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Sin sal - 2 de Julio de 2022 - Nota vista 567 veces

ARROYO TORRES, ENTRE LOS CONQUISTADORES Y COLONIA SANTA MARÍA

Era muy difícil caminar por el borde del arroyo. Barrancas, huecos y matorrales de sarandí, pero para adentro era peor. Costa desmontada a hacha y llena de tocones de árboles de monte, pero ya rebrotando. A pesar de la marcha dificultosa, voy tiritando de frío, y cada vez que paso agachado donde hay ramazón, salgo más empapado por el rocío. La neblina recién empieza a abrirse y distingo el arroyo como treinta metros debajo de la barranca.

La costa está resbalosa, tanto que a veces tengo que ayudar a los perros a trepar. Llego frente a un nuevo zanjón: hay que saltar. Caigo agachado del otro lado y pierdo pie. Doy un tumbo de costado y para proteger la escopeta de golpes, la alzo con una mano. En la caída, la correa donde llevo suspendida la bolsa de sal, se engancha en una rama y con el peso de mi cuerpo, se rompe. Consigo agarrarme de una raíz, pero la bolsa de sal se va derecho al agua por la barranca y oigo el chapuzón que da en el agua rápida.

Me quedo sostenido agarrado a la raíz y es tal el efecto que me causa la pérdida de la sal, que permanezco tumbado, sosteniéndome de la raíz, sin atinar a nada.

Finalmente me decido: me desembarazo de las armas y de la mochila, y con grandes precauciones para no rodar, comienzo a bajar por la barranca resbalosa. A medida que bajo, comienza la rabia a atormentarme. Por regla general tengo paciencia para esas cosas graves, pero dormí mal, mojado, estuve media hora para poder prender el fuego porque la leña estaba húmeda: al hacer mate, quemé la yerba, que no pude cambiar porque me quedaba poca. Abajo, en la orilla, corre rápido el agua y donde cayó la bolsa, hay un pozo bastante profundo. Como el arroyo es cristalino, me parece distinguir, allá en el fondo un bulto que se parece a mi bolsa. Me desvisto. Toco el agua con el pie: está helada. Sin el embarazo de la ropa siento el cuerpo duro de frío, pero tomo coraje y allá voy, de cabeza al arroyo.

La profundidad es grande: calculo dos metros y medio. Aguantando el aire, busco en el fondo unos momentos entre las raíces del fondo: nada.

Pruebo otra zambullida con el mismo resultado negativo y para colmo me lastimo con una rama o algo así. El dolor es fuerte y dando diente con diente de frío. Para peor se levanta viento sur, y los perros están hechos sopa de andar entre los yuyos, dos se acostaron arriba de la mochila donde tengo una única camisa seca. Me pongo los pantalones mojados, la camisa mojada, y encima el saco de lana mojado. Empiezo a trepar la barranca y me duele la pierna con el corte. Al llegar arriba me siento en un tocón y permanezco mirando hacia la otra costa, sin sentir ya el frío. A la bolsa se la ha llevado la correntada arrastrándola por el fondo. Corre mucho allí.

Los días siguientes, sueño con sal. Voy pensando en ella y la forma tonta de perderla. La carne de bicho de monte sin este ingrediente es fea para tragarla. Comí una liebre asada condimentada solo con un poco de menta y otro yuyo que creo que es hierbabuena y laurel, pero este último más bien para comidas de olla.

Desde la mañana dejé el cauce del arroyo y marcho atravesando el monte en dirección al oeste, cansado, de mal humor y obsesionado con la sal.

De pronto, los ojos se me agrandan de sorpresa: he visto el techo de un rancho que asoma entre unos renuevos de monte. ¡Quién será que vive por estos parajes deshabitados! Me extraño de no encontrar ninguna picada que lleve al rancho, ni perros que me salgan. Cuando llego cerca, veo que el techo está medio hundido, más bien desaparecido.

Al rancho ya lo va apretando el monte. Solo un pedazo de tierra apisonado, a la entrada, no le ha ganado el cañaveral. Por la paja del techo la tapera estaba bien construida pero abandonada hacía varios años.

Entro: en un rincón hay un resto de paja cortadera que seguramente sirvió de cama a alguien. En la otra esquina hay una madera que parece un resto de tapa de baúl y debajo una vieja olla de fierro de tres patas.

Los perros también entraron y después de husmear un poco, se echaron a descansar. Silencio en el rancho, solo interrumpido por el jadear de los perros. Al atardecer aparecen alguaciles “Lluvia”, pienso. Mala cosa porque tengo poco techo, pero se comen los mosquitos, así que bienvenidos mientras no sea con viento.

Mi esperanza de sal se ha desvanecido, en ese rancho no hay nada. Por eso me quedo parado, quieto.

Dejo las armas y la mochila en un rincón más protegido, por si llueve. Voy al rincón del rancho e inconscientemente empujo con el pie la vieja madera que tapa la olla: siento que la sorpresa me paraliza: tengo ganas de aplaudir y de gritar… ¡Adentro de la olla hay sal! ¡¡Sal!! Está envuelta en una bolsa medio podrida o parece sal

Con grandes precauciones, como si llevara copas de cristal, acarreo la olla vieja hacia la puerta del rancho donde hay más luz, la pongo en el suelo y contemplo la sal. Con suavidad tomo un grano de la parte que está más limpia, me la pongo en la boca y lentamente la paladeo ¡¡Sal!!

Al rato ya arde el fuego, y estoy asando unas perdices que cacé hace unas horas.

Afuera el nublado se ha cerrado de pronto y caen las primeras gotas: en el lugar donde estoy el techo está bastante bueno y el agua no pasa.

He terminado de comer, de comer con sal. Cae la lluvia, y resbalando por el viejo alero, repica en los charquitos que forma. Canta con un murmullo el llover en el monte. Hasta ese enemigo del que marcha que son los renuevos de monte, me agrada cuando lo iluminan los relámpagos.

Al calorcito del fuego, luego de matear un rato, me adormilo. Las llamitas se mueven con el viento iluminando de rojo los ojos de los perros.

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