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Fecha de emisión de correo de lector: 30 de Julio de 2020

“LA PANDEMIA DE LA CORRUPCION”

Escrito por:
Ricardo Monetta

La corrupción no es un cuerpo extraño en las sociedades; es casi el pan nuestro de cada día. Pero ello no pretende ser una justificación.

Por el contrario, pretende partir de su reconocimiento, para ver cómo dar un combate con posibilidades reales de éxito. Por supuesto hay grados de corrupción, porque no es lo mismo un empleado simple que pide algo para terminar un trámite, que el 29% por cierto que exige un ministro para otorgar una millonaria obra de infraestructura que demorará un año o más en construirse.

Pero que hay corrupción en todos lados, no cabe duda alguna. Por eso reconocer que está entre nosotros, que está instalada como posibilidad cultural de todos los seres humanos, no es declararse rendido ante ella. Que la corrupción existe, que tiene un peso considerable en la condición humana, que ha estado presente en muchas civilizaciones a través de la historia según se desprende de su estudio, puede ser un punto de arranque. La cuestión es: ¿qué antídoto le ponemos? O más aún: ¿Es posible combatirlas?

Partamos de dos premisas: 1) La corrupción es detestable, es negativa, destruye en vez de construir, aunque sea una práctica común, y que puede hallarse en todos lados. 2) ¿Es posible combatirle y quitarle espacio y hasta vencerla totalmente? Si no creyéramos en estas premisas de nada valdría seguir hablando del tema.

La corrupción tiene que ver con la evitación de las normas, con su transgresión. Aunque no cualquier transgresión, sin duda se trata de un delito, como cualquier salto a las normas.

Pero si algo tiene que ver como norma distintiva es la “impunidad”. Los actos corruptos dañan a terceros, sin dudas, si bien tiene la singularidad de estar integrados como parte de la cultura dominante, es decir: se naturalizan como situaciones “normales” de las distintas sociedades, en forma distinta de otros crímenes. En ese sentido es que la consideramos como impune, o sea protegida indebidamente contra el castigo.

Es por tanto, un “mal” que tenemos instalado en la “cotidianeidad”. No hay sociedad compleja, con aparato social desarrollado, que no presente una cuota de corrupción.

Es que las sociedades se han acostumbrado a convivir con ella y es muy difícil prevenirla.

Si bien está integrada en lo cotidiano, por supuesto que hay grados de tolerancia para con la corrupción: sus escalas de incidencia varían en los distintos países, así como las respuestas institucionales que se le da: en algunos lados merece la pena de muerte, en China, Rusia, por ejemplo. Aunque eso no la elimine, en otros países está incorporada a la dinámica cotidiana, o sea es parte de la “normalidad” diaria con mucha mayor naturalidad, como África y Latinoamérica por ejemplo. Y eso está en dependencia de un sinnúmero de factores; hay países “civilizados” del primer mundo europeo, como Italia y España, donde la corrupción es moneda corriente en la dinámica social de los empresarios con los respetivos Estados, como las distintas “maffias” en Italia y España.

(¡Que lo diga el exmonarca español juan Carlos, si no!). Mientras que en otros, como Canadá, tiene una incidencia mucho menor y está severamente penalizada.