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Por Dario H. Garayalde para El Heraldo - 21 de Noviembre de 2020 - Nota vista 1135 veces

El conscripto Bernardi, un héroe entrerriano

El conscripto Anacleto Bernardi nació en la zona rural de San Gustavo, en el Departamento La Paz el 13 de junio de 1906. El servicio militar lo cumplió lejos de su pago. Le tocó prestar servicio en la Base Naval de Puerto Belgrano, adonde arribó en enero de 1927. Bernardi se destacó enseguida por ser un gran nadador.

Además, su desempeño como soldado conscripto fue ejemplar. No pasó inadvertido para sus superiores, por lo que fue premiado por algo esperado por todo conscripto naval. Hacer el viaje de la vuelta al mundo a bordo de la “Fragata Sarmiento”, buque escuela de la Armada Argentina, en compañía de los 40 cadetes recibidos. Allí se desempeñó con su acostumbrado entusiasmo, en ese velero poseedor de 21 velas de 24.000 pies cuadrados. El barco navegaba a una velocidad de 13 nudos, por lo que el viaje se hizo largo para Bernardi, pasando mucho frío y recibiendo mucho viento marino.

Comenzó a tener una tos persistente, que se transformó luego en un dolor en el tórax que le dificultaba respirar cuando aún no habían arribado a Italia. El médico de a bordo le diagnosticó una pulmonía, por lo que le indicaron descanso y su regreso a la Argentina, en cuanto le fuera posible. Cuando la fragata arribó a Génova, el capitán de la fragata le consiguió allí pasaje para regresar a Buenos Aires en el “Principessa Mafalda” próximo a partir. Esta era una nave de lujo italiana y que desarrollaba una velocidad de 18 nudos. Fue designado para acompañarlo en el viaje el cabo artillero Juan Santororo. El nombre del buque, homenajeaba a la princesa Mafalda de Saboya, hija del rey Víctor Manuel III y de la reina Elena.

Ese barco era un veterano de los muelles de Buenos Aires, ya que llevaba casi 20 años uniendo las costas ligures con nuestra capital. Es cierto que este hermoso buque había sido superado por naves más modernas, pero muchos viajeros seguían siendo fieles a esta suntuosa nave. Sin embargo, en ese octubre de 1927 se preparaba para realizar el último viaje, que lo fue en realidad, aunque no por decisión propia. El Principessa Mafalda estaba a cargo del capitán Simón Gulli de 55 años de edad.

La partida estaba establecida para el 11 de octubre, pero el capitán Gulli estaba preocupado por las máquinas de propulsión y por las reparaciones realizadas de apuro, para alistar su partida en fecha. Pero pasó la hora de partida sin que el Mafalda se moviera del puerto de Génova. Lo que sucedía era que un grupo de mecánicos trabajaba en las entrañas de la nave. Finalmente, al atardecer de ese día desembarcaron a los sudorosos mecánicos, pero que al cabo naval Santororo, no le pasó desapercibido que algo no andaba bien en el Mafalda. Al capitán Gulli se le dio la orden de zarpar a velocidad de crucero corriente y pronto perdieron de vista las costas de la Liguria.

Llegaron con bastante atraso a Barcelona porque la vibración del barco no era normal, por lo que redujo la marcha. En Barcelona estuvieron detenidos 24 horas para arreglar una bomba. No hubo en cambio mejora en la vibración, eran anormales y tan intensas que molestaban a los pasajeros alojados en popa del lado de estribor, llegando a ser una tortura para ellos. Dejaron atrás el Mediterráneo y ya habían pasado Gibraltar, cuando la máquina de babor dejó de funcionar. Trataron de repararla, pero no lo consiguieron y el Mafalda siguió viaje con una sola máquina durante un día entero hasta arribar a las islas Cabo Verde. Allí repararon la máquina y el Mafalda abandonó las islas portuguesas enfilando a las costas de Brasil, iniciando el cruce del Atlántico. Pero las vibraciones seguían, pisos, techos y mamparas trepidaban visiblemente. La máquina de babor seguía funcionando mal, hasta que dejaba de hacerlo por completo, escorando el barco y avanzando en zigzag mientras perdía velocidad. Llegó finalmente a las costas del Brasil.

El día 24 estaba frente a Porto Seguro, y ese mismo día, el carguero Alhena procedente de Rotterdam con destino a Buenos Aires se adelantó al “Principessa Mafalda”, perdiéndose hacia el sur.

El capitán Gulli tenía cierta preocupación por las peligrosas costas de Abrolhos. Esa palabra es un apocope del portugués Abre Olhos, Abre Ojos, y con razón porque allí hay una maraña de islas, islotes, peñascos y rocas sumergidas que se extienden por 32 km mar adentro. Solo un faro colocado en una de ellas que emerge, señala con su haz luminoso la peligrosa zona. Sabiendo eso, el Principessa Mafalda navegaba a 8 millas más afuera. Tal vez por eso el capitán Gulli ordenó aumentar la velocidad del barco. A las 15.10 el italiano volvía a pasar al Alhena. El capitán del barco holandés de apellido Smoolenaars veía pasar al transatlántico y le llamó la atención que no marchara en línea recta y el casco inclinado, pero no le dio importancia a esa anomalía.

Ya atardecía y los mozos del Mafalda preparaban las mesas para la cena. La gente paseaba por las cubiertas y desde tercera clase se oía música de acordeones y guitarras.

Pero hacia las 19 un ruido sacude al barco. Calla la música y el estupor es generalizado. Además el barco se ha detenido. El capitán comienza a reunir datos de lo sucedido, y no tarda en enterarse. Se ha partido el árbol de la hélice izquierda y se salió. Las enormes palas continuaron el movimiento giratorio y chocaron con el casco produciéndole un enorme desgarrón. El capitán ordenó detener la máquina restante, abrir las válvulas y apagar las calderas. Como medida de precaución ordenó a los telegrafistas pedir auxilio. Comenzaron a sonar las sirenas y la tripulación comienza a bajar los botes y repartir salvavidas. A todo esto, el capitán ordenó cerrar todos los ojos de buey, lo que no fue cumplido y comienza a entrar agua a raudales. Le informan al capitán que el agua ya inundó la sala de máquinas. Gulli hasta ese momento creyó posible salvar la nave, pero con esta nueva entiende que está perdida. El Principessa Mafalda se hunde sin remedio.

Ya se percibe que se está hundiendo la popa. El sonido de los silbatos, el rechinar de las roldanas de los botes y la inclinación de la nave es percibida por los pasajeros. Comienzan a caer los objetos, muebles, anaqueles se van deslizando y caen con estrépito. Los despavoridos pasajeros de la tercera clase invaden todos los sitios buscando la salvación. El orden con el que se estaban realizando las tareas de salvamento, se transformó en un sálvese quien pueda. El pánico es contagioso. Los botes estaban a medio bajar cuando llegó el pánico y todos querían subir a la vez. Los tripulantes por disposición de la empresa, no portaban armas. El cabo Santororo le dijo a Bernardi que busque salvarse. ― ¿Y Ud. qué va a hacer mi cabo? ― Me voy a poner a disposición del capitán― le dijo Santororo. ―Me quedo con Ud.― fue la contestación.

Ambos se presentaron al capitán para ponerse a sus órdenes.

Dos barcos recibieron el SOS del Mafalda y como estaban en las inmediaciones, lo tenían a la vista. Uno era el holandés Alhena y el otro el buque Empire Star, nave inglesa que se acomodó a estribor del transatlántico. Varias naves no tan cercanas acudieron al llamado y todos comenzaron a arrojar salvavidas y proceder al rescate. Pero como el barco ya estaba muy inclinado, los pasajeros se apretujaban en la borda sin atreverse a arrojarse al mar oscuro. El conscripto Bernardi y el cabo Santororo empujaban al mar a los indecisos. El radiotelegrafista y su segundo, recién abandonaron su tarea cuando el barco quedó sin energía. Ya era tarde para salvarse y decidieron ir al puente y acompañar al capitán Gulli quien fumaba un cigarro, decidido a morir en su nave.

Simón Gulli pareció presentir el instante final del Principessa Mafalda, arrojó lejos su cigarro y llevándose el silbato a la boca dio dos largas pitadas que vibraron en la noche y desapareció. Con el buque desaparecieron 295 personas, entre ellos su capitán.

El cabo Santororo y el conscripto Bernardi ayudaron a innumerables náufragos a salvarse y llegar a los botes, hasta que Bernardi sucumbió atrapado por un enorme tiburón. Así murió este héroe de Entre Ríos, el conscripto Anacleto Bernardi. Hoy hay una estación del ferrocarril Gral. Urquiza y una localidad con su nombre a 30 km de Federal. Hay también muchas calles y paseos que lo recuerdan. En la ciudad de La Paz hay una plazoleta con su nombre. En la Base Naval de Puerto Belgrano hay un busto que homenajea en él al conscripto naval. Murió el 25 de octubre de 1927 a los 21 años.

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