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13 de Septiembre de 2017 - Nota vista 817 veces

Violencia social. Uno y el otro

La problemática sobre violencia de género es tema común tanto en los organismos del estado como en la vida social, desde esos lugares se escuchan voces que enuncian frases en torno a “erradicar la violencia” como expresión efusiva de un deseo, que suena más a extirpar el ente dañino de la cuestión que profundizar en las vicisitudes de los vínculos, otra forma de reducción como la que expusimos en otro momento.

Recuerdo cuando un profesor en la facultad reflexionaba en que la solución de un problema a veces está en saber problematizarlo, no me animo a decir que hay problemas que no tienen solución, pero siguiendo con la reflexión de éste puedo decir que las ideas que son radicalmente resolutivas están determinadas muchas veces por prejuicios que reducen el problema a simplismos metodológicos como de “quitar lo malo”.

Para pensar sobre esto voy a partir de la utilización que hacemos de términos conocidos y usado por todos aunque no muchas veces revisado, es el caso de los términos de víctima y victimario. Hablar de ellos es definir la posición de una persona en función a las conductas manifiestas, aquello observable y que puede ser de alguna forma cuantificable, esto es: cantidad de golpes recibidos, frecuencia, magnitud del daño, enumerar las ocasiones de insultos y agravios, etc. Es claro que estos datos no carecen de valor, son referencia sobre el punto de tensión en el vínculo y puede servir para determinar rápidamente las medidas judiciales. No obstante, quienes estamos a diario trabajando en esta problemática nos exige una revisión constante de nuestros preceptos y de nuestra visión de los hechos.

Para el psicoanálisis la agresividad es, en los primeros años de vida, constitutiva del ser humano. Necesaria para la diferenciación del yo con el mundo. Ahora bien, podríamos preguntarnos ¿En calidad de qué una persona se violenta con otra? ¿Qué lugar ocupa el otro en alguien que incurre a la violencia? En esos momentos existe algo de lo no tolerable en el otro, algo que se hace imposible de soportar. Esto se puede entender en los términos de “no poder hacer del otro lo que yo quiero”, es ese punto donde no hay palabra que medie entre el otro y yo. El otro (pareja, novia/o, hijo/a, padre o madre) se puede presentar tan impredecible que en algunos se vuelve insoportable, no encontrando más respuesta que el acto impulsivo, señal de la impotencia por aceptar del otro su singularidad y sus devenires.

Recuerdo muchos relatos de pacientes que racionalizan toda una serie de argumentos para fundamentar la aparición de hechos violentos, que desde la carga racional pueden ser totalmente entendibles, pero no se trata de una cuestión de razón y de verdad, sino de ¿cuál es el límite que debe instalarse para no ir más allá de lo posible? Gobernar la vida del otro a criterio del yo propio deja al otro en una posición de objeto del cual nada se puede hacer más que supeditarlo a la propia voluntad, borrando de esa manera todo atisbo de subjetividad en ese otro.

Dicho esto, lo que llamamos víctima y victimario/a deja de ser un concepto de sentido común sino que tiene una profundidad que se aleja de lo obvio.

Si podemos ahondar en la problemática vamos a estar evitando que caiga en un simplismo que la reduzca a una disputa por quién es el bueno y quien el malo, sino que hablamos de la complejidad propia del ser humano para consigo mismo como para relacionarse con sus otros.

Artículo escrito y confeccionado por el psicólogo Pablo Larroca y revisado por el equipo del Violencia Familiar y de Género del Centro de Fortalecimiento Social de la Municipalidad de Concordia


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