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Fecha de emisión de correo de lector: 13 de Enero de 2021

Manías en pandemia

Escrito por:
Lic. Mario Sarli

 La manía es considerada un trastorno del estado de ánimo, que se contrapone a la depresión. Habitualmente se presenta con ánimo ligeramente eufórico, una dosis de exaltación y excesivo humor, que puede manifestarse tanto como euforia, irritabilidad y una conducta desinhibida. Utilizaremos este concepto en el sentido coloquial, que se diferencia de la patología psiquiátrica, como se aprecia habitualmente en el reiterado uso popular que la refiere como aversión a algo o a alguien.

Creí conveniente el uso de este concepto para procurar entender el comportamiento social que hoy presenta una parte importante de la población (no la mayoría) frente a la pandemia que nos aqueja. Este comportamiento se caracteriza por un sorprendente desinterés de los cuidados que supimos incorporar a la vida cotidiana, donde además de una conveniente distancia social, incorporamos higiene específica y barbijos, sumado a la postergación de encuentros sociales familiares y amistosos. Por meses se han practicado estas conductas preventivas.

Además de haber sido informados hasta con excesos y observando lo que sucede en el mundo, lo cual nos permite distinguir la evolución de la pandemia con sus efectos adversos en tantos países, llama la atención que las personas hayan extraviado esta saludable condición de autoprotección y protección de los otros, que ya sabemos, son los cercanos afectivos.

Surgen interrogantes y respuestas sobre el por qué de estos actos, donde se destaca la aglomeración de gente en lugares públicos, playas, salidas nocturnas y las ya popularizadas fiestas clandestinas. Todas las explicaciones encierran una dosis de verdad. Cierto es que hay una pérdida de los temores que hacen actuar con la creencia que los riesgos son bajos o han desaparecido. También es verdad que la fatiga agota y genera cambios. Y real que los deseos de reunión y encuentros crecen en proporción al tiempo de ausencia. Todos estos sentires y razones habitan en las personas desde la perspectiva individual y produce replanteos. Pero cuando esto ocurre desde una perspectiva grupal, provoca cambios, resultando el pasaje a las acciones más fácil y frecuente, porque es acompañado por el mismo clima anímico de los muchos que comparten estas afecciones. Por esta razón el deseo se desborda y adquiere alta posibilidad de acto. Estas personas asociadas por las mismas postergaciones, encuentran una canalización para compartir el malestar, pero sobre todo, urdir planes de encuentros que dan por finalizado los comportamientos preventivos.

La noción de enfermedad se diluye y el concepto de muerte, siempre esquivo a la conciencia, se aleja aun más. El entusiasmo ocupa su lugar, la alegría creciente es compartida y riega la disminución de la conciencia de los cuidados, sumado a planes felices y postergados, que, por supuesto, regalan sonrisas. De aquí a la euforia hay pocos pasos. Volver a vernos y acercarnos, hace el resto. (En contextos saludables, no ha de haber algo más hermoso que estos actos humanos de encuentros al amparo de los afectos).

Volviendo a estas condiciones grupales en que las personas están bajo una merma significativa de la conciencia que nos cuida, encargada ella, precisamente de elaborar acciones apropiadas para que la vida se prolongue o la enfermedad no llegue.

Los grupos sociales así reunidos, quedan bajo lo que he llamado: condición de manía, atravesados por una euforia compartida y negación de la realidad insalubre existente. Se trata de actos masificados que aquietaron el espíritu crítico y arroja a las personas a disfrutar las satisfacciones atrasadas.

Paralelamente, estas personas no quieren enfermarse ni mucho menos, morirse. Equivocadas en sus decisiones y comportamientos, necesitan orientación, guía y re-encausamiento de sus actos. Si no pueden por sí mismo, deben ser acompañados a ejecutar los cambios.

Visto está, que hay países que impusieron quietudes obligadas. Aplicaron controles sociales estrictos. Sabemos (aunque no se quiera ver) que estas acciones no las provoca la política sanitaria, sino la enfermedad, que sin las vacunas aplicadas, no admite convivencia entre la vida social que practicamos y la salud. Esta pandemia nos impone distancia, higiene y barbijos. Retracción social y paciencia.

Las euforias por vivir con inmediatez los deseos pospuestos, no conducen a saludables objetivos. Tampoco el enojo por quienes no cumplen. Enorme esfuerzo requieren ambos.

Las políticas sanitarias marcan un camino. Las políticas económicas, otro. La mayoría quiere salud. Y con salud, todo se resuelve.