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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 30 de Abril de 2021 - Nota vista 1268 veces

La noche del apagón

Corría el año 1949 y algo inusitado estaba por ocurrir, de acuerdo a lo informado por los diarios de la época y la radio LT 15 “Radio Concordia” de reciente inauguración.

¿En qué consistía lo inusitado? En que en Concordia habría un “ejercicio de apagón”.

Se debía dejar la ciudad a oscuras. La luz de alumbrado, el comercio, incluso la Farmacia Concordia, en la esquina de mi casa se atendía con velas. Los autos debían atenuar la luz de los faros.

Nunca supe, ni creo que llegue a saberlo ahora, cuál fue la razón de tal ejercicio (tal vez algún lector memorioso pueda finalmente desvelar ese misterioso suceso)

Nuestras mentes infantiles nos hacían suponer que era un ejercicio militar. Y tal vez lo fuera... Alguno aventuró que iban a pasar aviones que arrojarían bolsitas con ceniza sobre cualquier sitio que estuviera iluminado, a fin de marcarlo.

Recordemos que la Segunda Guerra Mundial había finalizado hacía solo cuatro años y toda nuestra niñez se desarrolló bajo ese suceso.

Además, todos los acontecimientos eran profusamente comentados en los noticiarios del cine, ya que antes de cualquier película, proyectaban las noticias de la Europa en ruinas. También escenas de la guerra, combates navales y aéreos y las tropas norteamericanas ocupando las ciudades alemanas e italianas. Además, había una revista gratuita enviada por correo por la embajada de EEUU que se llamaba “En Guardia”. Muy buena revista sobre esos sucesos, escenas de guerra y además en colores.

O sea que eso de efectuar un apagón en Concordia, transportaba nuestra imaginación a los apagones de los ataques aéreos en la Europa en guerra y el ulular de las sirenas.

Con mi viejo y querido amigo Héctor, vecinos pared por medio, además de ir a la escuela primaria juntos, muchas veces, también lo éramos de juegos y travesuras. Íbamos a todos lados juntos, pero principalmente al cine. O él venía a jugar a mi casa o yo iba a la de él. Así transcurrieron esos recordados años infantiles. Dejamos de vernos mucho tiempo por varias razones: la principal de ellas es que algún tiempo después, se fueron a vivir a Buenos Aires. Después la vida tiene caminos divergentes y siempre aparecerán amigos nuevos, aunque los viejos afectos siempre están presentes, y hoy después de tantos años, volvemos a comunicarnos, como si nunca hubiéramos dejado de vernos, manteniendo intacto el mutuo afecto.

                                                                                                                                                                     Pero regresemos a la noche del apagón. La extrañeza del suceso, no fue solo para los niños, sino la gente grande que también quería interiorizarse. Era el primer gobierno del General Perón y por ser este militar, todo lo que fuera desfiles, paradas militares o ejercicios, se realizaban con gran despliegue. Este no es un dato menor, ya que al parecer, el apagón tenía una razón estratégica. Como no había ninguna información, se escuchaban los más disparatados comentarios; como en realidad nadie sabía nada, salvo lo recibido por las agencias periodísticas, que era muy poco, cualquiera aventuraba una hipótesis irreal.

Lo cierto es que debía realizarse el apagón en toda la ciudad. Y no se sabía si esto regía para toda la república.

En mi calle, que era Sarmiento, los vecinos primero miraban los resultados del apagón en la ciudad. Como eso era todo lo que se podía apreciar, o sea tu calle a oscuras, salvo el tranvía que pasaba por la esquina de San Martín y en su recorrido, venía con su luz prendida.

Algunos ya familiarizados con la situación y que esta no revestía peligro, al menos por el momento, sacaron los sillones a la puerta, como se estilaba en esos tiempos para ver lo que pudiera ocurrir, cómodamente sentados.

Nosotros los niños también salimos a ver, con mil recomendaciones por parte de nuestros padres.

Como vimos después de un rato que no pasaba nada, comenzamos a aburrirnos mirando que transcurriera el tiempo y nada sucedía.

Nosotros teníamos guardada en una caja, una mezcla explosiva que habíamos aprendido a fabricar, porque los chicos más grandes la usaban colocándola en la rosca de un bulón, se insertaba luego enroscando con sumo cuidado el tornillo en la tuerca y que al ser arrojado explotaba con gran estruendo. Con la ventaja de poder utilizarlo cuantas veces uno quería y de ser inofensivo.

Con mi amigo se nos ocurrió hacer algo que fuera más divertido que estar esperando algo, que a todas luces entendíamos que no sucedería.

No tuvimos mejor idea que sacar un poco del explosivo de la caja que guardábamos y aprovechando la oscuridad, colocar un poco en la vía del tranvía, para darle un poco de animación a la noche. Pero al parecer, nuestro cálculo fue un poco equivocado. Ya habíamos hecho antes a eso, de que fuera el tranvía quien lo hiciera explotar, pero con pequeñas cantidades. Venía el tranvía subiendo trabajosamente en la pendiente de la calle San Martín hacia la plaza, cuando en realidad lo que sucedió es que nos excedimos en la cantidad de la mezcla. Y la consecuencia fue que la detonación fue fantástica. La explosión iluminó la esquina y también a los vecinos que huyeron alarmados con sus sillones, ante la incertidumbre.

Fue tal el revuelo que se armó, que con Héctor nos asustamos con el resultado de nuestra broma; aunque estábamos ya lejos del suceso, e instalados en nuestras casas preguntándonos que había sucedido como todos los demás.

Nos enteramos que el tranvía detuvo su marcha e hizo bajar a los pasajeros en prevención, sin saber a ciencia cierta que acaeció y de dónde provino el estallido. Mucha gente salió a la calle para interiorizarse de la causa de la detonación. Toda la gente que estaba en la farmacia también salió a mirar.

Fue una noche memorable, lo que parecía una noche perdida.

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