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por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 12 de Septiembre de 2020 - Nota vista 1107 veces

La lección del anciano

Hace muchos años, y estando en Buenos Aires por razones laborales, un compañero que también trabajaba allí pero en la gerencia de personal, me invitó al Teatro Coliseo porque actuaba allí la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y él tenía dos entradas, así que acepté con gusto. Además me di el gusto de decirle que el director, Pedro I. Calderón era entrerriano.

Cuando entramos y vi el programa, en primer término ejecutaban uno de esos abominables conciertos de Alberto Ginastera (el Opus 30 para violín y orquesta) por lo que una vez comenzado, y corroborando sin ninguna duda que era el que yo pensaba nomás, soporté un ratito y con la excusa de fumar un cigarrillo y con la intención de volver para la segunda parte, que esa sí que me gustaba (Obertura 1812 de Tchaikovsky, claro que sin los cañonazos) salí entonces afuera. Como enfrente está la Plaza Libertad, me senté en un banco bajo unos árboles a fumar ese cigarrillo. Me puse a mirar la gente que pasaba, mientras hacía tiempo para la segunda parte. Un hombre viejo (a lo mejor no era viejo, cuando uno es joven todos los grandes parecen viejos) viene y se sienta en el otro extremo del banco.

Viste traje y corbata. Todo esto lo observo de reojo, sin girar la cabeza y veo que extrae del bolsillo un envoltorio, lo abre y aparece un sándwich. Lo come con apetito. No aparto la mirada del frente por discreción o por la desconfianza que uno siempre experimenta ante la proximidad de un extraño. Luego se levanta y va a tomar agua a un bebedero de cemento y se vuelve a sentar en el banco.

”Acá se está bien, en esta sombrita” me dice.

”Es así” y le cuento que estaba en el teatro y que no gustaba esa parte del programa.

Le convido un cigarrillo y me dice: “El médico me prohibió fumar, pero con el estómago lleno un cigarrillo no me hará mal”. Como yo sonreí interpretó que yo me había dado cuenta.

”No, ningún médico me prohibió el cigarrillo. He dejado de fumar para ahorrar gastos. Renuncié a muchas cosas más necesarias que fumar. Desde hace un tiempo todo mi almuerzo es un sándwich que mastico así, en una plaza o, si está lloviendo, me refugio bajo algún techo o la marquesina de este teatro sin siquiera tener donde sentarme”.

Debo tener cara de confesor porque comenzó a desgranar su confidencia. Jubilado, con una mujer enferma, debe seguir trabajando como corredor de comercio, cuidar su apariencia personal, pero privarse de ir al cine, comer en una cantina, y viajar todos los días a Lanús. ”Soy un pordiosero vergonzante”, asegura con resignación, ”Ya he perdido el pudor de sentarme en un banco de la plaza y comer a la vista de todo el mundo un mendrugo”, no repetiré todo lo que me dijo, porque tampoco lo recuerdo, aunque me impresionó vivamente, porque no pude evitar de verme yo mismo en esa situación, a pesar de mis pocos años (27), el tiempo transcurre para todos. Pero era toda esa retahíla de padecimientos que los argentinos conocemos de sobra.

”Si yo fuera joven me iría a un país donde fuera respetado, y ese país sería mi patria. Porque la patria es eso: el sitio donde uno es respetado. Pero yo siento que en mi propio país se me falta el respeto. Que a mi edad y sin mi culpa, con toda una vida de trabajo y de sacrificios, se me trata poco menos que a un mendigo, dígame ¿es o no un puntapié que me da mi país, justamente cuando ya no me puedo defender?” No puedo responder a eso, porque sería un magro consuelo decirle que su caso es el de la mayoría de los argentinos.

El prosigue, ”¿Sabe? Me he vuelto lo que nunca fui, egoísta. No me importa lo que le ocurra a los demás. Solo me importa lo que me ocurre a mí y a mi familia. Me he cansado de que me tomen el pelo con la historia de ponerle el hombro al país. Ponerle el hombro al país significa pagar los platos que rompieron otros que no los pagan. Muchas gracias, pero ese papel de tonto ha dejado de gustarme”.

Me da la mano, se levanta y se va caminando lentamente hacia Avenida Santa Fe. Me quedé mirándolo alejarse y también pensando con alguna cuota de optimismo, que este país fue grande y poderoso y que naturalmente debe volver a serlo. Todo indica que así debe ser.

Volví al teatro y todavía no había terminado el Concierto de Ginastera, así que me dio espacio para pensar en todo lo que me dijo ese hombre. Lo que más me pegó fue lo de la falta de respeto. Dios me perdone, pero creo comprender lo que quiso decirme. Un Presidente de la Nación ha manifestado hace poco, que en la República Argentina hay una gran dosis de odio. Odiadores seriales dijo. Acaso ese odio sea respuesta al desprecio.

Seguramente, solo siendo pobre se sabe que debajo de todas las cenizas siempre arde la brasa de una esperanza. Avivar ese rescoldo es una de las leyes universales de la política. Pero a mí me parece que a los políticos se les trasluce la falta de respeto por los pobres, cuando hacen creer que las ilusiones más quiméricas, los sueños más irracionales son anticipaciones de una realidad inminente.

Inevitablemente la cándida brasa toma fuego ¿Cómo es que estos políticos ricos ya de dinero y poder, exhortan a los pobres a ser realistas, a no confiar en paraísos inexistentes y en resumidas cuentas, a seguir siendo pobres. Pero está bien: si un candidato prometiera sudor y lágrimas ¿Quién lo votaría? Me refiero a las otras formas del desprecio o siquiera de la consideración o de la indiferencia, que ya no forman parte del juego de los políticos.

Se es pobre cuando no se tiene dinero ni poder. Pero los ricos de poder siempre disponen de grandes sumas de dinero, que encima no les pertenece, que solo lo administran. La democracia los obliga, repito que los obliga a destinar buena parte de esas sumas en beneficio de los más pobres, no para hacerlos ricos, sino para hacerlos respetables.

El pobre deja de ser respetable cuando los hospitales públicos a los que tienen que recurrir son obsoletos y carentes de servicios apropiados. También cuando las escuelas a las que envían a sus hijos, no dan clases por paros gremiales ajenos a la educación. Cuando los medios de transporte son viejos y destartalados. Cuando las viviendas “populares” se les escamotea material, encima son feas y lejos de todo. Cuando las diversiones gratuitas que se les proporciona son de una ridícula y bajísima calidad. Cuando la única posibilidad que se les deja a los pobres para ser un poco menos pobres es la promoción del vicio del juego de azar.

A despecho de las ficciones legales y de los discursos, una sociedad así, no es democrática, como no lo es cuando se discrimina entre jóvenes y viejos, entre los que sin embargo, no hace diferencia en el día de las elecciones. ¿Qué clase de nación civilizada, con pretensiones de justa es esta donde solo se protege a quienes menos faltas de protección están? Lo pregunto porque no lo sé.

Solo sé que aquello que me dijo el anciano hace 54 años en la puerta del Teatro Coliseo, sigue teniendo una actualidad que espanta (con o sin pandemia-cuarentena)

Me alegro por él, que no tuvo que ver esta nueva estafa en el régimen jubilatorio, suspendiendo el que se los actualizaba por inflación, por otro manejado al arbitrio del gobernante cuya mendacidad es conocida por todos. Pocas veces se ha visto un Presidente cuya veracidad esté tan devaluada. 

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