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25 de Junio de 2022 - Nota vista 770 veces

Saint-Exupéry - “Tierra de los hombres”

Cap. V: “Oasis”, 2ª parte: Las jovencitas…

Continuamos con la lectura de “Oasis”, después de haber admirado, en la primera parte, la descripción del “Castillo San Carlos”, tan detallada y respetuosa, que hace Antoine de Saint-Exupéry, al relatar su visita al lugar en 1929. En esta segunda entrega del capítulo V de “Tierra de los hombres”, serán protagonistas las chicas, hijas del matrimonio Fuchs Vallon, Suzanne y Edda, que en esa época, tenían 17 y 11 años respectivamente. Ellas, criadas en ese ambiente agreste y natural, sorprenden, como veremos, al aviador con sus actitudes, comentarios y alusiones…

“De un modo muy natural, habían desaparecido las jóvenes en esa casa de prestidigitación.

“¿Pasamos a la mesa, si gusta usted?”

“Pasamos a la mesa. Aspiraba, de una a otra pieza, esparcida como incienso, ese olor de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo. Y, sobre todo, me atraía el transporte de las lámparas. Verdaderas lámparas pesadas que se acarreaban de una pieza a la otra, como en los más profundos tiempos de mi infancia y que movían, en las paredes, maravillosas sombras. (…) Luego, una vez en su sitio las lámparas, se inmovilizaban las playas de claridad y esas vastas reservas de noche, todo alrededor, donde crujían las maderas”.

“Las dos jóvenes reaparecieron tan misteriosamente, tan silenciosamente, como se habían desvanecido. Se sentaron a la mesa con gravedad. Sin duda habían alimentado a sus perros, a sus pájaros, abierto sus ventanas a la noche clara y gustado en el viento de la noche el olor de las plantas. Ahora, al desplegar sus servilletas, me vigilaban con el rabillo del ojo, con prudencia, preguntándose si me clasificarían o no en el número de sus animales familiares, porque ellas poseían también una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas. Todos ellos viviendo entremezclados, entendiéndose maravillosamente, componiendo un nuevo paraíso terrestre. Reinaban sobre todos los animales de la creación, encantándolos con sus manitas, alimentándolos, dándoles de beber y contándoles historias que, desde la mangosta hasta las abejas, todos escuchaban.

“Y yo me esperaba ver a dos jóvenes tan vivaces poniendo en juego todo su espíritu crítico, toda la finura de que eran capaces para formular un juicio rápido, secreto y definitivo sobre el ser masculino que las enfrentaba (…) Y yo me sentía más molesto al sentir tan despiertos a mis jueces. Jueces que saben distinguir los animalitos que engañan de los animales ingenuos; que saben leer en los pasos del zorro si está o no de humor abordable, que poseen un grandísimo conocimiento de los movimientos interiores.

“Amaba esos ojos tan agudos y esas almitas rectas, pero cómo hubiera preferido que ellas cambien de juego. Sin embargo, (…) yo les alcanzaba la sal, les servía vino, pero encontraba, al alzar la mirada, su dulce gravedad de jueces que no se venden.

“Hasta el mismo elogio hubiera sido inútil: ellas ignoraban la vanidad. La vanidad, pero no el hermoso orgullo. Y pensaban de sí mismas, sin mi ayuda, mejor de lo que me hubiera atrevido a decir. No pensaba siquiera en extraer prestigio de mi oficio pues es también audacia el trepar hasta las últimas ramas de un plátano y ello simplemente para controlar si la nidada de pájaros crece sin tropiezos y para saludar a los amigos.

“Y mis dos silenciosas hadas vigilaban siempre tan bien mi comida, con tanta frecuencia hallaba sus miradas furtivas, que cesé de hablar. Se produjo un silencio y durante el mismo algo silbó ligeramente sobre el piso, murmuró bajo la mesa y luego se calló. Alcé una intrigada mirada. Entonces, sin duda, satisfecha de su examen, pero usando de la última piedra de toque y mordiendo el pan con sus jóvenes dientes salvajes, la menor me explicó simplemente, con un candor con el cual confiaba, por lo demás, dejar estupefacto al bárbaro, si acaso yo era uno de ellos:

-'Son las víboras'.

“Y se calló, satisfecha, como si la explicación hubiera debido bastar a cualquiera que no fuera demasiado tonto. Su hermana lanzó una rapidísima mirada para juzgar mi primer movimiento, y ambas inclinaron sobre sus platos los rostros más dulces e ingenuos del mundo:

'-¡Ah!...son las víboras…'

“Naturalmente que se me escaparon esas palabras. Aquello que se me había deslizado por mis piernas, había rozado mis pantorrillas eran las víboras...

“Felizmente para mí, sonreí. Y sin forzarme, pues las jóvenes lo hubieran descubierto. Sonreía, porque estaba alegre, porque esta casa me gustaba, decididamente, más a medida que pasaban los minutos y porque yo también experimentaba el deseo de saber algo más acerca de las víboras. La mayor vino en mi ayuda:

-'Ellas tienen su nido en un agujero bajo la mesa'.

-'Alrededor de las diez de la noche vuelven -añadió la hermana-, cazan de día'.

 “A mi vez, a hurtadillas, miré a las jóvenes. Su finura, su risa silenciosa detrás de los rostros apacibles. Y admiré esa realeza que ejercían…”

“Ahora, sueño. Todo ello está muy lejano. ¿Qué se ha hecho de esas dos jóvenes? Sin duda, se han casado. Pero entonces ¿han cambiado? Es muy serio pasar del estado de muchachas al de mujer. ¿Qué hacen en una casa nueva? ¿Qué se ha hecho de sus relaciones con las hierbas locas y las serpientes? Estaban mezcladas a algo universal. Pero llega un día en que la mujer se despierta en la joven. (…) Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez la aguda mirada se equivoca y se ilumina con bellos colores. Al imbécil, si dice versos, se lo cree poeta. Si piensa que comprende los pisos agujereados, se cree que ama a las mangostas. Se cree que lo halaga la confianza de una víbora que cimbrea bajo la mesa entre las piernas. Se le entrega el corazón que es un jardín salvaje, a él, que sólo ama los parques cuidados. Y el imbécil lleva, a la esclavitud, a la princesa”.

Es muy interesante el retrato que hace de Suzanne y Edda Fuchs Vallon, y conmueve su preocupación por los hombres que compartirían la vida de cada una de estas “hadas” tan especiales.

Esta obra fue publicada en febrero de 1939 -diez años después de su estadía en San Carlos-, y obtuvo el Premio a la Novela, de parte de la Academia Francesa.

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