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25 de Noviembre de 2019 - Nota vista 799 veces

Un esposo violento, 36 puñaladas y la última vez que se usó la pena de muerte en la Argentina

20 de julio de 1914, los italianos Lauro y Salvatto habían asesinado de 36 puñaladas al contador Frank Carlos Livingston en el vestíbulo de su departamento de planta baja del barrio de Palermo. Faltaban dos minutos para las 7.30 del 22 de junio de 1916 cuando sonaron los ocho disparos en el patio de la vieja Penitenciaría Nacional de la avenida Las Heras. Atado a la silla, Giovanni Bautista Lauro, italiano de 24 años, analfabeto, los esperó con la vista al frente -se había negado a que le vendaran los ojos -, sin pronunciar una palabra. A su lado, Francisco Salvatto, también italiano y analfabeto, de 27 años, los esperó con los ojos vendados, convulsionado por el llanto. Los guardias habían tenido que arrastrarlo hasta la silla, mientras rogaba una imposible clemencia.

Los cronistas de La Razón, Última Hora y Crítica –privilegiados testigos del fusilamiento– no sabían que asistían a la última ejecución por delitos comunes en la Argentina. Sí supieron que estaban cerrando una historia que sus diarios habían seguido paso a paso y que incluso había iniciado un cambio –con grandes titulares en las tapas y profusión de fotografías– en la cobertura de las noticias policiales en la Argentina: El crimen de la calle Gallo.

Casi dos años antes, la madrugada del lunes 20 de julio de 1914, Lauro y Salvatto habían asesinado de 36 puñaladas al contador Frank Carlos Livingston en el vestíbulo de su departamento de planta baja del barrio de Palermo.

El caso había conmovido a los porteños por sus ingredientes y el desarrollo de la investigación: el crimen había sido excepcionalmente sangriento y la víctima un hombre de alta sociedad; la pesquisa policial – a cargo de un comisario inteligente – había ido develando de a poco que lo que parecía un asesinato en ocasión de robo, cometido con inusitada saña, era en realidad un crimen planificado puertas adentro de la casa como desenlace de una larga historia de violencia doméstica.

El carácter irascible de la víctima, una huella sanguinolenta en el piso del vestíbulo, dos cuchillos de filetear pescado y el olfato –en sentido estricto y en sentido metafórico– de un comisario habían sido las claves que habían permitido armar el rompecabezas que llevaría a los culpables.


El crimen del contador

Corrían los primeros minutos del 20 de julio de 1914 cuando Frank Carlos Livingston llegó a la puerta de su casa después de cenar con sus dos hermanas y un cuñado. Había pasado la tarde en el Hipódromo de Palermo, donde había jugado sin suerte unos pocos boletos –era un apasionado por las carreras de caballos, pero mesurado en las apuestas– a Yrigoyen, favorito en el Gran Premio de la República Federativa de Brasil, que terminó cruzando el disco entre los últimos.

Hombre de mal carácter, la frustración hípica no había contribuido a mejorar su humor y la cena familiar -en la que se presentó, como siempre, sin su mujer, Carmen Guillot- no había sido precisamente una fiesta. Eran casi las 0.30 cuando se bajó del auto de su cuñado, Carlos Luro, en la esquina de Gallo y Santa Fe y caminó hasta su casa jugando con su bastón de caña de Malaca. Lo usaba como símbolo de distinción, pero también sabía emplearlo como arma: unas semanas antes había espantado a los golpes a dos desconocidos que lo atacaron, él creía que para robarle.

Apenas entró al vestíbulo del departamento, dos hombres armados con cuchillo se le fueron encima. Intentó defenderse con el bastón, pero los cuchillos pudieron más.

-¡No me maten, no me maten!– gritó cuando ya estaba en el suelo con varios puntazos en su cuerpo.

Lo mató un corte en el cuello que le seccionó la carótida.

Mientras todo esto ocurría, su mujer, sus cinco hijos pequeños y la empleada doméstica de la casa, la uruguaya Catalina González, estaban en sus dormitorios, ubicados en otro sector del amplio departamento, separado por una puerta del vestíbulo.

-¡Socorro, socorro! – empezaron a gritar la esposa de Livingston y la empleada. No podían salir de los dormitorios porque la puerta que los separaba del vestíbulo había sido cerrada con llave desde afuera.

Las escucharon el portero del edificio y el agente que solía recorrer siempre esa manzana, de apellido Tapia. Entre los dos forzaron una ventana, el portero entró al departamento y le abrió la puerta al agente Tapia.


La escena del crimen y una viuda desolada

En el vestíbulo encontraron el cuerpo sin vida de Livingston en medio de un charco de sangre; una de sus manos ya inmóviles parecía querer alcanzar el bastón que estaba a unos centímetros. Cerca del cadáver había dos cuchillos, de agudos filos. Aunque estaban perfectamente limpios, el agente Tapia le dijo al portero que no los tocara, que podían ser las armas del crimen. También había huellas ensangrentadas que llevaban hacia la puerta que daba a los dormitorios, como si uno de los asesinos hubiera caminado hacía allí para abrirla o cerrarla… después de matar a Livingston.

A primera vista parecía la escena de un robo que había terminado en asesinato ante la resistencia de la víctima. A Livingston le faltaba la billetera, aunque llamativamente los ladrones habían olvidado el reloj y una lapicera de oro que el contador tenía encima y tampoco faltaba ninguno de los objetos de valor que poblaban el vestíbulo.

Más tarde, al recoger testimonios, la policía obtuvo declaraciones de dos vecinos que, a la hora del crimen, vieron salir a dos hombres de la casa y caminar tranquilamente hacia la avenida Santa Fe.

Cuando el agente Tapia y el portero pudieron abrir la puerta que llevaba hacia los dormitorios, Carmen Guillot entró en el vestíbulo y, al ver a su marido muerto, alcanzó al gritar antes de caer desmayada.

El juez de instrucción Ignacio Irigoyen empezó a investigar el caso como homicidio en ocasión de robo. Además de trabajar con los policías de la Comisaría 19, que tenía jurisdicción en el barrio, como Livingston -que vivía hacía menos de un mes en el departamento de la calle Gallo - había denunciado intentos de robo en su domicilio anterior, el juez convocó al comisario que había investigado esos casos. Se llamaba Samuel Ruffet y conocía bastante bien – para su disgusto – a la víctima.

Un infierno interior

Frank Carlos Livingston tenía 46 años y era subcontador del Banco Hipotecario. Su familia había llegado a Buenos Aires desde Nueva York, a mediados del Siglo XIX. En la capital argentina se había relacionado con las familias más importantes de la ciudad.

Aunque no era un hombre de fortuna, Livingston tenía un buen pasar: a su alto sueldo del banco sumaba la renta que le daban varias propiedades heredadas en el barrio de Belgrano. Llevaba nueve años casado con Carmen Guillot -casi veinte años menor que él - con quien tenía cinco hijos. Se lo veía poco con su esposa, que pasaba la mayor parte del tiempo en su casa mientras el contador trabajaba, hacía vida social, participaba de reuniones en el Jockey Club y visitaba a una amante.

El matrimonio no era lo que se dice feliz ni tenía una existencia apacible. Livingston era un hombre autoritario y violento, al punto que su mujer –en una conducta muy poco común para la época– había denunciado en la comisaría de Belgrano que solía golpearla con su bastón de caña de Malaca. Guillot también contaba que sólo le daba tres pesos por día para los gastos de la casa, lo que apenas le alcanzaba para alimentar a sus hijos.


Asaltos y mudanza

Hasta un mes antes del crimen, el matrimonio había vivido en una de las propiedades de Livingston, en Belgrano, pero se habían mudado luego de que el contador sufriera dos ataques, que tomó como intentos de robo, en plena calle. En ambos casos, su bastón le había servido de arma defensiva para poner a la fuga a sus asaltantes.

Denunció los ataques en la comisaría de Belgrano. Allí entabló una relación cada vez más tirante con el policía encargado del caso, el comisario Samuel Ruffet. Livingston le exigía capturara a los atacantes, a los que apenas si había podido describir. Como no encontraba las respuestas que quería, el contador empezó a amenazar al policía con utilizar sus influencias sociales y políticas para que lo echaran de la fuerza.

Cuando conoció la existencia de esos ataques anteriores –relatados por la afligida viuda de Livingston– el juez Ignacio Irigoyen llamó a Ruffet para que se sumara a la investigación.

En pocos días su participación daría vuelta el caso hasta resolverlo.

Ruffet entra en escena

Sin descartar la hipótesis del robo seguido de muerte, Ruffet puso la mira también sobre la familia. Tres asaltos a un mismo hombre en poco tiempo y en dos barrios diferentes eran demasiadas coincidencias.

Sabía de las desavenencias conyugales y de las denuncias de Guillot sobre la violencia de su marido, que había confirmado por otros testimonios. También tuvo en cuenta que si bien los asaltantes se habían llevado la billetera y un pañuelo de seda de Livingston, habían dejado el reloj y el lápiz de oro, que eran mucho más valiosos. Y trataba de encajar en el rompecabezas las huellas hacia los dormitorios y los dos cuchillos que quedaron en la escena del crimen. Sabía por el informe forense que eran las armas utilizadas por los asesinos y que los habían limpiado utilizando el agua de colonia que utilizaba el contador. Mezclado con el perfume de la colonia, Ruffet había notado la presencia de otro olor, persistente, en los cuchillos, pero no podía identificarlo.

Un capricho gastronómico y su olfato le darían, casi por azar, la clave para encontrar a los culpables.


El olfato de un comisario

Un mes después del crimen la investigación parecía estancada. El comisario Ruffet seguía con los ojos puestos en la mujer de Livingston como autora intelectual del crimen, por los antecedentes de violencia de género que había sufrido, pero también porque no había explicación lógica para las huellas ensangrentadas que se dirigían hacia la puerta que daba a los dormitorios. Si la mujer había estado encerrada y se desmayó apenas vio el cadáver, no podían ser posteriores a la llegada de la policía. Si eran anteriores, algo se les escapaba en la pesquisa.

Ruffet aprovechó una cita que tenía en el Departamento de Policía para comprar pescado en el Mercado del Plata. A su mujer le encantaba cocinar pescado fresco. Allí, mientras encargaba su pedido, prestó atención a los cuchillos que usaban para filetear pescado, algunos se parecían a los de la escena del crimen… Entonces le llegó como una revelación: era olor a pescado el que había notado en los cuchillos, casi tapado por el de la colonia que usaba la víctima.

Sin perder tiempo, encargó a uno de sus ayudantes, el subcomisario Villanueva, que averiguara quién abastecía de pescado la casa de los Livingston. El hombre se llamaba Salvatore Vitarelli y no solo llevaba pescado a la casa donde se había cometido el crimen, también mantenía un romance con la mucama de los Livingston, Catalina González. Ruffet supo también que Salvatore –igual que él, pero por otras razones– le tenía encono a Livingston. El contador lo trataba con desprecio y nunca le pagaba el pescado a tiempo.

Decidió interrogarlos a los dos.


Conspiración para matar

Salvatore se mantuvo firme en los interrogatorios, pero Catalina González no demoró en confesar y relató paso a paso el plan y el asesinato.

Confidente de su patrona sobre los maltratos que le propinaba Livingston, entre las dos pensaron una solución. No eran épocas en las que las parejas pudieran divorciarse –ni siquiera separarse– en la Argentina. La única solución era la muerte.

Convencida que su única posibilidad de liberación era la muerte de su marido, Carmen Guillot le pidió a su mucama y confidente que le preguntara a Salvatore si conocía gente que fuera capaz de asesinarlo. Ofreció 2.000 pesos a quién o quiénes lo hicieran. Salvatore se sumó el plan criminal y buscó a tres changarines de su confianza: Francisco Salvatto, Giovanni Lauro y Rafael Próstamo.

Los dos ataques a Livingston en las calles de Belgrano no habían sido intentos de asalto sino que Salvatto y Lauro habían tratado de matarlo sin suerte. La tercera sería la vencida.

El 19 de julio poco después de las 9 de la noche, la mucama Catalina González franqueó la puerta del departamento de la calle Gallo a los tres asesinos. Debían esperar en el vestíbulo a oscuras a Livingston y matarlo apenas entrara en la casa. Para hacerlo, Vitarelli les suministró los cuchillos de fileteado. La viuda y la mucama, con los niños, se encerrarían en el ala de los dormitorios, con la puerta cerrada. Declararían que, cuando quisieron acudir a los gritos de Livingston, encontraron que él o los asesinos las habían dejado encerradas.

Uno de los encargados del asesinato, Rafael Próstamo, se arrepintió a último momento y abandonó el departamento a las 11 de la noche; los otros dos se quedaron esperando. Cuando Livingston entró pasada la medianoche, lo asesinaron a cuchilladas.


Huellas y cuchillos

Consumado el crimen, la flamante viuda y su confidente entraron en el vestíbulo y Carmen Guillot ordenó a los asesinos que se llevaran la billetera y se fueran. Que les pagaría apenas el dinero de su difunto marido pasara a sus manos. Fue entonces cuando pisó la sangre del piso y dejó sus huellas al volver a los dormitorios. Los hombres limpiaron sus cuchillos con el pañuelo de Livingston, impregnado de colonia, pero al irse olvidaron llevárselos.

Ruffet ordenó detenerlos a todos y en los interrogatorios los conspirados se fueron quebrando ante las abrumadoras evidencias. La última en confesar fue Carmen Guillot, la viuda e ideóloga del crimen. Demoró seis días en aceptar su participación. Finalmente dijo, según consta en su testimonio ante el juez Irigoyen:

-Sí. Yo lo hice matar y no estoy arrepentida.

Condenas y ejecuciones

Carmen Guillot y Salvatore Vitarelli fueron condenados a reclusión perpetua; la mucama Catalina González y el conspirador que se arrepintió a último momento, Rafael Próstamo, a 15 años de prisión.

Los autores materiales del crimen, Giovanni Lauro y Francisco Salvatto fueron condenados a muerte. El presidente Victorino De la Plaza se negó a conmutar las penas.

Los ejecutaron el 22 de junio de 1916 y fue la última vez que se aplicó esa pena –fijada por el Código Penal de 1886– a condenados por delitos comunes en la Argentina.

Faltaban tres meses para que Hipólito Yrigoyen asumiera la presidencia de la Nación después de las primeras elecciones con voto secreto y obligatorio realizadas en el país.


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