventanas.

En el penal le diagnosticaron pólipos en la garganta y debieron operarlo. A su pedido lo hizo un viejo amigo, el doctor Ceco, quien bromeaba y le decía que le cambiaría el timbre de su voz.

Su mujer y su hija lo visitaban todos los días. Arturo Frondizi iba una vez por semana y lo consultaba por las cuestiones políticas y del bloque Hay una fotografía que le tomaron tras las rejas. En una oportunidad Szelagouski, al ir a visitarlo, envolvió una pequeña cámara fotográfica en papel. En el ingreso, cuando lo registraron, levantó sus manos y en una de ellas tenía el paquete. Los guardiacárceles pensaron que se trataba de cigarrillos.

Estando en la cárcel se le ocurrió editar un periódico, que llamó “Adelante”. Los primeros números salieron de la imprenta de Domingo Catalino, de Chascomús, gracias a las gestiones de un joven Raúl Alfonsín. El diario salió durante 81 semanas y llegó a tirar 75 mil ejemplares.

Los meses transcurrían y la defensa de Balbín no obtenía resultados. Para julio llevaba acumulado 12 procesos por desacato. El fiscal pidió un año de prisión por cada uno de ellos y el juez terminó condenándolo a cinco.

A esa altura se había formado una Comisión Nacional Pro Libertad y la gente lo apodaba “el mártir de Olmos”. Para evitar un descontento mayor, el 2 de enero de 195 el general Perón lo indultó con un decreto. Ese día a las 14 horas Balbín fue conducido a la comisaría de La Plata donde fue notificado de su libertad y a las 16:15 fue a su casa. Rengueaba por una lesión en su pie izquierdo. Habían pasado 297 días en la cárcel.

No había cambiado. Al día siguiente pronunció un violento discurso en La Plata y a fines de mayo volvieron a detenerlo en Bahía Blanca, nuevamente por desacato al presidente. Pero esta vez actuaron con más inteligencia y lo liberaron.

Sería candidato a presidente en 1958 y en las dos elecciones de 1973. Aún ronda el misterio de por qué no quiso serlo en 1963. Desde la división del partido en 1956, fue el jefe de la Unión Cívica Radical del Pueblo y nunca le perdonó a Frondizi el haberse abierto con la Unión Cívica Radical Intransigente. Luego del golpe de Illia, se convenció de que sin el peronismo era imposible la normalización institucional e inició los contactos con su antiguo adversario, el que lo había mandado a la cárcel, Juan Perón, y el discurso que pronunció al despedir sus restos quedó como una joya de la oratoria. Fue uno de los ideólogos de La Hora del Pueblo, soportó el enfrentamiento en las internas partidarias con su discípulo más querido, Raúl Alfonsín. Recibió muchas críticas cuando admitió que los desaparecidos estaban muertos. Fumador empedernido, este hincha fanático de Gimnasia (decía que Estudiantes era un club de oligarcas) murió a los 77 años el 9 de septiembre de 1981.

Dicen que enviarlo a prisión fue una idea de Perón para opacar la figura ascendente de Frondizi. Cuando Balbín ya está en Olmos,el gobernador Domingo Mercante y Filomeno Velazco, jefe de la Policía Federal le pidieron a Perón por el radical. El jefe de Estado reprendió a Velazco: “Que el gringo (por Mercante) no sepa de política está bien, pero que no lo sepas vos, que sos criollo viejo, es inaceptable. ¿No se dan cuenta que a mis amigos los elijo yo? Si no levantamos a Balbín, el flaco Frondizi nos joderá la vida”.


Autorizado por ADRIAN PIGNATELLI periodista de INFOBAE


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