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Ser + Humanos - 9 de Mayo de 2020 - Nota vista 1005 veces

¿Cuánto vales...?

Un día, un joven visitó a un Maestro, porque se sentía inferior a los demás.

– Maestro… vengo porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no hago nada bien, que soy torpe, nadie me quiere. ¿Cómo puedo mejorar?, ¿qué puedo hacer para que me valoren más?

El Maestro le dijo: – Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después….

Y haciendo una pausa agregó:– Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y tal vez después pueda ayudar.

– E… encantado maestro – titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

– Bien – asintió el maestro.

Se quitó un anillo que llevaba puesto en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho, agregó: – Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo: una moneda de oro; entonces, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, hasta que un viejito se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

Después de ofrecer el anillo a todo el que se cruzaba en su camino, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Entró a la habitación, donde estaba el maestro, y le dijo: – Maestro, lo siento pero no es posible conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera cambiarlo por dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.

– Qué importante lo que dijiste, joven amigo –contestó sonriente el maestro – Debemos primero saber el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Ahora, ten en cuanta esto: no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

Llegó a la joyería, el joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó, y luego dijo: – Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

–¡¡¿58 monedas?!! – exclamó el joven.

– Sí – replicó el joyero – Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

– Siéntate – dijo el maestro después de escucharlo – Verás, Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. Entonces, te pregunto: ¿Qué haces por la vida, pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

¿CÓMO SABER CUÁNTO VALEMOS?

¿Qué define la valía de una persona? ¿Dónde se mira eso? ¿Quién lo dice?

Generalmente aprendemos a relacionar lo que vale una persona por aquello que “tiene”, desde el dinero, su casa, trabajo, pareja, su fama, formación académica, status, su cultura…; y así, bajo esta forma de pensar, terminamos definiendo nuestra identidad, nuestro éxito en base a factores externos y al “tener”; y por eso, vivimos con “miedo a perder”, dado que, si, por algún motivo, nos encontramos sin dinero, sin la casa, el trabajo, la pareja, la fama… sentimos que no existimos, que no valemos nada.

En cambio, si fundamos nuestra identidad, nuestra valía personal, nuestro éxito en el “ser”, en nuestra fortaleza interior, en nuestros valores, talentos y poder personal, ya no dependemos de las circunstancias externas; y pase lo que pase afuera, más allá de que nos puede doler o incomodar, nos sentiremos “capaces” de superar desafíos, de reinventarnos y seguir adelante; De esta forma no “condicionamos” nuestra autoestima o valía en factores externos, sino en nuestra esencia; y eso es respetarnos, es confiar en nosotros mismos, es “amor”.

Asimismo, las personas que dependen de la aprobación externa, que necesitan confirmar todo con la opinión del afuera, llevarán una vida dependiente y vacía, y sobretodo carente de autoestima y autoconfianza. Recordemos: nadie del afuera nos puede decir cuánto valemos; porque por el solo hecho de ser humanos tenemos un valor innato, y durante el transcurso de la vida necesitamos ir creciendo, fortaleciendo nuestros valores y talentos para alcanzar nuestra mejor versión.

AUTO-ACEPTACIÓN

La persona que se desprecia a sí misma, se critica, denigra o tiene una autoimagen negativa, perjudica su propia salud, su vida emocional, relacional y bloquea su éxito. Por eso, necesitamos aceptarnos “incondicionalmente” tal cual somos, con nuestras luces y sombras; con las luces para expandirlas, con las sombras para transformarlas.

Aceptarnos por el simple hecho de ser humanos, de existir, de estar vivos; eso es dignidad, sin etiquetas, sin juicios de valor, ni comparaciones con los demás (buenos o malos, superiores o inferiores); somos seres únicos e irrepetibles. Aceptarnos no es resignarse. En la resignación hay descontento, enojo, rechazo... una sensación de “y no hay otra”; en cambio, en la aceptación hay amor.

El desafío es aceptarnos y amarnos como somos, con lo que nos gusta más y con lo que nos gusta menos, con nuestros valores, talentos y logros alcanzados… siempre y en forma incondicional. Y comprometernos a actuar desde nuestra esencia y que al afuera no nos condicione.


COACH MARIA INES FRANCISCONI

LIDERAZGO Y VIDA CONSCIENTE

Facebook / Instagram: Ine Francisconi

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