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por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 4 de Abril de 2020 - Nota vista 3317 veces

Cosas increíbles, pero que sin embargo suceden

En el río Uruguay cerca de Nueva Escocia río abajo, desemboca el Arroyo Grande, que nace a unos 60 kilómetros de allí, cerca de San Salvador, en los faldeos de la Cuchilla Grande que es la que le da el cauce en su recorrido. Este arroyo tiene un brazo más chico cuya desembocadura era muy abundante en pesca por la playada que se forma al unirse con el río Uruguay, pero también abundan las rayas.

Teníamos el asesoramiento del Guadalupe, un muchacho como de 15 años muy conocedor de todo ese paraje y nos mostró la manera de cazarlas con una chuza o fija que llevaba siempre con él y decía que se pueden sacar cuantas uno quiera. Las hay overas, bayas, chicas o grandes. Es fácil cazarlas con esa chuza. Cerca del mediodía, cuando el sol cae a pleno, hay que ir en la punta de la canoa y otro que reme despacio con pala o con botador en lo playito, pero procurando que el sol no proyecte la sombra de uno hacia adelante, porque la raya ve venir la sombra y empieza a ondular, levanta barro y se escapa. Yo nunca comí porque no me gusta el aspecto, pero el chico las comía fritas o marinadas y le gustaban muchísimo. Cuando se la clava y se la alza a la canoa hay que tener cuidado con la cola que es donde tiene una púa que es como un serrucho y su pinchazo es ponzoñoso y terriblemente doloroso.

Una mañana estábamos revisando un espinel que habíamos colocado en la boca del arroyo, con mi amigo Pedro Jaime Dubra. Yo me había quedado en la costa haciendo fuego para tomar unos mates y Pedrito lo revisaba. Había llegado más o menos a la mitad y había ya sacado unos lindos bagres, y como allí es más hondo, venía revisando la línea hacia la costa donde yo estaba. En una de esas veo una cola y aleta grandes y Pedrito me dice “¡Mirá, se prendió algo grande”! y empieza a acortar distancia despacio para no alborotarlo. Con la otra mano junta el bichero que estaba en el plan de la canoa para clavarlo, pero la línea se pasa por debajo de la canoa y se engancha. Yo trato de ayudarlo desde la punta del espinel que está atada en la costa, pero él se da cuenta que está enganchado en dos partes con los anzuelos. El pescado que sigue prendido en el anzuelo es un surubí y da dos o tres coletazos fuertes “¡Pucha que se va a ir!” le digo porque la brazolada con el surubí queda debajo de la canoa. Sin dudarlo mucho, como ya estaba en una zona más playa se largó al agua.

Pasando el brazo por debajo de la canoa trata de encontrar la brazolada hasta que la encuentra, y tirando un poco la hace salir y le clava el bichero con toda la fuerza. Coletea y se sacude pero veo que Pedrito ya lo tiene. Con un poco de trabajo porque debe de pesar como 10 kilos y todavía coleteando lo sube a la canoa. En ese momento, la canoa zafa de los anzuelos y comienza a avanzar de costado impulsada por la corriente. Con las manos en el borde de la canoa la sigue caminando y en el momento en el que se va a afirmar para subir, siente que pisa algo blando en el fondo y siente que se le clava en el tobillo algo que parece un clavo ardiendo. Saca el pie afuera del agua y se ve en el tobillo un agujero oscuro sangrando. ¡”Nito, me picó una raya!” me dice “¡Esperá que me echo al agua y voy a buscarte con este gurí!” ¡Vamos le digo al Guadalupe! Entonces Pedrito me dice ¡No, dejá, no es nada, vuelvo solo! Se encaramó en la canoa y empuñó los remos. A la segunda remada sintió un dolor muy intenso que lo hace retorcer y largar los remos.

Me tiro al agua con el chico y vamos nadando hacia la canoa, a pesar de que no había más de un metro y medio de profundidad, no más, pero no sabíamos con certeza si no había más rayas. Trajimos la canoa de vuelta y notamos que Pedrito estaba realmente mal. Traspiraba mucho y también vomitó. Atracamos y entre los dos lo llevamos a un ranchito que nos habían prestado los padres del Guadalupe. Lo acostamos y el chico se fue a buscar al padre. Vino en menos de 10 minutos y cuando llegó se puso a mascar tabaco y se lo pone en la herida del pinchazo. ¿Te calma un poco? Le dice el padre del Guadalupe. –“No don, ahora me duele más”- A todo esto yo pensaba ¿Cómo vamos a volver? En ese tiempo el camino de Nueva Escocia era de tierra y solo salían dos colectivos semanales de “El Lucerito” a Concordia. Tal vez se pueda conseguir que alguien nos lleve en auto. En ese momento entra la madre del chico y nos dice–“Mire, señor, le voy a mandar la “médica” que hay acá que cura esas cosas y seguro que lo va a curar- es una paraguaya y sabe mucho”

–“Si por favor, mándeme lo que quiera que no aguanto más el dolor”– dice Pedrito

Al rato viene una mujer de unos 40 años, muy pobremente vestida, pero con rostro atrayente.

–“¡Te hincó una raya, señor!”– le dice a Pedrito

–“¡Pobrecito angá, y te clavó feo, mismo– dice mientras mira la pierna

–“Bueno, que salga tu amigo (por mi) y el mitá (por él chico) y cerrá la puerta”–

–“No tenés un banquito, señor”– me dice a mí “Si, hay uno afuera” contesto y se lo llevé y cerré posteriormente la puerta, de acuerdo a su indicación.

Luego me contó Pedrito que le hizo poner el pie en el banquito. La parte más extraña de la cura, de acuerdo a la narración que más tarde me hizo. Se levantó la pollera y se sentó a horcajadas encima de su tobillo. Luego de unos momentos se pone de pie, va a la puerta y mira hacia el sol, mascullando unas palabras. Después le preguntó a Pedrito

–“¿Tenés señor un vaso de agua?”–

–“Ahí en la mesa hay un vaso y esa vasija tiene agua fresca”–

Dice que llenó el vaso, tomó tres tragos mirándolo y le dice

–“Ahora vos también, tome tres tragos”–

Así lo hizo y ella vuelve a mirar al sol ya atardeciendo

–“Bueno, señor, en cuanto baje el sol, tu tobillo de usted no va a doler más”–

Cuando salió yo le digo–“Bueno señora, ¿y cuánto le debo?”–

–“Y nada, señor. Para estos remedios no sirve pagar, mismo”–

No conseguí que aceptara nada, y cuando se fue, entré al ranchito para verlo a Pedrito

–“Y ¿Qué tal la cura? ¿Estás mejor?– le digo

–¡Qué voy a estar mejor! Me dice ¿Sabés lo que hizo la curandera? ¡Se sentó arriba de la herida y no tenía calzones!–

El Guadalupe había entrado también con el padre y este dijo – “Pero don, es bueno el remedio” –“Se va a curar, ya va a ver”–

Entonces le digo “Yo me voy hasta el pueblo para ver si consigo alcohol o tintura de yodo en el almacén de Burna. Tal vez tenga”–

Las puntadas le continuaron, tal vez un poco más espaciadas, pero igual de intensas. A veces lo obligaban a encoger la pierna. Me contó que la mujer le dijo que en cuanto el sol se ocultara, la pierna no le iba a doler más. Tenía como una hora de caminata hasta el almacén. –“El Guadalupe lo va a acompañar porque de noche se va a perder. Aten el tumberito con el overo y salgan ya, porque hay como una legua y pico hasta lo del Chile Burna. Mientras tanto le voy a traer una lámpara a su amigo acá”–

Acepté el ofrecimiento y salimos. Cuando llegamos ya estaban prendiendo los faroles. Fue un viaje inútil, no tenían ninguna de las dos cosas. Entonces me dijeron que en la Comisaría seguro que tenían. En efecto, tenían las dos cosas que gentilmente nos dieron.

Cuando llegamos al ranchito, Pedro estaba con el padre del Guadalupe y me dice que en cuanto se ocultó el sol, comenzaron a espaciarse las puntadas. Y que ahora hace 10 minutos que no tiene ninguna. Entonces veo que ya estaba más un poco más animado –¿Yyy, Pedrito. Cómo vamos? – le digo

–“Y, mirá. Hay que creer o reventar. Tengo la pierna completamente dormida hasta arriba y hace ya un rato que pararon las puntadas”–

Entonces le digo –“Entonces me parece que no tenés que ponerte yodo ni alcohol”–

–“Y, sí. A mí me parece lo mismo”– dice

Cuando regresamos a Concordia se hizo ver con un médico y por supuesto que no le creyó la historia y le mandó suero antitetánico. En esa época todavía no había gammaglobulinas antitetánicas y además le mandó Sigmamicina que era el antibiótico más eficaz en aquellos años (1962). De todos modos el tobillo le quedó dormido por casi un mes hasta media pierna, después nunca más sintió nada.

En cuanto nos fue posible fuimos de vuelta con un calentador Bram Metal y una damajuana de querosén para regalarle a la “medica” paraguaya, pero se había ido del pueblo. Entonces se lo regalamos a la madre del Guadalupe que también había hecho su parte. Esa es mi historia.

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