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De novia con el Chileno Fernando González - 24 de Septiembre de 2017 - Nota vista 1121 veces

Luciana Aymar: “Tengo ganas de ser mamá”

A casi tres años de haber dejado el hockey, la mejor jugadora de la historia confiesa el sufrimiento que padeció cuando dejó de jugar y cómo el amor del ex tenista chileno Fernando González le sacó la tristeza. Instalada en Santiago hace casi un año, hoy afirma que su prioridad absoluta es formar una familia.

Fue única, irrepetible, dueña de un talento privilegiado. El día que decidió sumarle sacrificio a ese don casi divino se convirtió en la mejor jugadora en la historia de su deporte, el hockey.

Luciana Aymar (40) fue el ícono de la selección argentina, capitana de 2009 hasta 2014 y bicampeona del mundo en 2002 y 2010. Participó de cuatro Juegos Olímpicos y llegó a cosechar cuatro medallas de manera consecutiva: plata en Sydney 2000 y Londres 2012 y bronce en Atenas 2004 y Pekín 2008.

Ganó seis veces el Champions Trophy y logró tres medallas de oro en los Juegos Panamericanos de 1999, 2003 y 2007. Ocho veces fue distinguida como la mejor del mundo (equivalente al Balón de Oro del fútbol) y formó parte de aquel equipo que, en el año 2000, dejó de ser simplemente la selección femenina de hockey sobre césped y se convirtió en Las Leonas.

Comenzó a los ocho, jugando en el barrio Fisherton, de Rosario, cuando su hermana Cintia, un año mayor que ella, la sacaba de las clases de baile y la llevaba escondida a entrenar. Sus destacadas actuaciones la convirtieron en niña prodigio, y enseguida llegó la convocatoria al seleccionado. Los viajes en micro a las cuatro de la mañana, desde Rosario al entrenamiento en el CENARD porteño, fueron una tortura en invierno, pero terminaron forjando una coraza, una armadura, una mente que ganaba todo lo que jugaba.

Leonina de pura sangre, hizo un pacto con el dios del hockey, al que –a cambio de triunfos, logros y reconocimientos de todo el mundo– entregó su vida. Tal vez por eso, cuando en diciembre de 2014 dio su última función ante Australia luego de ganar el Champions Trophy de Mendoza, se encontró con un vacío. “Me retiré y a la semana estaba entrenando de la misma forma que cuando jugaba. Así estuve seis meses, en los que adelgacé más de cinco kilos”, confiesa hoy, espléndida, en la habitación número 12 del hotel Nuss Buenos Aires Soho.

Para llegar a esta actualidad tuvieron que pasar dos años y ocho meses de sesiones de terapia, charlas con colegas, familiares y deportistas. Sin embargo, la recuperación llegó el día que encontró el amor. Tan simple como eso. ¿El afortunado? El ex tenista chileno Fernando González (37, con tres medallas olímpicas y que llegó al puesto 5 en el ranking de la ATP), a quien había conocido años atrás en Pinamar. El destino volvió a unirlos hace unos meses en Miami. “El viajó para jugar un torneo del circuito Senior y yo estaba entre el público. Nos cruzamos y encontré a alguien con quien hablar de cómo superar el tema del retiro”, acepta hoy Lucha.

–En estos casi tres años que pasaron desde tu retiro, ¿volviste a agarrar un palo de hockey en un partido?

–Sí. Me invitaron a jugar al Jockey Club, con mis amigas de toda la vida, pero no lo disfruté... Me mandé un montón de macanas, no podía correr, me peleé con alguna en la cancha y dije: “No soy yo”.

–¿La mejor del mundo no se permitió tener un mal partido?

–¿Vos decís? (carcajadas). Terminó y la pasé tan mal que me pregunté: “¿Por qué sigo ligada a algo que fue el amor de mi vida, me dio mucha felicidad, pero también me quitó mucho?”. Estaba dejando de jugar para darle espacio a otra cosa... y volvía a lo mismo.

–Hasta que llegó el amor...

–Sí, pero la pasé muy mal. Estuve un año y medio sufriendo mucho, sin encontrarle el sentido a las cosas. Estaba muy triste. Me faltaba la motivación de los últimos quince años. Y con Fer volví a encontrar ese sentido.

–¿Cómo arrancó todo?

–A la distancia, con varios viajes en el medio, yo trabajando en charlas motivacionales y como periodista deportiva. Hasta que me animé a dar el gran paso y crucé la Cordillera.

–¿Estás viviendo en Chile?

–Sí, hace casi un año. Me llevé a mis perros, los caniches Starsky y Hutch. Y me instalé definitivamente en Santiago, en el barrio de Vitacura.

–¿Qué estás haciendo ahora?

–Disfrutando de la vida. Los dos estamos en esa etapa. Aprovechando mucho los viajes, conociendo ciudades, pero desde otro lugar.

–¿Qué te enamoró de él?

–Tuvimos una conexión inmediata, por nuestras vidas de ex deportistas profesionales. Aunque practicábamos distintas disciplinas, encontramos muchas coincidencias. Somos bastante independientes, nos damos nuestros espacios, coincidimos mucho en todo.

–¿Sentís que estás apostando por primera vez a una relación?

–Definitivamente. Cuando jugaba no me importaba nada. Entrenaba triple turno, participaba contra equipos de hombres, me mataba... Cuando dejé, empecé por encontrarme conmigo misma. Hallé cosas muy buenas... y otras no tanto. Te juro que pensé: “¡Qué piba más loca!”.

–¿Cuáles son ahora tus prioridades?

–Disfrutar de mi pareja y construir una relación seria y responsable. Aprendí un montón luego de mi retiro. Soy más cariñosa y le doy a todo la importancia debida. Que dure lo que tenga que durar, pero me quiero quedar tranquila de que di todo.

–Acabás de cumplir 40. ¿Tenés ganas de ser mamá?

–Sí, claro. A los dos nos encantaría ser padres. Fer, a los 37, tampoco tiene hijos. Como ahora le estoy dando espacio a mi vida privada, íntima, es algo que se puede dar.

–Supongamos que sos mamá de una nena, ¿te gustaría que juegue al hockey?

–¡Por supuesto! Querría que haga cualquier deporte, sea nena o nene. Si prefier el hockey, la voy a alentar. El deporte me nutrió de valores... ¡Sí intentaría que no sea tan exigente como yo! Presionarse todo el tiempo para ser el mejor no es bueno. Hay que aprender a disfrutar de otras cosas que tiene la vida.

–¿Te gustaría dirigir un equipo, ser entrenadora?

–No lo pensé. Puede ser más adelante... No es algo que tenga como prioridad. Al hockey le di mi vida, era mi mundo entero. Y cuando te tomás algo así, con tanto fanatismo, te cuesta mucho soltar. Ahora que lo conseguí, no me quiero volver a meter.

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