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30 de Julio de 2022 - Nota vista 447 veces

No elegimos ser cómo somos

Además de portar una genética impuesta, fuimos impregnados con un cúmulo incesante de sucesos familiares y extra familiares que nos moldearon y direccionaron. En algún momento del crecimiento, se empieza a hacer algo con todo lo que nos fueron inscribiendo. Así se torna visible aquello que es propio, lo cual evoluciona y posibilitará el desprendimiento de matrices originales. Aún así, ya se incrustaron los modos de amar, disfrutar y sufrir. También las maneras de alcanzar los deseos y/o postergarlos.

Por todo esto, somos en parte, dueños del destino que elegimos. La otra porción, ha sido determinada por las experiencias y emociones que atravesamos. Por los afectos y límites que acompañaron.

Con todo ello nos esforzamos en alcanzar autonomía, maduración y metas deseadas, pero siempre acompaña y empuja (en ocasiones detiene), el caudal profundo que nos fue legado.

Siendo algo así “la cosa”, con más o menos energía psíquica, persistimos cada día en conquistar las metas anheladas. A fin de cuentas, cuando se las alcanza, se la vive y disfruta con la totalidad de lo que somos.


La vida nos viene

Nos trae a este mundo y aprendemos a convivir en él. El familiar será el primero y luego, el mundo externo se nos presentará misterioso y atrayente.

Lanzados a descubrirlo, el crecimiento permitirá intercambios equilibrados, posibilitando que lo familiar y extra-familiar convivan amistosos y armónicos. Aunque no faltarán tensiones, insatisfacciones e ingratitudes. Aquel adentro (intra-familiar) y el afuera (extra-familiar) dará nacimiento en nuestro psiquismo al concepto de “mundo interno”, donde los vínculos familiares que implantaron sus huellas, junto a las experiencias infantiles vividas, serán el basamento y nutriente del entramado emocional que portamos.

Esta vida que cada día nos invita a vivirla de la mejor manera, deberá bregar con los estímulos provenientes del “afuera” y también con los del “adentro”. Pero siendo que la contradicción nos habita, las tensiones serán inevitables y no podremos culpar de ello a nadie. Allí están (y estarán) esperando ser superados, aunque esta resolución lleve más tiempo del deseado.

Y aunque arribemos a lugares paradisíacos o las economías personales estén resueltas, las pugnas nacidas en estas contradicciones humanas son capaces de quitarnos sonrisas.

Cuando estas tensiones, conflictos o disputas internas cesan, es porque han sido elaboradas, y con ello recuperamos el estado de calma, tranquilidad o bien esa llamada “paz interior”. Y es aquí, bajo ésta condición psicológica, que la vida adquiere nuevo sentido y logramos sentir un estado de felicidad tan profundo como sereno, y en ocasiones, silencioso.


Posición existencial (*)

Hacia dónde dirigimos la vida, no debiera ser un acto impuesto. Las personas desarrolladas en contextos socio-afectivos, tales como familias, escuela, trabajos, con continencias emocionales y productivas, quizás tenga más entrenamiento en procurar sus propios objetivos y esforzarse por alcanzarlo. Pero no todos crecimos en estos contextos favorables. Mucho menos en familias donde faltó trabajo, ciclos escolares interrumpidos y escasa contención de los hijos. En estos particulares ámbitos, las perspectivas de evolución son muy diferentes.

El desarrollo de jóvenes con búsqueda de autonomías y logros de sus anheladas metas, son mucho más favorables cuando crecieron en contextos familiares donde hubo estabilidad laboral, algún tipo de progreso económico y especialmente, constantes acompañamientos afectivos.

¿Por qué hace falta recordar esto? Porque existes muchas personas convencidas que las oportunidades son iguales para todos y todas. Por cierto, no es así. Es como el acto de ver. Todos podemos apreciar lo mismo sin embargo la significación que le otorgamos a lo visualizado, no es igual. ¿A qué se debe? A los atributos valorativos que le entregamos a los “objetos”. Ellos se modifican de acuerdo al contexto socio-afectivo-productivo desde donde apreciamos la realidad.

Son improntas emocionales y racionales que determinan un modo de ver y estar en este mundo. Y que pueden modificarse con el desarrollo personal, siendo capaz de transformar las carencias o limitaciones que padecimos en la infancia y con ello, superarnos.

(*) Si bien es una conocida expresión del Análisis Transaccional, donde Eric Berne (su creador) establece que todas las personas poseen una percepción respecto de sí mismas, de las otras personas y de la vida. Utilicé esta expresión sencillamente como síntesis conceptual.


¿Se cumplen los buenos deseos?

Sí claro! lo sabemos: la vida no cambia porque llega un nuevo año. No alcanzan todos los amorosos deseos unidos para cambiar los destinos sociales y personales. Pero los escuchamos y los recibimos con alegría. De la misma manera y con sinceras palabras, los transmitimos. Este coral anhelo de vivir mejor, nos unifica en las fiestas de fin de año, aglutinándose como en pocas ocasiones. Han brotado contagiosas y aún los parcos de expresión o desconfiados de las exaltaciones colectivas, finalmente, las pronuncian con sonrisas.

Bien sabemos que los cambios llegan cuando en cada uno se afirma la convicción de tomar nuevos rumbos o fortalecer los actuales. Y también mejoramos como sociedad, cuando las dirigencias democráticas transforman en realidad sus promesas electorales, a pesar de tantos intereses que obstaculizan porque apenas velan por sus sectoriales fines.

Resulta cierto que cuesta tomar las decisiones de cambios, las que asociadas a mejorías y alegrías, deben primero enfrentar miedos que frenan, inseguridades que detienen o fantasías que paralizan. Pero cuando superamos estos impedimentos psicológicos, nos animamos y nos disponemos a marchar hacia las nuevas o viejas ideas que ahora, por el sencillo y necesario acto de estar convencidos, decidimos alcanzarlas.

 Y es en esos momentos que las cataratas de buenos deseos que anidaron en el alma en estas últimas horas, se arremolinan tras las propias decisiones, iluminando los pasos encaminados a vivir mejor. Esta porción de coraje en la toma de grandes decisiones es el mejor socio de los buenos deseos individuales y también de los pueblos, merecedores de un mejor destino.

Por estos cambios deseados hay que trabajar con entusiasmo todos los días del año. Solo así se hacen realidad.


El otro reloj

En el acontecer diario no lo percibimos. Solo cuando nos detenemos del cotidiano trajín, lo distinguimos. El reloj que a diario nos organiza, también anuncia silencioso que el tiempo pasa. Al apreciarlo, permite que observemos lo bien o mal que estamos viviendo. Quizás nos anticipa algo de lo que vendrá, pero sobre todo, nos recuerda que queda menos tiempo.

No es un recordatorio triste. Lo que hacemos con él, es lo importante. Y aunque sea personal, en este “ser y hacer” están involucrados muchas personas. A los cercanos, los reconocemos de inmediato y los que no, pueden estar más cerca de lo que imaginamos.

Me gusta pensar y desear que la vida transcurra en coherencia con lo que hacemos, pensamos y sentimos. Como todo anhelo, para alcanzarlo “debemos trabajar” a diario. Porque implica acciones, pero sobre todo reflexiones. Así hacemos “ajustes”. Con ello mejoramos y nos superamos. Pero importa que en este progreso, estén los otros incluidos. Como una siembra, cuyo cultivo alimenta, mientras nos saciamos, debemos compartir. Al dar recibimos. Al recibir, damos un poco más.

Hablar de esto no es fácil en un mundo apegado a lo material. Pero como somos habitantes del universo espiritual, en este territorio, también somos “productores de bienes” que nos acercan a las elevadas metas que todas las personan soñamos: VIVIR EN PAZ. La que quizás se alcanza dando y recibiendo amores estables. Compartiendo saberes. Amaneciendo cada día con humildad por los logros y consciente de lo que nos falta. Con gratitud por todo lo bueno que recibimos y también por aquello que fue doloroso, y nos hizo crecer.

Cuando el reloj del tiempo avanza, y lo hace a la par del crecimiento personal, el paso de las horas no entristece. Solo nos recuerda que vamos marchando por el rumbo elegido. El cual nos prepara en silencio para despedirnos con alegría cuando el tic tac se llame a silencio.


Tristezas escondidas

También circulan cercanas, personas descreídas y dañadas que viven y caminan cercanas. Van con sonrisas armadas y esconden tras las apariencias y formalidades, sus tristes penas. Pueden estar muy cerca, a nuestro lado, pero disimulan muy bien su sufrimiento. Son capaces de conversar como si tuvieran genuino interés en las charlas que entablamos.

No les gusta mentir, eso es cierto. Pero mucho menos les agrada mostrar su dolor. Son personas que saben retirarse a tiempo cuando tienen la plena sospecha que pueden ser descubiertas. Se tornan esquivas y ágiles para alejarse sin despertar comentarios. Sufren. Especialmente sufren por penas de amor. Y cuando estas llegan, lo hacen para quedarse por mucho tiempo. En ese largo proceso, viven tan incómodas, como escondidas. Son personas que saben cuán difícil resulta vivir como si nada les pasara. Sin embargo viven ocultando su pena con una guapeza sorprendente.

Hasta que el arribo de una primavera descuidada los despabila y casi sin darse cuenta, y sin necesidad de demostrarlo, vuelven con espontaneidad a sonreír a sus anchas.


De luces y decisiones

Los días iluminados en que la vida transita como deseamos, no ocurre por casualidad.

 Sucede porque decidimos, y no siempre desde la racionalidad, encender la propia luz que alumbra la confianza, la seguridad y sobre todo las creencias. Esas mismas que andaban circulando, pero ensombrecidas.

Es que creer en uno y en los otros, unidos por sentires y pensares, nos empuja a lugares más elevados.


De sol y espíritu

El espíritu se las ingenia para encontrar el sol. Entrenado y dispuesto, sabe serpentear los obstáculos del sendero. Pertinaz y obstinado, supera los quebrantos que dejan las frustraciones y previo al desbarranco, tuerce el rumbo y esquiva la mayor caída.

Domador virtuoso de pesares que los incorregibles desamores repiten. Recompone ánimos solo para seguir insistiendo.

El Astro Rey, sabio sin corona, distingue y abriga al espíritu sencillo que solo busca energía para seguir andando y hacerse cargo de su destino. A propósito, no faltan ocasiones en que lo encuentra y las sonrisas persisten.


De difícil día

Hay días, hay horas, en que todo se complica. ¡Hasta las simplezas conspiran!. Son éstos los mejores momentos para pausar. Detener la marcha adversa y tomarse un respiro.

Se recomienda beber un café, un té. Escuchar música suave y luego, serenamente, retomar lo previsto.

Increíblemente, todo será distinto. Las complicaciones se retiran y retorna el micro-clima armónico. Se arriba de esta manera a lo previsto y sobre todo, se disfruta el resultado.

(¿Quién no ha tenido un día difícil?)

Hay días...

En que las flores del jardín nos regalan el mejor paisaje.

Que la vestimenta no usada por tiempo, sale del placard y nos viste elegante.

Que al volver a la pizzería del barrio, nos reencontramos con la mejor pizza.

Que al leer el viejo libro ya leído, atrae tanto como la primera lectura.

Que al encender la música adormecida, nos despierta emociones escondidas.

Hay días que nos recuerdan que las buenas cosas del pasado siguen vivas. Y nos anticipan, que continuarán haciéndonos felices.


Honradez emocional

En la diaria marcha de la vida, avanzamos portando lo que tenemos y nos falta. ¡Allá vamos! con nuestras luces y sombras. Dando y recibiendo. No como acto mecánico, sino como una entrega continua de ideas y afectos.

Los intercambios que portan sentires, son los que llegan más hondo. Es cierto que hay personas con dificultades para expresar la afectividad, pero no carecen de ella.

Cuando los intercambios interpersonales se realizan sin las “capas” que recubren o protegen, adquiere una espontaneidad que muda los aspectos defensivos o temerosos que rondan. Esta franqueza afectiva facilita el fluir de la esencia y permite una conexión genuina entre las personas.

Esta honradez emocional brinda solidez a los vínculos y es, quizás, una de las cualidades humanas más preciadas.


Lic. Mario Sarli

Psicólogo

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