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Fecha de emisión de correo de lector: 21 de Octubre de 2021

“La señal”

Escrito por:
Nacho y Ale

     Esta historia, me la contó mi papá.

     No sé si es verdad. Ni siquiera sé por qué no tiene más explicaciones de tiempo, personajes y fechas. Lo único que repite, es que esto se lo contó su madre anciana, que se lo contó mi abuelo cuando papá era chiquito… Papá tenía 4 años cuando murió el abuelo… así que ella fue la encargada de narrarle los hechos como pasaron.

     Según cuenta, todo comienza con la urbanización de Concordia. Más precisamente con la construcción del cementerio viejo. Es más. Dice que, por esa época, el único cementerio que había estaba muy céntrico. Mas o menos por Quintana y Brown. O por ahí cerca. Pero que medía sólo una cuadra. Así que se decidió hacer uno más grande.

     Por aquella época, no había empresas de construcción como ahora. Ni siquiera gente especializada. Algunos tenían la suerte de tener estudios. Otros, solo maña.

     Pero viendo y preguntando, se convertían en excelentes albañiles. Por eso, era muy frecuente traer gente idónea en construcción desde otras provincias. Los “changarines” especializados estaban bajo la supervisión del arquitecto (con suerte) o el más diligente que apareciera en escena para realizar el proyecto. Y muchas veces, se organizaban entre ellos formando pequeñas sociedades para trasladarse en grupos de dos o tres por diferentes lugares de la provincia.

     Así, cuenta mi papá, llegaron a la Concordia del 1850, este grupo de tres changarines correntinos. Todavía era una villa. Fue ciudad en 1851.

    Para ponernos en contexto, todavía vivía Urquiza. Hasta 1870 en que es asesinado.

    La Villa de la Concordia tenía dos imágenes: la del día y la de la noche. La del día mostraba un caserío bajo con calles de tierra, gente de campo a caballo, sulky o carretas… cuyo escaso movimiento se veía sobre todo alrededor de la plaza.

     Y la de noche, una villa oscura y peligrosa. Aún no había alumbrado público, y para moverse eran necesarios los faroles. Había un destacamento militar, pero no ejercía papel de policía.

     Como era costumbre, se organizó un campamento cerca de la construcción. Allí se instalaba en carpas o tolderías mal armadas, el conjunto de trabajadores que harían el cementerio. Cocinando donde podían, comiendo como podían, y durmiendo… si podían. No era fácil arriesgar las pocas cosas que traían en pos de un largo descanso reparador. Los robos eran cosa frecuente.

     Y dentro de ese clima, en la reunión nocturna, no faltaban los juegos de truco. Ahí fue, justamente, donde nació esta leyenda.

     Según cuenta la historia, tarde en la noche se encontraban jugando una partida 4 gauchos…. Dos correntinos y dos entrerrianos. El que fueran ganando los entrerrianos, generó un clima de mal humor entre los correntinos. Uno lo acusaba de miedoso al otro.

     La noche solitaria y oscura de la villa, era invadida por los gritos de: ¡truco…!, quiero…!, falta envido…!

     Hasta que llegó la definición del partido. Y con un falta envido, ganaron los entrerrianos. Esto generó malestar entre los correntinos, que habían apostado una parte del jornal. Y en el medio de ese clima, surgió otra apuesta. Pero entre los correntinos.

     Dando vueltas sobre los temores de su compañero de juego, un correntino desafió al otro a que en plena oscuridad no se animaba a ir hasta la mitad del nuevo cementerio, clavar su facón en la tierra para marcar el lugar donde emplazarían la cruz principal, dar un sapucay y emprender el camino de regreso hasta el campamento a trescientos metros.

     Todo en la más absoluta oscuridad.

     Cabe decir, que en esa época, ya existían historias de ánimas en pena y la luz mala. Y la peor de todas: el lobizón. Toda una nube de terror y superchería que revoloteaba las cabezas del paisanaje.

     No obstante, el correntino aceptó el reto. “Ningún coyentino es cagón…” dijo… y con el largo poncho flecudo tapándole el lomo, emprendió la marcha facón en mano.

     Los primeros metros recorridos fueron seguidos por los que todavía estaban despiertos. De a poco, su figura se fue perdiendo en la oscuridad, escuchándose cada vez más débil el ruido de las pisadas sobre algunas piedras flojas. Hasta que desapareció por completo. Entonces esperaron. El sapucay sería la señal que estaría en el sitio indicado clavando el puñal: el centro del cementerio. Eso sería constatado a la mañana siguiente.

     De repente, la noche se inundó de un largo sapucay correntino: había llegado al sitio indicado. Los entrerrianos no dejaban de reírse del compañero del correntino…. Había perdido dos apuestas en la misma noche. Solo restaba esperar. Verlo llegar para culminar el reto.

     Pero no llegaba. Veinte minutos, media hora, dos… y no llegaba. Y, en medio de tantas dudas, no había nadie con el coraje de internarse en la inmensa oscuridad para buscarlo.

     Así, llegó el alba. Todos los que estaban al tanto, salieron presurosos en busca del apostador. Recorrieron los trescientos metros… y ahí estaba. En el suelo. Muerto.

     Una jugada del destino, no permitió que ganara su apuesta.

     Se cree que cuando llegó al medio del cementerio clavó el facón en el piso. Dió el sapucay como señal y emprendió el camino de regreso. Con tan mala fortuna, que unos pelos del largo poncho quedaron aprisionados a la hoja del cuchillo en la tierra. Parece que cuando caminó, sintió que alguien lo tomaba del poncho. No lo dejaba avanzar. Fue tan grande el susto en la oscuridad, que el médico que vió el cadáver, constató que murió por un problema del corazón.

     Esto es lo que cuenta mi papá. Que lo contaba mi abuelo, y que le habían contado a él. Nadie sabe si es cierto. Pero dicen que, en las noches más cerradas, más oscuras, y más silenciosas, suele escucharse el sonido de un sapucay correntino cortando la noche del cementerio viejo…