Opinión

Ser humanos - 11 de Mayo de 2019 - Nota vista 389 veces

Cargar las piedras…

Hu-Ssong, un maestro chino, propuso a sus discípulos el siguiente relato:

- “Un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra. Igualmente la cargó. Todas las piedras con que iba tropezando las cargaba, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar. ¿Qué piensan ustedes de ese hombre?”

- “Que es un necio”, respondió uno de los discípulos. “¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?”

Dijo Hu-Ssong:

- “Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros le han hecho, los agravios sufridos, y aún la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos. Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro.”

CARGAR EL PASADO

Imaginemos cómo sería la vida de alguien que viviera como el hombre del cuento, que cargaba con cada piedra que tropezaba, incapaz de dejar atrás situaciones del pasado, acumulando recuerdos, enojos, ofensas, sensaciones de fracaso. Aunque parezca casi loco, así vive la mayoría de las personas en este planeta, acumulando en su mente y en su corazón experiencias no felices que dificultan su camino e impiden el disfrute del momento presente.

El pasado vive en nosotros a través de recuerdos, pero éstos, por sí mismos, no son ningún problema; es más, son importantes, porque gracias a la memoria de lo vivido aprendemos y podemos corregir errores. Los recuerdos, o pensamientos del pasado, se transforman en un problema cuando se vuelven una carga, cuando se apoderan de nuestra mente mediante pensamientos compulsivos, contaminando nuestro corazón con emociones como la tristeza, el enojo, el miedo, la culpa, la vergüenza, emociones que incluso despiertan una química destructiva para la salud del cuerpo.

Nuestra mente, teñida por estos recuerdos dolorosos del pasado, despierta emociones viejas que se reviven constantemente, y todo esto se transforma en una prisión; cargando toda la vida un equipaje innecesario. Y así, la historia que nos creemos y que contamos a los demás, está plagada de lamentos, resentimientos, negatividad, tristeza y sabor de experiencias infelices pasadas: “lo que me hizo, lo que me dijo, lo que no pasó…”. Un disco que se repite una y otra vez, que nos coloca en el rol de víctimas y no nos deja avanzar ni crear vivencias nuevas y saludables.

EL CUERPO DEL DOLOR

Todo este campo de energía que tiene la tendencia de perpetuar emociones viejas, acumulando dolor emocional, es lo que Eckhart Tolle, llama “el cuerpo del dolor”.

Según él, todos los seres humanos tenemos un cuerpo del dolor. Desde niños experimentamos emociones fuertes que al no saber como gestionarlas debidamente van quedando estancadas en nuestro interior, acumulando dolor. Y luego, ante situaciones parecidas, este dolor sale, revive en forma de reacción o mecanismo de defensa y termina por convertirse en un hábito difícil de cambiar en la edad adulta.

Esas experiencias dolorosas cargadas de emociones no resueltas se van acumulando en nuestro interior formando como una bola de nieve que se nos escapa de control. Ese cúmulo de energía negativa reprimida da lugar a nuestro cuerpo del dolor que permanece latente… y revive, se despierta, ante cada situación similar vivida en el presente. Y así reaccionamos una y otra vez… pero no es debido a lo que nos hace la otra persona… sino que son nuestras heridas –no sanadas del pasado- las que salen en modo de reacciones descontroladas, en modo de ira, depresión, negatividad y hasta agresividad con el entorno.

SOLTAR PARA SANAR

Una vez que conocemos nuestro cuerpo del dolor, conformado por todas esas piedras (dolores) que tropezamos alguna vez, que seguimos cargando y acumulando en nuestro interior, es necesario tomar la decisión de aceptar su existencia y soltarlo, para sanar y vivir la vida que merecemos.

Así, cuando identificamos nuestro dolor reprimido tenemos la posibilidad, como adultos conscientes y responsables que somos, de analizar lo sucedido y comenzar a verlo con otros ojos, darle otra mirada encontrando el “para que” de esa vivencia, y descubriendo los aprendizajes obtenidos a partir de ella. Y en ese momento de descubrimiento, hasta podemos darle las “gracias” para liberarlo.

Observar las situaciones difíciles vividas, desde una óptica diferente, con empatía, con amor y apertura, libera el peso emocional y sana el dolor para que no quede anclado en nuestro interior.

La vida es un soplo, soltemos ese equipaje doloroso del pasado, caminemos livianos y disfrutemos de cada vivencia como nueva, porque el momento presente es lo único que tenemos; no lo contaminemos con aquello ya vivido, porque, por más doloroso que hubiese sido… hoy, ya es un simple recuerdo.

La vida es hoy, vívela con nuevos ojos.


María Inés Francisconi

Desarrollo humano

Abogada mediadora

Coach Ontológico

Contacto: Ine.francisconi@gmail.com

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