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17 de Octubre de 2020 - Nota vista 341 veces

Tolerar

Ejercicio necesario y deseado. Empático y socializante. De mayor usanza en estados anímicos distendidos y amenos pero que falla groseramente cuando arriban las tensiones, malos humores, mini frustraciones o grandes. Y mucho más, pero mucho más, cuando el bolsillo adelgaza.

La tolerancia se lleva bien con los conceptos cristianos, mahometanos, islámicos o protestantes. Son soportes conceptuales de voluminosa bibliografía. Adquieren condición de elevados valores humanos que promueven respeto a quienes son propietarios de esta manifestación humana, la cual procura instalarse en las aulas desde pequeños, pero cuyas inscripciones más hondas provienen del ámbito familiar.

Sabido es que para los niños, la sociedad donde crecen, sus aulas y su familia, son espejos donde se identifican y asimilan comportamientos semejantes. Pero no alcanza todo el conocimiento para explicar acabadamente, porque la intolerancia tiene presencia notable en distintas partes del mundo. Varían sus argumentos o motivos, pero quizás, si lo abordamos desde una perspectiva emocional, hallaremos algunas explicaciones, que nunca serán suficientes. Mucho más, cuando el ejercicio de intolerancia adquiere sesgo violento y con ello daña o interrumpe la vida de personas. Tal emoción de amplio gama, es el miedo. Para contextualizarlo con mayor precisión, hablamos del miedo hacia las diferencias que encienden el riesgo de estar bajo amenaza. Esta perspectiva de ataque y peligro inminente, cuanto mayor es, incrementa la defensa, lo cual se convierte en un espiral ascendente, a medida que crece la percepción de riesgo, conlleva la intensificación de las maniobras defensivas. Este comportamiento no es propiedad de la esfera individual, la cual posee un radio de acción más acotado que el otro, el social.

En el miedo social, los miedos producen manifestaciones hostiles hacia aquello que preocupa o amenaza, inscribiéndose en grupos sectorizados o masificados como expresión de lucha, oposición y defensa ante aquello que se teme perder.

¿Qué puede resultar temido? Lo diferente. Pero no enunciadas desde la semántica, desde la que podríamos enunciar que lo distinto es también contrario, opuesto, desigual, atípico y ajeno. Esta descripción no tiene entidad suficiente para provocar reacciones hostiles.

Para entender el pasaje a la acción, debemos referirnos a diferencias que portan significaciones adversas. Donde el diferente queda revestido de sujeto peligroso. Si a esta idea se suma el pensamiento colectivo, que aprecia el peligro en ideas, personas, religiones o razas, los miedos encenderá la violencia.

No son pocas las manifestaciones violentas, nacidas de la primigenia intolerancia transformadas en actos defensivos crueles que se ha mostrado al mundo. Ejemplo doloroso de ello son aquellos inmigrantes en barcazas atestadas de hombres mujeres y niños, provenientes de África, que si bien lograron atravesar el mar, al no ser aceptados por los países más desarrollados, fueron algunas veces relanzados a las mismas aguas. O como sucedió con las caminatas de comunidades del Europa del este, que lanzados a pie buscaban nuevos horizontes.


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