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Fecha de emisión de correo de lector: 11 de Junio de 2021

La obsesión menos conocida de Manuel Belgrano: su tenaz campaña por la vacunación contra la viruela

Escrito por:
Jorge Luis Ciucio

En sus diez años de vida pública, el prócer que creó la Bandera hizo de todo: fue miembro del gobierno, militar, fundó pueblos y escuelas y también luchó contra la enfermedad que causaba estragos en la población.

Manuel Belgrano fue uno de los motores del gobierno surgido en 1810: vocal de la Primera Junta, militar, abogado, fundador de pueblos y escuelas y preocupado por la cuestión sanitaria de la población.

En mayo de 1819 Manuel Belgrano se encontraba en Córdoba. Su estado de salud era preocupante. En septiembre, en la Capilla del Pilar había delegado la conducción del Ejército del Norte y el 11 de septiembre, y luego de una emotiva despedida a sus soldados, partiría a Tucumán.

El gobernador cordobés Manuel Castro lo había visto tan mal que le había mandado al doctor Francisco de Paula Rivero. El creador de la bandera tenía los pies sumamente hinchados al punto que no podía calzarse. El médico diagnosticó una avanzada hidropesía y recomendó llevarlo a la ciudad de Córdoba, cosa que Belgrano descartó.

Rivero no le era desconocido, sino que ambos habían trabajado codo a codo cuando en su primera campaña al Paraguay, al pasar por pueblos de la provincia de Buenos Aires, junto a Rivero, Belgrano se preocuparía de un flagelo que hacía estragos en la población, la viruela.

En 1810, Manuel Belgrano era vocal en la Primera Junta. Había renunciado a cobrar sueldo “porque mis principios así me lo exigen”. El 1 de febrero de ese año había fundado el Correo del Comercio, un diario que difundía noticias sobre comercio, educación y que también incluyó sendas notas sobre la cuestión de la viruela.

Belgrano tenía una especial sensibilidad sobre el tema. Cuando de joven había viajado a España a estudiar vio los estragos que había causado una epidemia de malaria, y la viruela, especialmente, era un doloroso recuerdo personal. Debido a esta enfermedad, habían fallecido dos de sus hermanas: María Florencia, de 22 años y María Ana Estanislada, que aún no había cumplido los 2 años.

La vacuna había llegado a Buenos Aires el 18 de julio de 1805 en el Rosa del Río, un barco portugués que transportaba 38 esclavos desde Brasil.

El método para transportarla era la de aplicarla de brazo en brazo. Tres de ellos la traían por disposición del capitán del barco, Antonio Machado, que así cuidó que no se le muriese ningún esclavo y perder dinero.

En Buenos Aires, el cura Saturnino Segurola se convirtió en el principal promotor de su aplicación. Puso en práctica un plan de vacunación aprobado por el Cabildo, elaboró un reglamento y durante muchos años todos los jueves vacunaba gratuitamente en su quinta, situada en lo que hoy es el barrio de Caballito. Aún se conserva en la plazoleta Dr. José Luis Romero, en Puan y Baldomero Fernández Romero, un retoño de pacará a cuya sombra el cura aplicaba la vacuna.

Cuando Baltasar Hidalgo de Cisneros llegó a Buenos Aires en julio de 1809 para asumir como virrey en reemplazo de Santiago de Liniers, integraba su séquito el médico Francisco de Paula Rivero, quien había asistido al flamante enviado del rey cuando un palo mayor se le cayó encima en la histórica batalla de Trafalgar.

A raíz de esas heridas, le quedaría una marcada sordera. Cisneros lo había nombrado primer cirujano y cuando ocurrió la Revolución de Mayo, Rivero, de 34 años, nacido en Jerez de la Frontera, decidió ofrecer sus servicios al nuevo gobierno patrio.

Lo enviaron a la zona de Pergamino, San Nicolás, Rojas y San Pedro a aplicar la vacuna contra la viruela. Y puso manos a la obra.

Tal como lo cuenta el propio Belgrano en su autobiografía, en agosto de 1810, la Primera Junta decidió enviar una expedición militar al Paraguay para someter al gobernador Bernardo de Velazco, que había resuelto reconocer al Consejo de Regencia de España y crear una junta de guerra para defender su territorio. Se dejaron llevar por las opiniones del coronel Espínola que, recién llegado del Paraguay, convenció a la Primera Junta que con 200 hombres se sofocaría ese gobierno contrarrevolucionario.

Nombraron a Belgrano al frente de esa expedición, formada como se pudo por soldados de la guarnición Buenos Aires, de Granaderos y Pardos, el regimiento de Caballería de la Patria y el apoyo de los Blandengues de la Frontera. A pesar de estar enfermo, partió en septiembre y al mes siguiente lo hicieron otros 200 hombres que iban como refuerzo, junto a algunas piezas de artillería.

El 4 de agosto la Primera Junta había declarado obligatoria la vacunación antivariólica, siendo responsable el Padre Segurola. El propio Belgrano dispuso la vacunación de la gente humilde, de los niños y los esclavos. El no quiso aplicársela hasta que se hubiera completado la vacunación de los grupos más vulnerables.

Belgrano era todo elogios para Segurola. Lo destacaba por “vacunar gratuitamente en esa capital y en parte de sus campañas” y remarcaba su contracción y constancia. “Desde que la beneficencia condujo a nuestras playas el fluido vacuno descubierto algunos años antes por el inmortal Jenner hubo un ciudadano entre nosotros bastante filantrópico para echar sobre sus hombros la casi insoportable carga de conservar el indicado fluido y vacunar a cuantos se le presentasen temeroso de contraer el mortífero veneno de la viruela destruidora”, escribió en el Correo de Comercio.

Cuando con su ejército llegó a San Nicolás se encontró con Francisco de Paula Rivero, que estaba llevando adelante una labor descomunal de vacunación en la zona.

Rivero había vacunado a 2512 personas, repartidos en Rojas, Pergamino, Rosario, San Nicolás y San Pedro y se había encontrado con escenas desgarradoras, como la familia de doce integrantes que vivían en un rancho, y donde la madre y cinco de sus hijos habían muerto a causa de esta enfermedad.

Cuando el médico se enteró que en el partido de Coronda la viruela estaba haciendo estragos, le mandó al cura vicario del lugar “todos los útiles necesarios e instrucciones de la vacuna, para que en algún modo socorriese a sus afligidos feligreses”.

En esa primera campaña militar, Belgrano fue un jefe multifunción: no solo se ocupó de la cuestión de la vacuna, sino que además fundó los pueblos de Mandisoví y Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá y dio indicaciones para la creación de un fondo destinado a la creación de escuelas.

También informó al gobierno que en el interior no se estaba cumpliendo la disposición que prohibía “la absurda costumbre” de los entierros en las iglesias.

En sus diez años de vida pública, la cuestión de la vacunación siempre estuvo entre sus preocupaciones, aún estando de viaje en la misión diplomática que realizó junto a Bernardino Rivadavia, pidiéndole a Segurola el envío de la vacuna a Río de Janeiro.

“Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismos, y ni un solo instante han concedido a los demás; pero la de los hombres públicos, sea cual fuere, debe siempre presentarse, o para que sirva de ejemplo que se imite, o de una lección que retraiga de incidir en sus defectos”, escribió en su autobiografía. Qué bueno sería que prendiese su ejemplo, don Manuel.

Autorizado por Adrian Pignatelli Periodista de INFOBAE