APPS de El Heraldo

Servicios

Actualidad

Secciones

Opinión

5 de Octubre de 2016 - Nota vista 1940 veces

Reminiscencias de la inauguración del Palacio Municipal de Concordia, en sus 76 años

PRÓLOGO Cuando se han vivido largos años se es testigo de importantes acontecimientos. A veces, ellos estaban olvidados, pero surgen nuevamente al presente a través de objetos, aromas, una canción, etc, que hacen que nos traslademos al pasado.
Hace algunos años encontré una capelina. Había sido de mi madre, la que seguramente usó para una gala especial. Así fui recordando aquellos lejanos momentos, aun cuando entonces tenía seis años. De un 5 de octubre de 1940, que tuve acceso a la inauguración de la Municipalidad, porque mi padre, Mateo Araujo, era empleado municipal.

Recordemos que los empleados desempeñaban sus funciones en un edificio que por el color, lo denominaban «La Verde», donde actualmente se encuentra Cultura, en calle Urquiza frente a la Plaza 25 de Mayo.
Relataré primero el lunch que se sirvió en dicho evento. Asistimos con mi familia y una compañerita de mi edad, mi amiga del alma Olga Susana Vázquez Gil. En su casa había un jazmín muy perfumado. Y aún hoy, cuando lo huelo, se me oprime el pecho rememorando otras épocas. Todo era nuevo para nosotras. Creería que era el primer edificio que contaba con ascensor, que nosotras subíamos y bajábamos, investigando todos los rincones. Un señor, el mayordomo, nos retaba. Cada tanto nos acercábamos al salón principal, donde las personas paradas degustaban de las exquisiteces que les ofrecían. Nosotras también, alargando las manos entre los invitados, tomábamos algo para comer, lo mordíamos y lo dejábamos.

Claro, eran bombas de crema con anchoas, que generalmente no gustan a los niños. Varias veces intentábamos comer nuevamente, pensando que a lo mejor había algo que nos gustara. Desistimos de tal empresa, aunque ya era el mediodía y nos dedicamos a recorrer el edificio. Saliendo del salón veíamos que bajaban los mozos, muy correctamente vestidos, desde una piecita que creería se la utilizaba como cocina.

MI ESTRECHO VÍNCULO CON LA INSTITUCIÓN

En ese tiempo mi padre, prácticamente trabajaba todo el día. El cargo que tenía, -que cumplió hasta su jubilación-, era engorroso y complejo. Fue pionero en fundaciones de nuevas oficinas y en el rescate de tierras municipales en poder de particulares. Sus obras y trayectoria, fueron publicadas varias veces en el diario


El Heraldo. Todo su trabajo fue donado al Archivo Municipal. Por las razones expuestas, ya adolescente, a la tarde, al salir de la Escuela Normal, me dirigía a visitarlo para luego regresar juntos a casa. Para no aburrirme iba al salón, donde había una biblioteca en formación. Me sentaba en el suelo y leía. Recuerdo «La Cadena Invisible», «Konti-ki», «Fuerza y Salud por la Alimentación», del Dr. Hammerli Dupuy, médico. Como la vida nos da muchas sorpresas, pasando los años, fui a Puiggari y lo conocí personalmente. Era el director del sanatorio.
Recuerdo a los empleados municipales, impecablemente vestidos, quienes me regalaban monedas. Frente al despacho de mi padre había una puerta que era un
departamento bien instalado, para la familia del mayordomo.

Había una niña tal vez menor que yo, llamada Graciela, y con el correr del tiempo nos reencontramos en la Escuela Normal, yo como profesora y ella como secretaria. Excelente persona y muy buena compañera. En ese entonces el intendente municipal era Eduardo Nogueira, quien le manifestó al mayordomo que debía ponerse un traje especial con galones y demás. Él se negó diciendo que parecería un general. Y pidió usar un traje negro, siendo aceptada dicha condición.

CONSTRUCCIÓN DE LA MUNICIPALIDAD

Se cree que en dicho terreno existía un gran mercado. Los intendentes que precedieron al ingeniero Nogueira, estuvieron preocupados por concretar la obra del Palacio. La piedra fundamental fue colocada el día 22 de enero de 1939, en la intersección de las diagonales del actual hall central del edificio. Previa bendición del lugar, el acta fue firmada por autoridades y vecinos, siendo encastrada en el cubo de hormigón. El primer paso previo para la construcción, fue la ordenanza municipal del 22 de julio de 1937. Causas diversas resultaron obstáculos insalvables que postergaron irremediablemente su realización. Luego de seleccionar los trabajos que mejor contemplaban las necesidades del anteproyecto, se le encomendó dicha tarea al matrimonio de arquitectos Carlos Baldini Garay y Stella Genovese, de Buenos Aires. Ellos debían realizar la dirección técnica de la obra y su proyecto definitivo. Se efectuó un acto de licitación pública, donde concurrieron varias empresas, adjudicándose la obra a la firma compuesta por los ingenieros civiles Sebastián Segovia y Pedro Gaseo, de la ciudad de Paraná. Los profesionales pusieron mucha atención hasta en los mínimos detalles.

También pensando en el futuro, pues la ciudad crecería con el correr del tiempo. Los aspectos contemplados fueron por ejemplo, una buena iluminación y la idea de hacer ampliaciones sin afectar el edificio, posibilitando la instalación de un incinerador automático de residuos, una red interna de teléfonos con su central automática propia, calefacción central a vapor.

En suma: se pensó dicho edificio como un hogar común de la ciudad y para repercusión de todas las actividades e inquietudes de los ciudadanos, facilitándoles el cumplimiento de los compromisos contraídos.

Mientras se iba terminando la construcción, se trasladaban los muebles y enseres desde «La Verde». Tarea nada fácil pues la calle frente al nuevo edificio estaba saturada de elementos.

El día 5 de octubre de 1940 se inauguró el Palacio Municipal con una lucidísima y emocionante recepción.

El presidente municipal ingeniero Eduardo Nogueira, en compañía de los miembros del Concejo Deliberante y de los jefes de las oficinas dependientes del Ejecutivo Municipal, abandonaron el viejo edificio y se encaminaron por calle Bartolomé Mitre hasta el nuevo palacio, donde una muchedumbre con gran entusiasmo, exteriorizaba su alegría. Se encontraban en el nuevo edificio municipal, aguardando al intendente, altas autoridades civiles, militares y eclesiásticas. De inmediato, el R.P. Jorge Schoenfeld procedió a la bendición del Palacio Municipal. A continuación hizo uso de la palabra el intendente y luego el secretario del Municipio, don Carlos H. Oriol, leyó el decreto declarando inaugurado el Palacio, firmando dicho decreto intendente y secretario.

Pensando que han pasado tantos años (76) de aquel importante acontecimiento, que muchos ya no están, tal vez en el presente se ignoran los datos aquí aportados. Y, dedicado especialmente a los jóvenes, quiero compartir experiencias personales vividas.

Para completar mis conocimientos he investigado en documentación de la época.

Aquellos hombres que vivieron en la primera década del siglo XIX pensaron que se debía fundar un poblado. Con el sugerente nombre de «La Concordia», ello en la esperanza que finalizaran las rencillas entre caudillos.

En el presente nuestra Concordia es una bella ciudad.

Y no debemos olvidar que la Municipalidad es del pueblo, luciendo espléndida por las noches, cuando se ve su frente acertadamente iluminado.

Fuentes: Diario «El Argentino» de la ciudad Gualeguaychú, octubre de 1940. Vivencias personales.

Profesora Rosa Araujo de Giacobino
  • TEMAS DE LA NOTA:

Contenido Relacionado