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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 24 de Abril de 2021 - Nota vista 1883 veces

Vapores y balsas en el recuerdo: Un río que fue perdiendo importancia

Como los viajes a Buenos Aires en auto por la Ruta N 14, como ya he relatado en otra nota, eran largos y con las dificultades que significaba el servicio de las balsa; sin embargo existía la posibilidad de hacerlo en las dos líneas de colectivos que existían (Expreso General Urquiza y Expreso Azul) pero estos eran incómodos, lentos y paraban en todas las terminales del camino, por lo que el viaje se hacía eterno.

 Además en Buenos Aires te dejaban en un sitio bastante feo. Calle La Rioja, detrás de Plaza Once, aunque allí ya se llama Ecuador, que en ese tiempo estaba lleno de hoteles de mala muerte que eran verdaderos tugurios y además, muchas veces no conseguías taxis en ese sitio poco iluminado y peligroso en ese tiempo (hoy también).

La otra opción era el tren-vapor. ¿Qué era esto? Bueno pues, el Ferrocarril General Urquiza vendía pasajes a Puerto Uruguay, no a la Estación Central, y el tren te dejaba en el puerto, frente al vapor que ya estaba esperando. Lo único que tenías que hacer era sacar las valijas del tren y subir por la planchada del vapor, porque el pasaje ya lo habías pagado en Concordia. Estaba todo incluido Los vapores que recuerdo eran el “Alvear”, el “Washington”, el “Artigas”, el “Ciudad de Buenos Aires” y después que este naufragó, venía en su lugar el vapor “Ciudad de Corrientes”

En este vapor hice mi último viaje a Buenos Aires en 1959, pero en esa oportunidad con una variante. Salimos desde Concordia, aunque no en el “Ciudad de Corrientes” que era un barco grande de casi 100 metros de eslora por casi 20 de manga, sino en uno bastante más chico llamado “Ciudad de Concepción” 64 de eslora y 11 de manga.

Con un amigo, “Manucho” Quiroga, por distintas razones debimos viajar a la capital. Pedimos permiso para abordar el vapor por la noche, ya que salía a las 8.00 de la mañana y para nuestra extrañeza, nos lo permitieron. El barco era chico, realmente pero los camarotes eran cómodos. Aunque las camas cucheta superpuestas eran muy angostitas, tenían si, un pequeño lavatorio y una mesita empotrada. A la mañana siguiente nos despertamos con el bullicio de la gente que subía y por el remolcador que realizaba el enganche del “Ciudad de Concepción” para luego hacerlo girar y colocarlo en el canal.

Aun estando el rio bajo, el balizamiento de la zona de “Corralito” evitaba cualquier varadura. Pasando la curva del Frigorífico (en ese tiempo en plena actividad) era muy vistoso el paisaje de la zona de Cerro de La Cruz, luego Puerto Yeruá y la Meseta de Artigas, por las características de la costa acantilada de tierra roja, muy agradable de ver desde el río, entre islas de follaje muy verde. Arribamos a Colón al medio día. Allí debíamos trasbordar al vapor “Ciudad de Corrientes” que era un barco grande de tres cubiertas, muy cómodo y hasta diría suntuoso, con un gran comedor y salón de música. Muy confortables camarotes con ventiladores eléctricos y las cuchetas bastante más amplias. También un lavatorio con pie y sus toallas, una mesita con jarra con agua y vasos en sus soportes.

Todos los pisos lustrados y las escaleras internas alfombradas con barandas de bronce. Llegamos con tiempo para almorzar en Colón ya que la hora de salida del vapor desde allí era a las 14 h. Fuimos caminando hasta un restaurante que quedaba cerca, enfrente a la Prefectura, muy cerca de donde esperaba el vapor y tuvimos perfecto tiempo de comer con tranquilidad. De regreso nos quedamos esperando la partida del barco de un puerto como el de Colón, preparado perfectamente para un tráfico importante como el que tenía en ese tiempo.

Colón era parte importante en el recorrido de los vapores, ya que disponía de un buen puerto con calado suficiente para su utilización en cualquier circunstancia. También disponía de una balsa para doce vehículos que vinculaba a la ciudad de Colón con la vecina Paysandú (ROU). Sin embargo, el tráfico fluvial de este importante puerto cesó el 23 de julio de 1963, ya para no volver.

El viaje continuó desde Colón con un panorama del río de una hermosura deslumbrante, con islas frondosas, chicas y grandes, algunas muy largas que terminaban en una inmensa playa, bancos de arena llenos de aves y ese deslizarse que tenían los vapores tan confortables. La noche era también otro de los atractivos, ya que tenían una sala de música, donde se jugaba a las cartas o se podía tomar una copa o un café en un ambiente placentero y elegante como también establecer alguna relación casual.

La cena era también algo acorde a ese ambiente, bien servida, bien atendida y con una muy buena vajilla, algunas de las cuales todavía ostentaban la “D” de la empresa Dodero, aunque a esa altura ya pertenecieran a FANF, Flota Argentina de Navegación Fluvial.

El paseo por la cubierta superior por la noche era también uno de los atractivos del viaje porque en ese tiempo, el Uruguay era un rio de tránsito normal. Por esta razón, cada tanto, la nave se cruzaba con otra, de carga o pasajeros o con una draga trabajando en plena noche, toda iluminada. Hasta que el barco se fue silenciando, desde el salón de música o del comedor, por lo que era ya tiempo de ir a dormir, ya que el vapor arribaba a Buenos Aires a las 8 de la mañana.

A las 7 de la mañana ya estábamos desayunando un café con leche servido con esas cafeteras y lecheras relucientes y con una panera llena de tostadas, manteca en rulitos, y mermelada. Una vez que lo tomamos, ya teníamos todo el equipaje listo para desembarcar porque no queríamos perdernos el espectáculo del arribo. En ese tiempo, aún antes de divisar los edificios de la ciudad de Buenos Aires, lo primero se veía eran las enormes instalaciones del Frigorífico ANGLO con ese nombre sobresaliendo antes de divisar la ciudad propiamente dicha.

 Asi fuimos arribando a la dársena sur como se le llamaba en ese entonces, de donde venía surgiendo un enorme transatlántico de nueve cubiertas. Recuerdo que era el “Augustus” de bandera italiana. Nuestro “Ciudad de Corrientes” a su lado parecía una cascarita. Tenía que esforzarme para mirar para arriba para ver la cubierta superior.

Es cierto que los adelantos hoy en día permiten estar en Buenos Aires, a buena marcha en 5 horas en auto y en ómnibus en algo más de 6 en bien de la rapidez. No puede compararse con un viaje que insumía un día completo. Sin embargo, ¡Que no daría por repetir aquellos viajes que eran verdadero disfrute! El embeleso de un viaje descansado y cómodo que el tiempo viejo nos regaló y además, lo cierto es que la mayoría de las veces, nuestro apuro o nuestra urgencia por llegar no es tal, es solo una costumbre.

Sin embargo el tramo comprendido entre Colon y Concordia, una vez más ha sido postergado por la CARU. (El Heraldo 15 de marzo pág. 5) No hay ninguna inversión prevista para este tramo.

A pesar de que los informes de las prospecciones realizadas, han establecido que ese tramo es perfectamente navegable por naves con un calado de 9 pies (2,74), o sea que puede ser utilizado por barcazas semejantes a las paraguayas de 1200 t que utilizan el río Paraná con una carga de 2000 t, cala solo 8 pies y que incluso forman convoyes. Pero para eso se necesita una visión que no se advierte, al menos en ese informe.

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