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Fecha de emisión de correo de lector: 19 de Septiembre de 2022

Infierno en el Río de la Plata: un choque entre dos barcos, salvavidas inservibles y cien muertos

Escrito por:
Jorge Luis Ciucio

Rápidamente, se dieron las señales de auxilio por radio y por bengalas. Acudieron al lugar diversas embarcaciones, tanto de la costa argentina como de la uruguaya.

 Resultaba complicado el rescate ya que las personas, embadurnadas de combustible, se les escurrían de las manos a los rescatistas.

 Quince minutos después, a las 23:05, el Ciudad de Buenos Aires desaparecía de las aguas. Muchos náufragos fueron tragados por el remolino provocado por el hundimiento. Por mucho tiempo, solo quedó visible la punta de su mástil. Murieron 95 personas -72 pasajeros y 23 tripulantes- sin contar los desaparecidos o los bebés, ya que los menores de 10 años no sacaban pasaje y no se los anotaban como pasajeros.

 Uno de los rescatistas había dicho: “No voy a llorar, pero nunca me voy a sacar de mis oídos los gritos de la gente pidiendo auxilio”.

 El primero en llegar a la zona del desastre fue un remolcador que rescató a decenas de sobrevivientes. Luego otros barcos hicieron lo propio.

 Muchos fueron llevados a la isla Martín García y de ahí a Buenos Aires. Otros los derivaron a Nueva Palmira, en Uruguay. En el hospital fueron atendidos y lavados con kerosén para quitarles el combustible que tenían impregnado.

 Con el correr de los días ocurrió lo inevitable: aparecieron en las costas los cuerpos de víctimas y restos del trágico naufragio.

 El terrible derrotero de esta tragedia olvidada fue exhumado por Adriana Silvia De Arriba y Héctor Daniel De Arriba, nietos de Clotilde Bravo de Ayala, una pasajera que sobrevivió. En su libro El vapor Ciudad de Buenos Aires y nuestra abuela Clotilde: dos tragedias, pusieron de manifiesto las irregularidades que rodearon el hecho.

 La autopsia realizada al capitán reveló que sus vísceras tenían un alto grado de alcohol. Los hermanos contaron que el día anterior al hecho había sido su cumpleaños y que ese día lo había festejado. Las fotos de la autopsia desaparecieron.

 Se comprobó que la tripulación no había sido entrenada para enfrentar estos hechos y que sin esas falencias se hubiesen salvado más vidas. Los salvavidas pegados con pintura a las paredes del barco y la imposibilidad de bajar los botes salvavidas fueron agravantes. Y no era cierto que había niebla y escasa visibilidad.

 También comprobaron que ninguno de los capitanes, al momento de la colisión, estaba en sus puestos. Los oficiales fueron encontrados culpables de impericia e imprudencia, pero el capitán, los dos comisarios de a bordo y los dos prácticos -que entonces no era obligatorio que fueran parte de la tripulación, aunque sí baqueanos- estaban muertos.

El único vivo, el timonel Simón Alfiro fue exonerado porque cumplió órdenes. También fueron procesados el capitán y el práctico del buque extranjero.

Este último, luego de estar un tiempo detenido, sufrió una hemiplejía y falleció mientras se sustanciaba el proceso. El capitán regresó a su país y nunca respondió a las citaciones de la justicia.

 Clotilde continuó su vida de ama de casa en Adrogué hasta la Navidad de 1960, en que con un arma que guardaba en su casa, se pegó un tiro, dejando a su desolada familia con más preguntas sin respuestas. Era la segunda tragedia que sus nietos adelantan en el título del libro, que aguarda que se escriba su última página, en la que se explique qué fue lo que pasó aquella noche de 1957 en el Río de la Plata.


Autorizado por Adrían Pignatelli periodista de INFOBAE