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23 de Abril de 2020 - Nota vista 1206 veces

La pandemia dejó a la intemperie las asimetrías del sistema educativo

Así como las situaciones límites que hemos empezado a vivir con el coronavirus han hecho aflorar lo mejor y lo peor de las personas, también han dejado a la intemperie al Estado.

Esta pandemia que nos acecha ha logrado que visualicemos a contraluz las cada vez más profundas asimetrías que presenta, por ejemplo, el sistema educativo entrerriano.

Ernesto juega con sus perros, les da de comer a las gallinas, monta a caballo para ayudar a su padre a la hora de apartar las vacas y arma sistemas caseros -muy falibles- para espantar los pájaros de la huerta familiar.

Le gustan los animales y sueña con ser “veterinario, para curarlos cuando estén enfermos”, según el mismo explica.

Es alumno de una escuela primaria rural de un departamento del centro de la provincia. Allí concurría hasta hacía un mes aproximadamente, todos los días desde el establecimiento rural donde vive.

El coronavirus hizo barajar y dar de nuevo y los contenidos escolares cambiaron de formato.

El aula se trasladó a soportes tecnológicos, pero no para todos. La mutación pedagógica está pensada desde el ombliguismo de las ciudades y una vez más, deja al costado a muchos.

Estos días hemos visto notas de color que cuentan de maestras que dejan la tarea en las tranqueras, otras que hacen esfuerzos increíbles para llegar a las casas de tierra adentro.

 Pero son quijotadas que no tienen que ver con una mirada abarcativa del sistema educativo.

También es cierto que en la medida que pueden, muchos docentes intentan llegar con las clases virtuales usando soportes que necesitan internet o al menos WhatsApp.

Pero sabemos de las limitaciones de conectividad en las zonas rurales que muchas veces condenan al fracaso dichas metodologías.

En tiempos normales, los caminos destruidos impiden el normal desenvolvimiento de clases por las dificultades de docentes y alumnos para acudir.

En época de pandemia, el Estado provincial -a veces con el silencio cómplice de los gremios- también los discrimina.

La brecha educativa cada vez es más grande y no sólo involucra a alumnos de establecimientos de gestión privada y su diferencia con los estatales. Hay un escalón más precario aún, el de las escuelas rurales y de las islas del delta entrerriano.

Josefina no llega a la docena de años, es hija de un pequeño productor pecuario y es alumna de una pintoresca escuela metida en el corazón del delta del sur provincial.

Divertida y locuaz, imagina su futuro ligado al arte: “voy a ser actriz, cantante o pintora”, elucubra. Entre sauces y camalotes viajaba a menudo en la lancha que la llevaba junto a una docena de compañeros.

Las crecidas, los atrasos en los pagos a los lancheros y los paros, son sus enemigos todos los años para un calendario escolar completo.

Pero desde marzo, más allá de esfuerzos particulares, está ajena al desarrollo de los contenidos otrora áulicos. El acceso a la tecnología en el laberíntico paisaje del delta es casi una utopía.

Ernesto y Josefina son chicos como cualquier otro. Juegan, sueñan y buscan a través del estudio una vida que al menos tenga otras opciones que no sean sólo el campo y la isla. Si bien aman esos terruños, intentan estar preparados para el futuro.

Lamentablemente, vienen corriendo desde atrás a los alumnos ciudadanos y ni que hablar con los que tienen la chance de poder abonar una cuota mensual.

Se habla mucho desde un relato tergiversante que los nuevos sistemas de producción expulsan a los pobladores rurales. Lo que expulsa a los habitantes del campo y la isla son la falta de oportunidades, que no haya educación ni salud, ni caminos, ni infraestructura, ni proyectos estatales que los integren como ciudadanos de primera.

En definitiva, cientos y cientos de Ernestos y Josefinas siguen esperando que, aunque los grandes conflictos políticos o mediáticos no lleguen a las entrañas de la provincia, el gobierno entrerriano no los siga postergando.

Desde hace mucho tiempo no están en igualdad. En la era del conocimiento, los chicos de nuestros campos y nuestras islas merecen al menos una oportunidad. Ni siquiera piden privilegios, les alcanza con que alguna vez los visibilicen como al resto de sus pares.


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