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Lic. Silvana Etchepare - 25 de Julio de 2020 - Nota vista 2340 veces

“Si duele, no es amor”

En 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, que en su artículo 1, define la violencia contra las mujeres como “todo acto de violencia basada en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la privada”.

Ley Nacional 26485 (2009), clasifica las distintas modalidades en la que se materializa la violencia contra la mujer, y llama “violencia doméstica” aquella ejercida por un integrante del grupo familiar y que dañe la dignidad, el bienestar, la integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial.

En la misma ley, en su artículo Nº 5 especifica los distintos tipos de violencia tales como:

Agresiones físicas: golpes, empujones, patadas, quebraduras.

Violencia psicológica: que hiere la dignidad y provoca desvalorización, humillación, y angustia (intimidación, menosprecio, amenazas, insultos, conductas de control, manipulación, aislamiento),

Violencia sexual: obligar a la pareja, por medio de un acto forzoso a tener relaciones sexuales.

Violencia económica: que tiende a producir un menoscabo en los recursos económicos (control, limitaciones de los ingresos/salarios, sustracción de bienes y derechos patrimoniales.

En una relación amorosa, los abusos se promueven desde el comienzo de la relación, pero los mismos son realizados por medio de un sistema de manipulación, en donde el agresor va convenciendo a la víctima de su culpabilidad y del amor incondicional que él tiene hacia ella, a pesar de “sus errores y sus debilidades”. La frecuencia de las agresiones y su intensidad aumentan a medida que la víctima, comienza a perdonar y culpabilizarse de las mismas. De esta manera se va produciendo una “escalada de agresiones”. Es decir, en la mayoría de los casos comienzan con la agresión verbal y psicológica, con algunos episodios aislados, luego surge la agresión física y económica, y posteriormente, la agresión sexual, siendo los episodios más frecuentes.

Se denomina “proceso ciclotímico” al desarrollo y progreso de una relación basada en la violencia de género, que consta de tres etapas, que a mayor cronicidad del vínculo patológico, existe menos posibilidad de disolver la pareja. Cuantas más veces la víctima perdone a su agresor, con más impunidad él, se moverá en la relación.

Existe una “etapa inicial”, donde se va acumulando la tensión: es un periodo que suele ser largo, en donde el agresor, buscará sutilmente manipular a la mujer, desestabilizarla de sus creencias sobre sí misma y de cómo debe ser una relación de pareja “estable y normal”. Le irá mostrando que es él, quien tiene el rol de poder y de superioridad en la relación, y ella, será quien deberá obedecer. Para tal fin, usará el menosprecio, el sarcasmo, las agresiones verbales, buscará humillarla para derrumbar su autoestima y la seguridad en sí misma. Como principal estrategia, intentará alejarla de su contexto social, familiar y laboral con el objetivo de que su víctima, logre desarrollar la dependencia absoluta (económica, funcional, sentimental) con respecto a él. Logrando esto, él podrá vigilar toda su vida a través del control y de las amenazas. Ella, confundida por la ambivalencia (cariño y menosprecio/amenazas; dependencia absoluta y control extremo) tendrá una representación idealizada de su pareja, por lo que buscará complacerlo evitando todo conflicto. De esta manera, quedará bajo el dominio absoluto de la persona a quien ama y a quien obedece.

El segundo período, comienza con el “estallido de la violencia física” (episodio agudo). Es un periodo más corto que el anterior. La mujer, confundida pide ayuda, consejos, y a veces, logra denunciar la agresión. Desarrolla una toma de conciencia parcial de la problemática, que pone en duda su felicidad dentro de la pareja, ya que la persona a quien ella le atribuye cualidades importantes de superioridad, vulneró sus derechos y la lastimó.

Posteriormente, llega la “etapa de luna de miel”: El agresor toma conciencia de lo que ha hecho y se esfuerza por mantener a su pareja a su lado, muestra arrepentimiento, pide perdón, llora y promete que no lo volverá a hacer. Se incrementa la “manipulación afectiva” (el agresor hace regalos, pide disculpa, hace caricias, tiene gestos que la mujer le pedía tiempos atrás). Esto hace que la mujer, a pesar de todo, renueve sus esperanzas en que su pareja cambie, y justifica la agresión atribuyéndose la culpa y la responsabilidad de la misma, mostrándose arrepentida.

Cuando el vínculo de pareja es crónico (es decir, una relación de varios años), es probable, que la etapa de la luna de miel ya no exista, y las dos primeras etapas se hallan unificadas (agresión psicológica, verbal, física y sexual, sin muestra de arrepentimiento, ni cambio de actitud, al menos temporalmente por parte del agresor).

Ser víctima de una relación violenta, deja muy vulnerable a la mujer. Una persona que viva con alguien que abusa de ella física o emocionalmente suele desarrollar una respuesta al estrés cuando es atacada. Si se repiten los ataques o amenazas, desarrolla una serie de síntomas crónicos, siendo los más prevalentes el trastorno de estrés postraumático, la depresión, trastornos de ansiedad y problemas de abuso de sustancias.

Además cuando la mujer es degradada y ridiculizada por su pareja de forma repetida, influye de manera negativa en su autoestima y en el sentimiento de autoeficacia. Ella puede sentir que merece ser castigada y que es incapaz de cuidar de ella y de sus hijos, desarrollándose así una gran inseguridad en sí misma. Desarrolla el sentimiento de culpa y un incremento progresivo de la tolerancia hacia la violencia. Esto va generando un aislamiento social y una dependencia emocional, funcional y económica con el agresor, siendo él, su único referente. De manera paralela, el agresor irá marcando y potenciando su poder sobre ella, a través de la manipulación, el hostigamiento y las amenazas.

De esta manera, la mujer maltratada desarrolla lo que Seligman denominó “Indefensión aprendida” que consiste en que la persona que está siendo víctima de maltrato “aprende” que no puede defenderse, que carece de competencias y cualidades de fortaleza y coraje para lograrlo. Esto sucede porque siente que no controla la situación y está a merced del agresor. Estos sentimientos impiden creer que las cosas pueden cambiar y dificultan que la mujer se enfrente a sus creencias, sus sentimientos y también sus temores.

El maltrato da lugar a lo que se denomina “sesgos cognitivos”, en donde la víctima, con ciertas creencias buscará justificar las conductas del agresor con el objetivo de minimizar la gravedad de la misma. Irá interpretando cada hecho de manera aislada, y esta subjetividad le impide interpretar la relación y sus características como disfuncional para su integridad, motivo por el cual, no buscará ayuda. Y si lo hace, pueden arrepentirse, al observar cierto cambio de actitud del agresor (etapa de luna de miel). Esto se debe a su alto nivel de desvalorización personal, por lo que se siente incapaz de tomar decisiones y de realizar cambios de forma autónoma e independiente.

Generalmente experimenta sentimientos ambivalentes hacia su pareja, quién se muestra agresivo y amable, tranquilo e irritable, por lo que ella dice quererlo y odiarlo.

Como se culpabiliza por esta ambivalencia, no puede analizar y asociar la relación de su malestar emocional con la situación concreta que la activó: “la conducta agresiva seguida de la demostración de arrepentimiento con amor intenso”.

Al existir una tendencia al sesgo atencional, se queda fijada en la imagen fantaseada de su pareja, de una representación de superioridad, que hace que ella solo pueda observar las características de personalidad buena del agresor, aferrándose a los buenos momentos y recuerdos.

Dadas las características de la relación, tiende a mostrarse atenta y pendiente de todas las necesidades de su pareja, rechazando y olvidando las suyas. Tiene muy interiorizada la idea de “vivir para los otros”, un mensaje que limita el tiempo y la energía dedicada a sí misma, y refuerza dar más importancia al bienestar de los demás que al propio. Su vida y sus expectativas la fue proyectando en manos de otros, por lo que es difícil que logre cubrirlas. Por este motivo, surge la esperanza de que exista, en algún momento, el reconocimiento de su pareja, que al no recibirlo, incrementa sus exigencias con tal de complacerlo.

Como mecanismo de afrontamiento, la mujer, intenta negar el maltrato, o minimiza el riesgo, vive con una idea fantaseada de cómo le gustaría que fuese la relación, junto a la promesa del “cambio” dada por el agresor. Además tiende a justificar aspectos de la personalidad de su pareja, minimizando su responsabilidad en el conflicto. Racionaliza las distintas situaciones (“no ha sido nada”, “es que tiene problemas en el trabajo”, “solo tiene mal carácter”, “se enojó porque está cansado”, “se fastidió porque no hice bien la cena”). Cuando busca las causas de la agresión siempre considera que es por motivos externos a la pareja o que es su responsabilidad, sin ser consciente de su papel en el mantenimiento de los malos tratos, y por tanto, le cuesta ver como la ruptura de la relación podría ayudarla a cambiar su estilo de vida, y mejorar su salud psíquica y física.

Reflexión

Es importante que si al leer este artículo, te sientes identificada con lo descripto, que comiences a realizar pequeñas acciones que puedan hacer que cortes con el proceso ciclotímico de la violencia. Es necesario que tomes conciencia que el amor, no lastima, sino que promueve sentimientos de alegría, contención afectiva, respeto, amabilidad, intimidad, confianza, compromiso, entre otras cualidades.

Tanto a nivel nacional como provincial existen leyes que te brindarán contención y resguardo. En la provincia de Entre Ríos existe la Ley N° 9198 de Prevención de la Violencia Familiar, que establece el marco preventivo-asistencial y el procedimiento judicial a seguir para la atención de situaciones de violencia familiar que se produzcan. Además, existe un protocolo de intervención que se activa con la denuncia tanto en la comisaría como en Fiscalía, y de manera inmediata, se activarán medidas de protección para conservar tu integridad psicofísica.

Confía en tus habilidades, en tus fortalezas y en las personas que incondicionalmente estuvieron con vos. Habla con confianza de tu situación y pedí ayuda. Pero sobre todo anímate a realizar la denuncia, para que de esa manera, se active el sistema legal que podrá alejarte de quien te ha lastimado y te ha vulnerado por mucho tiempo.

Psicóloga

M.P.:1707

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