Sociales

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social - 21 de Abril de 2019 - Nota vista 1111 veces

“¡Es verdad, ha resucitado!”

Ellas se encontraron con lo inesperado. Las mujeres discípulas de Jesús, las que le habían seguido en sus predicaciones y fueron testigos de los milagros, las que ayudaron a los Apóstoles y los otros discípulos. Ellas que le lloraron al pie de la cruz, iban a ungir el cuerpo de Jesús, un cadáver (Lc 24, 1). Podemos decir que iban a ungir la derrota, confirmar el triunfo irremediable de la muerte, poner el sello al certificado de defunción y comenzar lo mejor posible el tiempo del duelo vaya saber hasta cuándo.

Incluso se decían entre ellas “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mc 16, 3). No contaban con la irrupción de la fuerza del Espíritu Santo y el poder de la Vida sobre la muerte. 

Ante algunas noticias que son tan buenas, decimos que nos pellizcamos para ver si no estamos soñando. Y así sucedió en la mañana de la Pascua. “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos que se resistían a creer” (Lc 24, 41). Había sido tan fuerte y dolorosa la experiencia de verlo a Jesús caer bajo el peso de la cruz, azotado, insultado, clavado en madero, puesto en el sepulcro… No solamente las mujeres que fueron de madrugada al sepulcro se habían dejado convencer por la contundente derrota.

Pero Dios lo resucitó como había dicho. Imagino a aquella comunidad de hombres y mujeres riendo hasta que duela, cantando y bailando, haciendo fiesta por el cumplimiento de las Promesas de Dios.

En la Pascua celebramos que la Luz vence a la oscuridad, el Amor al odio, la Vida a la muerte. Es la intervención de Dios para devolvernos al Paraíso, pero transformado. Como nos cuenta el Libro del Apocalipsis “vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron. Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios” (Ap 21, 1-2). Y esta “ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).

Durante la Cuaresma hemos rezado siguiendo la Catequesis de Francisco para reconocer que la creación entera está esperando ser liberada de la corrupción, del despojo, del consumismo voraz que arrasa con los bosques, depreda los mares, contamina el aire y desertifica los suelos. No habrá mundo nuevo sin corazones nuevos que busquen la justicia y la paz. El universo entero está llamado a ser parte de la vida nueva del Resucitado.

Para “apropiarnos de la Pascua” y lograr que sea una experiencia vital es necesario dar lugar a que algo nuevo pueda suceder. No más de lo mismo, o lo ya conocido que no nos satisface en plenitud. Estamos llamados e invitados a resucitar también nosotros. Vos, yo, tu familia, tus amigos… El camino es dar cabida en nuestro corazón al amor. Durante la Última cena Jesús lavó los pies a los discípulos y les dijo “serán felices si sabiendo esta cosas las practican”. Incluso afirmó “en esto todos sabrán que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros”. Podemos pensar las mejores estrategias misioneras, que si no profundizamos en el amor mutuo y especialmente a los pobres no somos más que “una campana que resuena o un platillo que retiñe” (I Cor 13, 1). Sin amor la misión es apenas una propaganda proselitista. 

Una certeza se insiste en las Lecturas Bíblicas. Por el Bautismo somos hechos de verdad (y simultáneamente) hijos de Dios y hermanos de todos. Por eso uno de los signos fuertes de la Pascua es el agua bendita con la cual nos hacemos la señal de la cruz para renovar la alegría de pertenecer a la familia de la Iglesia. 

El Papa Francisco en la Exhortación Apostólica sobre los jóvenes expresa de modo contundente una convicción: “¡Jesús vive! y te quiere vivo”. Y léelo como para vos. A vos el Resucitado te quiere regalar su plenitud. 

¡Feliz Pascua de la Vida nueva!

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