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por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 18 de Julio de 2020 - Nota vista 1429 veces

Viajes por Entre Ríos en 1780

En 1780, España logró reunir una comisión demarcadora para actuar como contrapartida de una portuguesa, para establecer los límites en Sudamérica entre ambos reinos, de acuerdo al Tratado de San Ildefonso de 1777.

Carlos IV de España designó a José Varela y Ulloa como Comisionado General de la demarcación. A él se agregaron Rosendo Rico Negrón, Francisco de Aguirre y Félix de Azara. Este último, capitán de fragata de la Real Armada, ingeniero militar, geógrafo y naturalista autodidacta estuvo a cargo de la partida que actuaría en la frontera noreste de Paraguay.

Buscando datos sobre el litigio y también sobre las dificultades de la demarcación, encontré un valioso relato de esa verdadera aventura que fue el viaje de don Félix de Azara por Entre Ríos y que por su interés, curiosidad y minuciosidad en el relato, consideré que vale la pena hacer conocer.

El 2 de enero de 1784 partió Azara de Buenos Aires con algunos pocos ayudantes y mulas de apoyo para el equipaje con los equipos de observación, además de las armas.

La travesía por la provincia de Buenos Aires no ofreció dificultades, por lo que ya el 8 de enero se encontraban en las cercanías de la ciudad de Santa Fe. Ese día se toparon con un caudaloso río Salado, al que atravesaron por el Paraje Santo Tomé. El 11 de enero arribaron a Santa Fe.

“Antes de acampar en cualquier sitio era necesario tomar precauciones contra las viboras, que son con frecuencia numerosas. Se hacía pasar todos los caballos en el espacio que se iba a acampar, a fin de aplastar a los reptiles o hacer salir a las que estuvieran ocultas en la hierba; algunas veces esta operación costaba la vida a mas de un caballo. Cuando se trataba de acostarse, cada individuo provisto de un trozo de piel de vaca, la extendía por tierra. Azara era el único que tenía una hamaca, que se suspendía de dos palos o de los árboles. Durante la noche cada uno conservaba su caballo al lado, a fin de poder huir de las fieras si era necesario. Su aproximación era siempre anunciada por los perros, que los sentían de muy lejos porque exhalaban un olor muy fuerte. Pero vamos al relato que hace el mismo Azara de su viaje:

“Despues de haber descansado de la fatiga, calor y mosquitos, nos embarcamos en un bote el día 12 cerca de la una de la madrugada y apenas habíamos navegado aguas arriba ¾ de legua cuando notamos que el bote estaba lleno de agua. Nos atracamos a tierra, descargamos, y solicitamos desde allí otro bote en el que nos embarcamos a las tres de la madrugada. Seguimos a remo sumamente molestados por los mosquitos. Da este brazo del Paraná muchas vueltas. Sus costas, según pude conocer, anegadizas pobladas de sauces, timbos, seibos y otros árboles muy espesos, por entre los cuales noté algunos brazos o ramas del mismo río que van hacia el Paraná grande y otros que venían al que navegábamos. Llegamos al gran Paraná a las 4 de la tarde, y enseguida lo atravesamos desembarcando a las 5 en lo que llaman La Bajada. Subimos a una estancia que hay sobre la misma barranca, que está poblada de árboles, aunque parece se descubren peñas en algunos parajes y no es muy alta. Desde allí avisamos al comandante de la Capilla de la Bajada para que nos enviasen caballos, y mientras tanto reconocíamos nuestros equipajes y papeles, todos mojados. Como esta navegación es regularmente de 8 a 10 horas en bote a remos, no habíamos hecho provisiones de comida, ni aún nos desayunamos hasta llegar a la dicha Capilla y haber cocido la cena, que eran ya las 10 de la noche. Esta cena y desayuno, se hizo en casa del comandante que nos vino a buscar a dicha estancia…dormimos como no habíamos pegado los ojos la noche antes. Esta llovió sin cesar, pero habiendo parado, salimos a las 7 de la mañana por entre un algarrobal claro y no muy alto que duró poco rato. El camino estaba muy pesado y los cargueros cayeron algunas veces. El terreno algo alomado y gredoso como los anteriores. A las 2 ½ leguas pasamos al arroyo Las Tunas.

…salimos al día 14 a las 6 de la mañana en los mismos caballos y habiendo caminado 6 leguas llegamos a la Posta del Arroyo Antonio Tomás. Cuando los de la Posta nos avistaron de lejos, cerraron sus puestos y huyeron al campo por no darnos caballos. Nos vimos obligados a volver atrás ¼ de legua a un rancho que al paso habíamos dejado. Aquí comimos y tomamos caballos hasta la Posta inmediata antes de llegar al arroyo Hernandarias que dista de donde salimos unas 6 leguas. Solo hallamos aquí un viejo y 2 caballos que lo eran mas, y nos fue preciso continuar en los mismos. Seguimos hasta la Posta del Arroyo Alcaraz, que es la estancia de Don Felix Troncoso; distante a 5 leguas y media. Aquí dormimos.

Es de destacar que gran parte de su viaje fue bajo un clima de constantes tormentas, lo que hacía peligroso vadear los arroyos por las crecientes de los cursos. Retornamos al relato:

“Todos estos terrenos abundan en osos hormigueros o Tamandúas, de leones y tigres, principalmente hacia los bosques de la costa del Paraná y los que pasamos esa tarde. En la casa en que sesteamos tenían colgados en las estacas del corral seis cabezas de tigre y tres de leones.

Cuatro de los caballos que montamos tenían heridas no cerradas del día antes por los tigres.

Me aseguraron estas gentes que los tigres huyen del hombre cuando no estan muy hambrientos o acostumbrados a comerlo…añaden que los tigres cebados prefieren la carne de los negros porque cuando tienen elección llevan un hombre negro entre muchos blancos. No fue posible dormir esa noche por la infinita multitud de mosquitos y pulgas. Siete veces mudé la cama de lugar sin adelantar cosa alguna. Llovió toda la noche y viendome tan acosado por los viles insectos me tendí dos veces en el campo sobre el agua, expuesto a las víboras y a toda la lluvia y ni aún esto me libertó de ellos. A mis compañeros sucedió casi lo mismo.

…“Volvió luego la lluvia: el rancho tan desacubierto que no fue posible acomodarnos más de dos en el; los demás se alojaron bajo una enramadita que cubrieron con dos cueros. El dueño del rancho, que era un porteño, el más desabrido del mundo, hasta el agua nos escaseó, y su casa era la peor de cuantos no quieren dar. Duró toda la noche el aguacero con viento furioso que se llevó muy distantes lo cueros de la enramada. Los truenos y relámpagos fueron tan continuos que en mas de tres horas de observación no había un solo momento sin que sonara el trueno y luciese el relámpago. Por todas partes se llovía y todo se nos mojaba. Las pulgas eran infinitas y los mosquitos sin número, la cama, el pellón mojado sobre el suelo. Con los truenos se juntaron los continuos llantos y gemidos de un niño de ocho meses, la gritería de todos buscando abrigo sin hallarlo en parte alguna. Las roncas y desapacibles voces de innumerables sapos y ranas y de gallinas arrojadas de sus dormitorios; los caballos que temerosos querían pisarnos, y muchos perros que sucios y mojados, con la cola entre las piernas, llenos de tristeza.

De nuevo en camino, al penetrar en un bosque de espinillos y algarrobos, la marcha se hizo penosa. Esas primeras sendas, trazadas en un principio solo por los cascos de los caballos o las ruedas de algún vehículo que se aventurase, no recibieron la acción del hombre que facilitara el desplazamiento. Apenas algún desmonte, pero no demasido eficaz, a juzgar por lo que sigue: “ibamos poco a poco siguiendo a tientas el dificultoso y poco trillado camino. Cuando paraba uno por precisión, o para componer las cargas, que tropezando contra los árboles, o por resbalar las cabalgaduras se caían a cada paso, todos esperábamos. El dirigir los caballos sueltos costaba bastante; no obstante todo el cuidado, faltó poco para que varias veces dejara yo los ojos colgados de las espinas. Saqué, no obstante, toda la cara y manos ensangrentadas y sucedió lo mismo a todos, poco menos”.

En el norte de Entre Ríos, en el Arroyo Hondo, Azara señaló haber notado que aquí ya se hablaba el guaraní.

El resto del relato ya no se desarrolla en Entre Ríos, luego que logran cruzar el Guayquiraró.

Los compañeros de aventura de Felix de Azara eran el teniente de navío Martín Boneo, ingeniero Pedro Cerviño, pilotín Ignacio Pazos, oficial de tropa Manuel de Rosas, capellán Miguel Antonio Arcos y Matos, proveedor Bernabé González Bueno, cirujano Vicente Berduc, sangrador Juan Manuel Fernández y carpintero Pedro Guillermo Rodriguez.


Ref. “Viajes inéditos de Felix de Azara- desde Santa Fe a Asunción”. D. Bartolomé Mitre y algunas notas por Juan María Gutierrez Buenos Aires- Imprenta del Estado 1909.

“La misión de Mitre en el Brasil”, Ramón Cárcano 1913, Biblioteca La Nación 

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