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3 de Agosto de 2020 - Nota vista 1781 veces

El artilugio que nació en los barracones de un campo de concentración

La CURTA fue una ingeniosa máquina calculadora que revolucionó el trabajo de ingenieros y científicos de todo el mundo.

Durante siglos pilas de folios con centenares de números garabateados, complejas ecuaciones y tediosos cálculos matemáticos acampaban a sus anchas en los destartalados despachos de las mentes más extraordinarias de la ciencia.

Isaac Newton, Lord Kelvin o Johannes Kepler lamentaron en más de una ocasión el tiempo que malgastaban en soporíferas operaciones aritméticas. Lo que habrían dado por haber tenido a su alcance el invento de Curt Herzstark.

De máquinas de escribir a calculadoras

A finales del siglo diecinueve el patriarca de la familia Herzstark –de nombre Samuel- viajó hasta Estados Unidos, en donde trabajó en la compañía Remington, la popular fabricante de máquinas de escribir. Allí desempeñó las labores más diversas, desde mecánico hasta comercial, ocupación en la cual demostró tener una especial habilidad.

Por este motivo, se le encomendó la tarea de regresar a su país y comercializar en el Viejo Continente las máquinas de escribir. Fue en esta nueva etapa laboral cuando descubrió una adormecida faceta empresarial, se despidió de la Remington y creó su propia empresa de máquinas de calcular.

Hasta ese momento este tipo de artilugios eran la evolución miniaturizada de las que habían aparecido centurias atrás, modelos mecánicos repletos de dispositivos y complejos engranajes.

Fue hacia 1910 cuando Samuel, al frente de un equipo multidisciplinar, comercializó calculadoras electromecánicas, una verdadera innovación, ya que con ellas no era preciso tirar de palancas para ejecutar los cálculos, sino que simplemente era necesario introducir valores numéricos en un cómodo teclado.

Los siguientes años fueron de enorme prosperidad para la familia y antes de la Gran Guerra ya habían desarrollado una treintena de patentes. Desgraciadamente, la Primera Guerra Mundial estranguló la libertad creativa, las calculadoras dejaron de venderse y los artesanos electromecánicos pasaron a trabajar para el ejército en la producción de artilugios de precisión.

Curt toma el relevo empresarial

En el periodo de entreguerras Curt, el hijo de Samuel, afrontó el negocio familiar. En un primer lugar se dedicó a arreglar y mejorar las viejas máquinas y luego a innovar, soñaba con crear una calculadora de bolsillo que arrinconara a las pesadas y voluminosas calculadoras existentes en aquellos momentos.

La Segunda Guerra Mundial dejó nuevamente a Europa sin luz en el horizonte. Tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, se obligó a las empresas a colaborar en el esfuerzo bélico alemán. En 1943 la Gestapo detuvo a dos empleados de Curt por colaborar con los aliados y el patrono, con la acusación de llevar sangre judía, fue enviado al campo de concentración de Buchenwald.

Allí un oficial de las SS, conocedor de su habilidad mecánica, permitió a Curt salir a trabajar por el día a una factoría próxima en la que se fabricaba componentes de las bombas volantes V1 y V2. Además, encomendó a Curt la fabricación de una calculadora de bolsillo para el Führer, un modelo que nunca llegó a diseñar.

La calculadora CURTA

Las noches de insomnio en los abarrotados barracones de Buchenwald avivaron las brasas de su creatividad y en 1946, cuando todo había terminado, Curt patentó una revolucionaria calculadora a la que bautizó con el nombre de CURTA.

Sin embargo, su negocio se había arruinado, no podía fabricar nuevas calculadoras y encontrar inversores austriacos era una tarea que se antojaba como imposible. Sin embargo, todo cambió cuando unos comisionados de un minúsculo país de paisajes alpinos y paraísos fiscales llamó a su puerta.

El príncipe de Liechtenstein estaba buscando ingenieros, científicos y técnicos para crear una base de economía industrial en su país. Era una oportunidad que Curt no podía rechazar.

Durante más de dos décadas la CURTA reinó en el mundo de la ingeniería, la ciencia y la técnica, una pequeña máquina compuesta por un sencillo cilindro negro cuidadosamente ensamblado y dotado de diales deslizantes. La primera versión podía representar hasta once dígitos y la segunda llegó hasta los quince.

Con la CURTA se realizaron las complejas operaciones matemáticas que se necesitaban para construir autopistas, líneas eléctricas, satélites e, incluso, naves espaciales.

Pero todo tiene un fin, su reinado se esfumó en la década de los setenta con la llegada de las calculadoras electrónicas. Pero, como diría Kipling, eso ya es otra historia.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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