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Colaboración de “Encuentro Cinematográfico” Por Dr. Jorge Norberto Mario - 12 de Septiembre de 2020 - Nota vista 948 veces

“Muñequitas porteñas”

“Muñequitas Porteñas” es una película argentina del año 1931 de 73’ producida por Adolfo Wilson y dirigida por José Agustín Ferreyra sobre su propio guion; filmada en blanco y negro con fotografía de Gumer Barreiros y Tadeo Lempard.

Fueron sus protagonistas María Turgenova y Floren Delbene; acompañados por Antonio Ber Ciani, Arturo Forte, Mario Soffici (quien luego sería destacado director de cine), Serafín Paoli y Julio Bunge. Esta película contó con música preparada por Francisco Lomuto; ya que se exhibió con sonido y diálogos, sincronizados con el sistema Vitaphone; siendo responsables del sonido Alfredo Murúa y Genaro Sciabarra; que fueron impresos en la Sociedad Impresora de Discos Electrofónicos de Alfredo Murúa; que había desarrollado un sistema para dotar de sonido al primigenio cine argentino similar al Vitaphone que en Estados Unidos se utilizaron con éxito en 1927 cuando el cine comenzó a hablar y Al Johnson sorprendió a los espectadores con “El Cantor de Jazz”; histórica primera película sonora del cine convertida en un clásico, “Muñequitas Porteña” fue el primer largometraje hablado del cine argentino que se estrenó el 7 de Agosto de 1931; pero con este sistema; a diferencia del sistema Movietone que se impondría luego a nivel internacional y donde la banda sonora era impresa en la misma película con sonido óptico mediante una banda que era leída durante la proyección; siendo la primera película argentina estrenada con este sistema “Tango” y luego “Los Tres Berretines” del año 1933 ambas con el recordado Luis Sandrini; inaugurando oficialmente el período sonoro del cine argentino. El sistema Vitaphone requería de muchos discos que el proyectorista debía ir cambiando con mucha velocidad, precisión y delicadeza, ya que se trataban de frágiles discos de pasta y se quebraban fácilmente si se les caían o se golpeaban.

“Muñequitas Porteñas” es una película parcialmente perdida ya que sólo se conservan cinco de los ocho actos en nitrato y los discos Vitaphone que contenían el sonido se consideran perdidos, con lo cual se perdió el sentido argumental con referencia a los diálogos que expusieron sus intérpretes durante el rodaje por lo que actualmente es una simple película muda; y más aún porque no existe el guion impreso, lo que impidió realizar una reconstrucción acertada de la misma. De los ocho actos que integraban la versión original del largometraje de 1931; se preservan solo cinco de ellos actualmente en el inflamable nitrato, más el primero, que consiguió rescatarse de un video VHS. También se conserva un par de fotografías en el Museo del Cine. “Muñequitas Porteñas” fue restaurada y con un texto explicativo se logró reemplazar las escenas más importantes de los veinticinco minutos faltantes. La directora del Museo del Cine, Paula Félix Didier, tuvo la feliz ocurrencia de invitar a los dramaturgos Santiago Loza y Ariel Gurevich para reimaginar la historia de acuerdo a lo que podía intuirse al observar las escenas rescatadas. Las voces de un elenco de actores fueron utilizadas en vivo junto con la elaboración de una banda sonora compuesta por Fernando Kabusacki y Matías Mango; siendo la grabación tarea de Germán Monti; y así reestrenada en el año 2017 en la decimonovena edición del BAFICI; cuya presentación estuvo a cargo del periodista cinematográfico Javier Porta Fouz, director artístico del BAFICI, Paula Félix-Didier y Andrés Levinson, investigador del área de Cineteca. La historia reconstruida gira en torno a una muchacha a quien su padre maltrata, por lo que se va de la casa y abandona a su novio, seducida por un aventurero que la inicia como cancionista de tango. El padre es encarcelado luego de disparar contra el seductor y ella trata de suicidarse, pero su antiguo novio la salva, iniciando un nuevo camino más venturoso.

Jorge Miguel Couselo investigador e historiador del cine argentino escribió: “Era una película enteramente sonora, pero Ferreyra cuidó de que no fuera abusivamente sonora; de no abusar de diálogos, de música y de ruidos. Toda la primera parte, de filmación callejera, cautiva por su frescura, por su contagiosa raigambre porteña, hasta por sus alardes de montaje con el tranvía que lleva a la pareja fundido en las calles céntricas, en los kioscos, los negocios, los carteles, los vehículos y los tipos populares... Esa extraordinaria ráfaga de poesía cotidiana no se corresponde a un argumento que en los vericuetos del diálogo oral pierde las virtudes repentistas que a Ferreyra singularizaron en las imágenes mudas. La trama fue llevada con calidez y fluidez narrativa y los toques de comicidad dosificados con sentido del espectáculo, hacia el final, cuando el melodrama adquiere sus tonalidades más indisimulables la resolución semidocumental, con abigarradas notas ribereñas, retrotrae al encanto inicial y rescata al filme en su virtud mayor: la visión de Buenos Aires. En lo que a captación de la realidad, percepción de lo inmediato, Ferreyra se anticipa -cámara en mano o como sea- en mucho tiempo al cine de postguerra, desde el neorrealismo italiano a la nouvelle vague francesa''. Esta opinión de Miguel Couselo, ubica a José Agustín Ferreyra con su cine en una posición avanzada a la corriente de postguerra neorrealista, que va desde 1947 a 1953; porque sus personajes y situaciones reflejaban el realismo del suburbio porteño con un marcado localismo. Dijo Domingo Di Núbila que “José Agustín Ferreyra fue autor de un cine marcado como localista testimonial, que captó la fuerza plástica y la sugerencia de ciertas imágenes de la realidad, preferentemente del arrabal, hasta ser capaz de despertar lágrimas en los espectadores con sólo el enfoque de algunos chicos jugando a la pelota o de desparramar una dulce melancolía con su visión de un organillero alejándose hacia el ocaso”.

Indudablemente José Agustín Ferreyra había captado el alma del arrabal porteño, las vidas sencillas, los conflictos domésticos, los hombres humildes y las niñas románticas. Fue un neorrealista y Manuel Peña Rodríguez opinó que “fue un constructor con despreocupación y sin mucha disciplina. Hay en él tal vez una bohemia anárquica; su legítima fuente de inspiración estuvo en los motivos humildes de la gran ciudad, en el suburbio y sus flores sentimentales, en el dolor, los amores y las pasiones de los pobres” y ello no es acaso lo que demostró el cine neorrealista italiano de postguerra; y ello lo marca indudablemente “Muñequitas Porteñas”. 

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