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9 de Mayo de 2018 - Nota vista 1049 veces

Los premios en la educación de los niños

Así como muchas veces ponemos énfasis en lo poco educativo que puede llegar a ser el castigo como herramienta en la crianza y en la educación, algo equivalente sucede con los premios y recompensas, siendo consecuencias externas y sin ninguna relación con las consecuencias reales del comportamiento de la niña o el niño.

Muchos adultos, incluidos padres y maestros que están en contra de los castigos, suelen manifestarse a favor de las recompensas. Siendo dos medidas contrapuestas, no llegan a ser del todo contrarias, ya que con los premios se termina consiguiendo lo mismo que con los castigos, esto es, un resultado en apariencia positivo, temporal, que viene motivado por el acto que ejecuta el adulto sin ayudar a los niños a ser responsables ni a aprender a vivir desde el convencimiento de que lo que hacen es lo mejor.

En otros términos, con los premios se consigue que los niños hagan lo que los adultos quieren que hagan, pero sin interiorizar y asimilar el beneficio de aquello que están haciendo, ya que lo importante para ellos deja de ser lo que hacen, sino lo que logran obtener haciéndolo, esto es, el premio.

Un típico ejemplo es cuando, con toda la mejor intención, los padres, tíos, padrinos o abuelos, dan dinero de acuerdo a las notas obtenidas. Estas recompensas hacen que la tarea de estudiar se convierta en un trámite para conseguir dinero extra al final del curso. La motivación deja de estar puesta en el deseo de aprender más, sino en sacar mejores notas para poder acceder a mejores premios. La motivación así deja de ser intrínseca, propia del alumno, para focalizarse en algo extrínseco, externo, como en este ejemplo el dinero a recibir.

Ahora bien, en ciertas ocasiones el argumento a favor apunta al hecho en que más allá de la motivación, el efecto buscado se consigue, ya que los niños terminan aprendiendo, lo que de otra forma resulta más dificultoso. Pero… ¿esto es realmente así? En la práctica, asistimos al hecho que los sistemas de recompensa son raramente útiles para producir cambios duraderos y estables en la conducta y en el comportamiento. Los efectos que producen duran mientras existe la recompensa, que es la que motiva el comportamiento buscado.

Sin premio, el niño pierde el incentivo que motivaba su manera de actuar y vuelve a comportarse tal como lo hacía antes de recibir las recompensas. El razonamiento sería: “antes me esforzaba por hacerlo y me daban un premio. Ahora que no me dan premio, ¿para qué esforzarme?”.

Es por ello que para trabajar sobre la modificación de conductas o hábitos hay que poner como objetivo no que el otro haga lo que se le dice, sino que el otro acepte y quiera hacer lo que se le dice que haga, y que advierta el por qué. No alcanza con decir lo que uno espera que un niño haga, más aún si va en contra de lo que el niño está acostumbrado a hacer, ya que es necesario que el niño comprenda que hay conductas y actitudes favorables, ya sea en el ámbito del aprendizaje como con cualquier conducta social.

En el ámbito educativo resulta muy tentador aplicar este sistema, teniendo en cuenta el número de alumnos que dificulta el trabajo personalizado, y suele esgrimirse que el resultado supera al conseguido por otros métodos. Ahora bien, deteniéndonos en este punto cabe analizar qué sucede con los niños.

A ellos se les presenta un objetivo (portarse bien, aprender tal materia o actividad) y un premio (carita feliz, cuadro de honor, medalla) ¿Dónde estará centrado el interés del niño, sobre todo de los más pequeños? ¿Qué efectos puede tener este sistema cuando un niño queda fuera de juego? ¿Qué efectos puede tener durante el resto de la semana una carita triste el día lunes? Queda muy visible el corrimiento de los objetivos e intereses, aquí ya nadie se pregunta qué sucede con el aprendizaje, o bien qué le sucede a un niño que se comporta mal, que es agresivo, o que intencionalmente apunta su comportamiento a fines transgresores. Y a aquel que se esfuerza por conseguir los objetivos y no logra alcanzarlos, habrá que ver cómo se las arregla con semejante frustración.

La competitividad, el egoísmo y la comparación, en desmedro de la solidaridad, el compartir y crear lazos saludables, suelen ser efectos inevitables dentro de esta lógica.

Al mismo tiempo, el sistema de premiación permite y habilita dos opciones. Portarse bien, hacer lo correcto y ser premiado, o bien portarse mal y no serlo. Parece que ambas son opciones válidas que un niño puede elegir, cuando claramente el mensaje debería ser que hay conductas y actitudes que no pueden ser aceptadas y deben tener un señalamiento y una consecuencia. Las otras, las socialmente aceptables, son las únicas opciones a las que hay que apuntar, aunque cueste trabajo conseguirlo y no haya premio para tales fines, pero sí un reconocimiento.

Otros efectos adversos asociados a los premios se observan en el menor interés y tiempo que se les dedica a las actividades, presentando prisa por llegar al objetivo, no pudiendo contemplar y disfrutar del proceso, a la vez que disminuyen la creatividad y el riesgo, en el sentido de improvisación y experimentación, como así también obstruyen el hecho de darle lugar al error, a sabiendas que la detección, elaboración y superación de los errores constituyen un pilar en la construcción del conocimiento.

Todo lo antedicho no implica que no sea necesario saber incentivar y motivar a los niños, o saber guiar ciertos comportamientos para alcanzar objetivos pedagógicos y sociales.

Las niñas y niños serán más creativos, más seguros de sí mismos e independientes, si lo que les motiva es el interés, la satisfacción y el reto de aprendizaje en sí mismo, y no las recompensas o las presiones externas.

Resulta más saludable que los niños avancen por la vida sin buscar la mirada de aprobación a cada paso que dan, que disfruten de lo que hacen, que sepan lo que les gusta y lo que no les gusta, lo que les hace sentir alegres o tristes, que reflexionen sobre el por qué de sus acciones.

Que se equivoquen y que aprendan de ello. Que elijan su camino en la vida no en función del reconocimiento social ni del dinero que les dará sino en busca de su felicidad personal. Y, sobre todo, que sepan que sus padres los aceptan y los quieren sin importar cómo sean, a qué se dediquen o qué consigan en su vida, y que ese amor sea incondicional.

Escrito y confeccionado por el Psicólogo Gastón Fernández Montani y revisado por Equipo de Profesionales de la LINEA 102 “Teléfono del Niño”, del Centro de Fortalecimiento Social de la Municipalidad de Concordia.

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