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por Darío H. Garayalde para El Heraldo - 2 de Noviembre de 2019 - Nota vista 1543 veces

UN VIAJE ACCIDENTADO

Si alguien me hubiera dicho que ese no sería un buen día, sencillamente no le hubiera creído. Era un día de cielo diáfano de sol que iluminaba los campos y la ruta recién enripiada hasta Villaguay lucía pareja y sin serruchos, enemigos estos de toda suspensión.

Llegué a General Campos bastante temprano para ver el Dr. Daniel Pacharoni, uno de los dos únicos médicos del pueblo.

Ese día, me atendió la señora y me dijo que todavía no había abierto el consultorio y que en ese momento estaba tomando el desayuno pero, como éramos amigos, me hizo pasar al comedor.

El doctor me ofreció que lo tomara con él, lo que rehusé porque ya lo había tomado en casa. Sin embargo, me hizo probar un queso que me pareció delicioso.

Como yo quería comprar uno entero, me indicó un lugar, a la salida del pueblo donde lo fabricaban. Una vez que visité al otro médico Dr. Oscar Sivack y la farmacia, finalmente fui la lechería donde los hacían y compré uno entero

Yo viajaba en un Renault 4L, y en el asiento trasero llevaba una caja grande con las muestras y literaturas sobre la que puse el queso, porque que como el día era muy soleado no lo quise poner en el baúl, donde además llevaba la ropa y unas cajas.

En San Salvador, trabajé en las dos farmacias que allí había en ese tiempo y ya se hizo el medio día, por lo que dejé para la tarde para visitar a los médicos que en ese tiempo eran cuatro.

Cuando terminé de visitar al último de ellos cerca de las 7 de la tarde, pero el día estaba cambiando. El sol que caía al oeste se extinguía sobre las copas de los árboles. El día, como dije antes había sido primaveral, pero unas nubes oscuras iban tragándose el sol. De pronto se encendieron las luces del pueblo y el cielo se ennegreció al ras de los tejados.

Salí de San Salvador pensando que ya no me quedaría tiempo para visitar Villa Clara donde había un médico y una farmacia, razón esta por la que iba sin apuro y porque además, con el nuevo enripiado de la ruta no tenía miedo a la lluvia.

Se había cerrado ya la noche y en sentido contrario venía un camión con un solo faro, pero este alumbraba con la intensidad de una locomotora. En medio del polvo que dejaba el camión distingo lo que parecía una persona parada en medio del camino. Por esa razón me fui bien sobre la mano derecha, casi rozando el pasto. Cuando el camión pasó pongo de nuevo luces largas y veo que lo que yo pensé que era una persona, era en realidad la baranda del puente del arroyo Sandoval.

Frené a fondo y sin soltar el pie, el auto se siguió desplazando hasta que las luces alumbraron el arroyo y la orilla opuesta ¡no lo podía creer! y allí nomás me fui. Algo golpeó con fuerza mi cabeza desde atrás y el auto quedó quieto. Un poco aturdido, sin saber bien en qué posición estaba el auto, veo relámpagos, pero arriba mío. Después me di cuenta que el auto había quedado medio de costado, y lo que yo veía arriba mío era en realidad la ventanilla del costado.

No sufrí ningún daño físico, salvo el golpe fuerte en la cabeza, que luego descubrí que fue el queso que saltó de arriba de la caja. Noté que empezaba a entrar agua en el auto y entendí que era el momento de salir como fuera. No me fue fácil, ya que tenía que abrir la puerta hacia arriba y para salir apoyé los pies en el calefactor. Porque el agua llegaba a la altura de los pedales Una vez afuera, advertí que el auto ya no se hundía más. Luego de esperar unos momentos volví a entrar a sacar unos portafolios con cobranzas y la valija, lo que me dio bastante trabajo porque la valija estaba en el baúl.

Una vez en la ruta, hice señas y el primero que pasó, me subió. (Eran otros tiempos, por supuesto)

El señor que me auxilió me llevó hasta Villaguay donde una vez allí, fui a la policía a hacer la exposición para el seguro.

Siempre tan amable y comprensiva la policía, me dijeron que no me podían tomar la exposición y que debía hacerla en Villa Clara porque era jurisdicción de ellos la zona del arroyo Sandoval. ¡Pero yo estaba a pie!

Fui entonces al hotel, que quedaba a una cuadra de la policía y afortunadamente encontré un colega de Nestlé, quien se puso inmediatamente a mi disposición.

También comprendí lo que en realidad había sucedido. Sencillamente cuando enripiaron el camino, también ensancharon la ruta, pero los puentes quedaron como estaban, como aún están ahora, aunque ahora bien señalizados con mojones blancos.

Una semana después se mató en ese mismo lugar el dueño de la Óptica Lara, que chocó el pilar que yo vi y confundí con una persona parada en el medio de la ruta.

Desde el hotel llamé al Automóvil Club de Concordia para que me fueran a buscar, los que me dijeron que iban a ir sin falta, pero que iban a llegar como a las dos de la mañana, porque el remolque había ido hasta Federación. Claro está que mi preocupación era la tormenta que aún no se había descargado, porque esos arroyos, como el Sandoval crecen rápidamente, porque todos esos campos vuelcan el agua en su curso y temía que la correntada me llevara el auto (que era de Bayer).

Fuimos a buscar un fotógrafo en una dirección que me indicaron, pero este estaba acostado. Le conocí mala disposición para ir, entonces cuando me preguntó dónde era, le dije – Mire, es un puente grande, no lejos de , pero no sé como se llama.- (si le decía que era el Sandoval no iba a querer ir).

-“Ah, debe ser el Villaguay” dijo el fotógrafo

- Sí, creo que ese es- le dije

Salimos con mi amigo y el fotógrafo y cuando pasamos por el Villaguay y seguimos de largo dijo - ¿No era ese?

-No, le digo, es uno que está más adelante-

-Ah, será entonces el Sandoval-

-Sí, creo que así se llama le digo - (pero ya venía arriba, así que no dijo nada)

Fuimos entonces primero a Clara, a la comisaría, donde finalmente realicé la exposición. Un agente tecleaba laboriosamente con dos dedos en una vieja máquina Remington, con la correspondiente etiquetita de inventario pero, con una lentitud exasperante. Como en el pueblo no había luz, tenían un farol “sol de noche”, de los a bomba rodeado por un bicherío impresionante, posiblemente porque venía tormenta).

Cuando finalmente terminó de hacer y sellar la exposición, firmé y el comisario me dice –“Ahora con el agente tenemos que hacer la inspección ocular”-.

En realidad no tenían que hacer nada porque no era una denuncia sino una exposición para el seguro, pero probablemente estaban aburridos en un pueblo en el que nunca pasaba nada.

Así que les dije que vinieran, era una Estanciera así que cabíamos los cinco perfectamente.

-“Bueno, me dice el comisario, ahora le digo al agente que prepare el mate, y vamos”-.

Fuimos entonces al puente y el fotógrafo sacó las fotos y también tomamos unos mates, mientras en el cielo los relámpagos iluminaban la noche, pero todavía no llovía.

Eran recién las doce y media de la noche, y debíamos esperar hasta las dos hasta a que llegara el Automóvil Club. Le pedí a mi colega que llevara nomás al comisario, al agente y al fotógrafo, que de allí yo me arreglaría solo, sin embargo, todos ellos decidieron acompañarme a lo que fuera. Finalmente pasamos una buena noche con los cuentos de los milicos, que eran abundantes y bastante cómicos algunos de ellos.

A todo esto el cielo era un teatro, con relámpagos que lo atravesaban de punta a punta. Un trueno estalló encima de nosotros y parecía una descarga de artillería.

Finalmente llegó el remolque del Automóvil Club, que era un Baqueano doble tracción. Lo engancharon y comenzaron a cinchar. El auto se enderezó allá abajo, pero no salía. Sucedía que la cadena se enganchaba en la barranca y se enterraba, por eso no corría. Luego probaron atando la Estanciera al Baqueano cinchando los dos juntos, pero no resultó. En eso pasó un camión de esos Scania semi remolque y se detuvo. Se quedó mirando los esfuerzos que realizaban para sacarlo, el camionero era un rosarino y dice –“Con esho no lo van a shacá. Shi queré le enganchamo eshte y vas a ver cómo shale. Los del Automóvil Club dijeron que sí, pero que enganchara el camión al Baquiano remolque. Así lo hicieron, el camión hizo un rebaje, las ruedas giraron y salió como una pluma mi autito.

Después de agradecerle a mis acompañantes de esa noche, volví a Concordia en el remolque del ACA con el auto colgado. Finalmente la tormenta se descargó cuando pasábamos por San Salvador, y desde allí hasta Concordia vinimos bajo una lluvia torrencial.


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