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1 de Septiembre de 2020 - Nota vista 1166 veces

Un sacerdote “desterrado” cuenta los abusos de Moya y el encubrimiento de la Iglesia

En una carta enviada al arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari, el padre Luciano Martín Porri detalla los abusos psicológicos que sufrió por parte de Marcelino Ricardo Moya y describe al cura condenado a 17 años de prisión por promoción de la corrupción de menores agravada y abuso sexual simple agravado en concurso real entre sí: “Es la persona más soberbia y sádica que he conocido en mi vida. Disfrutaba del dolor ajeno y de hacer sentir que nuestras vidas dependían de él”.
Marcelino Ricardo Moya

El padre Luciano Martín Porri es rosarino, pero hace 18 años se “exilió” en Roma para evadir los abusos y maltratos del cura Marcelino Moya, en tiempos en que fue rector del obispado militar argentino. Tras enterarse que la condena a 17 años de prisión que recibió Moya por romoción de la corrupción de menores agravada y abuso sexual simple agravado en concurso real entre sí aún no está firme y que además goza de prisión domiciliaria y continúa siendo sacerdote, Porri envió -días pasados- una carta al arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari, en la que pregunta por qué no ha sido reducido del estado clerical.

En la misiva, efectúa un crudo relato de sus padecimientos siendo seminarista, bajo el acoso permanente de Moya. “Lamentablemente tenía una debilidad por los rubios y de ojos claros, y a los que teníamos esta característica nos esperaba o el paraíso o el infierno”, señala Porri.

Con gran cantidad de detalles, el relato confirma lo denunciando en junio de 2015 por la Revista ANÁLISIS, tres años después del escándalo mundial que significó la denuncia periodística contra los abusos del cura Justo José Ilarraz. Ambas investigaciones dieron inicio a las causas judiciales que terminaron condenando a ambos sacerdotes.   

En la misiva enviada a Puiggari, el cura Porri sostiene que al negarse a ser secretario de Moya “empezó una vida de calvario e infierno” y revela: “En marzo de 1999, se inauguró el nuevo seminario militar en las instalaciones de Campo de Mayo. Para esa fecha Marcelino hizo echar del obispado a dos seminaristas (Luis María Berthoud y Marcelo Ingrisani) porque no eran de su agrado. El resto de los seminaristas (Pablo Guzmán, Osmar Rossi, Cesar Tauro, Marcelo Tahuil y yo) empezamos a convivir con Moya. Son innumerables los episodios de humillación, desprecio, maledicencia y abuso de autoridad vividos. Es la persona más soberbia y sádica que he conocido en mi vida. Disfrutaba del dolor ajeno y de hacer sentir que nuestras vidas dependían de él”.

“Su rabia se desencadenaba si veía que no tenía posibilidad de tener una relación sexual; a partir de ese momento empezaba una persecución psicológica y todo tipo de humillaciones”, cuenta Porri, quien además asegura que Moya “tenía delirios de grandeza”. En su descripción, agrega que “maltrataba las mujeres y las despreciaba” y que “tenía relación con algunos cadetes del colegio para suboficiales, en su mayoría chicos de bajos recursos y del norte del país, que tenían necesidades de todo tipo y él se aprovechaba de esta situación”.

El destierro

Debido a las calamidades sufridas, el entonces seminarista Porri dejó el seminario castrense y tras de él se fueron todos los seminaristas. Cuando pidió ayuda en la Nunciatura Apostólica sólo un sacerdote le tendió una mano para que consiguiera una beca en Roma y así fue que, junto Marcelo Ingrisani y a Marcelo Tahuil fueron “desterrados” a fines de 1999. “Todos los obispos de ese momento sabían y miraron para otro lado”, lamenta hoy Porri.

“Las consecuencias del accionar de Moya y de la complicidad de los obispos involucrados, que sabiendo lo que pasaba no solo no hicieron nada sino que defendieron a Moya, nos obligó al “destierro” para poder ser sacerdotes”, asegura Porri que en su carta menciona al ex obispo de Paraná, monseñor Estanislao Esteban Karlic, y al ex obispo castrense Norberto Martina.

“Detrás de toda esta triste historia hay tanto dolor, tantas heridas, soledad, rabia, impotencia. Hemos tenido que abandonar nuestra patria, nuestra cultura, adaptarnos a todo, aprender otras lenguas. No hemos podido estar en el momento de la muerte de nuestros abuelos, en el caso de Ingrisani en la enfermedad y muerte de su padre, tampoco ver crecer nuestros sobrinos, no hubieron nunca más navidades en familia, ni cumpleaños, ni amigos de infancia. Así mismo me considero afortunado, porque todo esto es nada en comparación a los niños (hoy adultos) que fueron abusados sexualmente”, cuenta Porri.

En otro párrafo, asegura que “en 2001, estando de maniobras (Moya era también jefe del servicio militar de los capellanes de Campo de Mayo) en Mendoza” encontraron a Moya “teniendo sexo con un cadete” tras lo cual “el Ejército prohibió la entrada de Moya en todas las instalaciones militares y fue así como Monseñor Martina reenvió a Moya a Paraná”. 

Reclamo

Tras enterarse de la condena a Moya, Porri se interiorizó de la batalla judicial que llevó adelante Pablo Huck junto a otras víctimas del cura Moya para lograr sentarlo en el banquillo de los acusados y que sea condenado.

“Si bien, confieso, cuando me enteré de la condena llamé a Marcelo Ingrisani y sentí que se había hecho justicia, esa justicia que nuestra Iglesia predica y que tantas veces la negamos; después sentí tristeza, porque si hay condena por estos hechos terribles, no hay victoria porque “justicia en retraso, justicia negada”, porque a estos niños nadie puede devolverle la inocencia, la pureza, ni la fe. Porque a nosotros nadie nos podrá devolver los años de destierro. Todo esto que dura mucho más de 17 años y que aún no sabemos si y cuándo terminará”, plantea Porri. Y afirma que “leer las declaraciones de las víctimas, era como leer un poco mi historia (repito que de mí no pudo abusar, era mayor de edad y con un carácter fuerte), pero sí los abusos psíquicos, la manipulación de esta persona y el abuso de poder” y recordó “una palabra que utilizaba para llamarnos y denigrarnos: “caracha” equivalente a “porquería”.

Ante todo esto, y teniendo en cuenta que “aún no hay condena firme y por tal motivo Moya está en su casa de María Grande”, el cura compara que “en Suiza, en el 2013 fue denunciado un sacerdote, a fines de ese año fue condenado a seis años y ese mismo día llevado a la cárcel, y luego de un mes no era más sacerdote”. Por eso, hace un llamado a Puiggari considerándolo “un apóstol que debe velar por la Iglesia” y le pregunta si Moya “aún no ha sido reducido del estado clerical” y si “aún no ha sido presentado a la Congregación para la Doctrina de la Fe el pedido de reducción”. Y se ofrece, junto al padre Marcelo Ingrisani a escribir a la Congregación para la Doctrina de la Fe contándole su experiencia con Moya. “Si bien creo en una Iglesia que perdona, también en una Iglesia que no confunde perdón con impunidad”, finaliza Porri su misiva. (Por Ayelen Waigandt. ANALISIS)


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