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por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 31 de Julio de 2020 - Nota vista 783 veces

LORD BERNARDINO RIVADAVIA

Esta figura de nuestra historia, a mi juicio, ocupa dos lugares a la vez. Uno encomiástico y laudatorio en Buenos Aires y otro muy distinto y bastante desfavorable en las provincias. Fue durante muchos años el prócer máximo de los porteños, incluso más venerado que el General San Martín). Como confirmación de lo dicho, se le edificó ese inmenso mausoleo en la Plaza Miserere. Precisamente en ese sitio cuyo antiguo nombre (Plaza Once y que también da nombre al barrio, y es el símbolo del unitarismo)

Es esta además la tumba del insólito prócer Bernardino Rivadavia. Su cuerpo está allí.

Antes de hacer ninguna aseveración sobre su conducta como gobernante en su “presidencia” de un país inconstituido, optaré por dar a conocer lo dicho por un contemporáneo, el inglés J.A.B. Beaumont quien había conocido a Rivadavia en Londres, y ahora era recibido en Buenos Aires por el discutido estadista. El inglés lo describe así a su recibimiento: “El tintineo argentino de una campanilla en la sala contigua despertó mi atención, cuando, he aquí que se abrió la puerta con solemne lentitud y vi al Presidente de la República, avanzando gravemente en actitud tan majestuosa, que era casi sobrecogedora. El estudiante en “El diablo cojuelo” no habrá sentido a la apertura de la redoma, la sorpresa que yo sentí al ver al señor Rivadavia. El más mínimo pormenor relativo a un grande hombre, resulta generalmente interesante para el público, por lo que no considero fuera de lugar una corta descripción de la figura y del continente de Su Excelencia. Don Bernardino Rivadavia parece hallarse entre los cuarenta y cincuenta años de edad, tiene unos cinco pies de alto y casi la misma medida de circunferencia; el rostro es oscuro, aunque no desagradable, y revela inteligencia; por las facciones parece pertenecer a la antigua raza que en otros tiempos tuvo su morada en Jerusalem. Vestía una casaca verde, abotonada a lo Napoleón; sus calzones cortos, si pueden llamársele así, estaban ajustados a las rodillas con hebillas de plata; y el resto escaso de su persona, cubierto con medias de seda y zapatos de etiqueta con hebillas de plata; el conjunto de su persona no deja de parecerse a los retratos caricaturescos de Napoleón; y en verdad según se dice, gusta mucho de imitar a ese célebre personaje en aquellas cosas que pueden estar a su alcance, como el corte y color de su levita o lo hinchado de sus maneras. Pero Su Excelencia avanzó lentamente hacia mí con sus manos unidas atrás, a la espalda; si esto último lo hacía también por imitar al gran hombre o para contrabalancear, en parte, el peso de su barriga, o para resguardar su mano del tacto impío de la familiaridad; cosas son igualmente difíciles de determinar y de escasa importancia. Pero Su Excelencia avanzó con lentitud, y con un decidido aire protector me dio a entender enseguida que el Señor Rivadavia de Londres y don Bernardino Rivadavia, Presidente de la República Argentina, no debían ser considerados como una sola e idéntica persona”.

Rivadavia: vejez y decadencia

Esta poco favorable descripción pertenece al General Tomás de Iriarte. Memorias del General Tomás de Iriarte. Textos Fundamentales Compañía General Fabril Editora 1962 Tomo II.

“El señor Rivadavia está sumamente quebrantado después de un ataque apoplético que sufrió hace cuatro meses (1841). Delgado, sin barriga, enteramente calvo y con voz balbuciente. Su presencia me causó gran sorpresa. Es otro hombre y hasta su cabeza se conoce que á sufrido algún tanto. Nos dimos un abrazo afectuoso. Su esposa lo acompañaba y su hijo Martín, de diecinueve años. Me mostró dos piezas bien curiosas: el retrato de Francisco Pizarro y una campanilla de plata de la Inquisición de Lima, cuyo sonido es verdaderamente lúgubre y sin duda calculado para inspirar horror a las desgraciadas víctimas de aquel tribunal opresor y sangriento… El general San Martín hizo estos presentes a Rivadavia el año veintitrés a su regreso de Lima…

Al separarme del señor Rivadavia nos volvimos a abrazar, y en ese momento le dije: ‘‘¡Que este abrazo se repita pronto en Buenos Aires”. Me contestó con un tono de solemnidad “¡A Buenos Aires, ni mis cenizas volverán!”

Al despedirse de Río de Janeiro, don Bernardino Rivadavia, que ahora está establecido en Madrid, ha prevaricado de sus principios y abjura de su fe política como americano y colaborador de la independencia de su patria. Blasfemaba en público de su país y de los hombres de todos los partidos, quemó preciosos manuscritos que había sustraído de los Archivos Públicos de Buenos Aires durante el período de sus dos administraciones, vendió a vil precio el retrato de su amigo el general Belgrano, héroe de la Independencia, a quien Rivadavia siempre había encomiado, citándolo como modelo de patriotismo y virtudes republicanas. En fin: nada ha llevado de América sino el retrato de Pizarro conquistador del Perú, y la campanilla de plata de la inquisición de Lima que le regaló San Martín y que Rivadavia ha destinado para hacer un presente al Museo de Madrid. Esta apostasía política ha echado un negro borrón sobre la reputación del señor Rivadavia. Era un hombre respetable por sus antecedentes, venerado por los buenos argentinos como fundador del sistema representativo y de instituciones liberales en esta parte de América del Sur. Sus desgracias excitaban el más profundo interés. Si hubiera regresado a Buenos Aires después de la caída de Rosas, no necesitaba ocupar la silla del poder para ejercer las más sublimes funciones, la de un patriarcado político. Pero ha cerrado su larga carrera de un modo tan indigno, tan inconsecuente con su anterior conducta, que todo lo ha perdido en un día de extravío y de irritación. Su historia quedará marcada de un lunar indeleble.

No es pues el hombre que se creía. Su civismo y sus tareas como hombre de estado eran virtudes fingidas para satisfacer otro estímulo más dominante -el de una exagerada ambición y un amor propio desmesurado, un orgullo sin límites-. Es verdad que él siempre tendrá motivos para quejarse de la ingratitud con que han correspondido sus eminentes servicios, pero ni motivo al parecer tan fundado podría justificar su deshonrosa defección; porque ha debido, con un espíritu filosófico, hacerse superior a su propia desgracia, cuya causa no ha sido otra que un espíritu elevado, haberse resignado como lo han hecho muchos de sus compatriotas más desdichados que él todavía porque se ven reducidos a mendigar el sustento diario, situación espantosa y desesperante que el señor Rivadavia no ha conocido”.

1- El hijo de Bernardino Rivadavia fue el padre del Comodoro Martín Rivadavia quien prestó grandes servicios a la Patria. Fue nombrado Ministro de Marina por el General Roca y fue autor de la Ley Rivadavia del Servicio Militar Obligatorio en la Marina de Guerra.


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