Opinión

Ser humanos - 13 de Abril de 2019 - Nota vista 209 veces

La costumbre de prejuzgar…

Una muchacha estaba aguardando su vuelo en una sala de espera de un gran aeropuerto. Como debía esperar por muchas horas, decidió comprar un libro para pasar el tiempo y un paquete de galletitas.

Se sentó en una butaca, cerca de la puerta de embarque para poder descansar y leer en paz, apoyó su bolso en la mesa de al lado y se dispuso a leer. Una hora más tarde llegó un hombre y se sentó en la butaca contigua a la mesa, abrió una revista y comenzó a leer. Ella intentó concentrarse en su libro y no pudo y decidió tomar la primera galletita del paquete que estaba sobre la mesa que compartían; luego, el hombre también tomó una.

Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Apenas pensó:

- “Pero, qué descarado, cómo se atreve”.

Y cada vez que ella tomaba una galletita, el hombre también tomaba una. Aquello la dejaba tan molesta que no conseguía leer. Cuando quedaba apenas una galletita, pensó:

- “Ah… ¿qué será lo que este atrevido va a hacer ahora?”

Entonces el hombre dividió la última galleta por la mitad, dándole a ella una parte.

- ¡Ah, bueno! ¡esto ya es demasiado! ¡Y se puso a resoplar de la rabia!

Entonces cerró su libro, levantó sus cosas y se dirigió al sitio de embarque. Una vez adentro del avión, sentada confortablemente, miró dentro del bolso y se sorprendió al encontrar su paquete de galletitas intacto, cerrado.

¡Sintió tanta vergüenza! Y percibió lo equivocada que estaba…

¡Había olvidado que sus galletitas estaban guardadas dentro de su cartera!

El hombre desconocido, había compartido sus propias galletitas con ella, sin sentirse indignado, nervioso, consternado ni alterado, mientras que ella estaba muy trastornada, creyendo que compartía sus galletitas con él.

Y ya no había más tiempo para explicar… ni para pedir disculpas.

JUZGAR SIN CONOCER

Generalmente nuestra mente opera en piloto automático, repitiendo hábitos de pensamiento y creencias aprendidas. Una costumbre muy arraigada, que se ha expandido como un virus en nuestra humanidad, es juzgar al otro sin conocerlo; si, pre-juzgar personas sin haber cruzado palabra alguna, lugares, comidas, productos, servicios… todo, sin haber tenido una cierta experiencia directa, real, ni contar con la información necesaria al respecto.

Y así, nos juzgan y juzgamos constantemente, incluso sin darnos cuenta del daño que causa, en la persona y en los vínculos, esta acción tan común en nuestros días.

Y más aún, pasamos tanto tiempo mirando y opinando sobre la vida de los demás, hablando de ellos y de lo que deberían o no haber hecho, que perdemos un tiempo tan valioso para dedicarlo a nuestro propio desarrollo personal, a mejorarnos a nosotros mismos, tiempo precioso para invertir nuestros propios proyectos, vínculos o disfrute personal. Se dice: “las personas son rápidas para juzgar a los demás, pero lentas para corregirse a sí mismas”.

Juzgar a una persona no define su valor ni identidad, sino que habla más de quien emite el juicio, de su forma de pensar y hacer en esta vida. Quien juzga, formula una confesión sobre sí mismo.

SI NO CONOCES…

PREGUNTA Y LUEGO ESCUCHA

Nuestro sistema de educación se centra más en la memorización y repetición de “respuestas” que en el arte de hacer preguntas. Así, desde niños nos preocupaba más buscar la “respuesta correcta” que elaborar la “pregunta adecuada”.

Y la pregunta es la más creativa de las acciones humanas, porque a partir de ella se abren mundos, se expanden las posibilidades, se amplían las perspectivas, se generan nuevas oportunidades, se cultivan y profundizan los vínculos.

Por eso, antes de hablar, de hacer conjeturas, de suponer algo sobre alguna persona, mejor preguntemos aquello que nos interesa saber. Y luego, una vez emitida la pregunta, guardemos silencio para la escucha activa y empática; ese simple hecho de preguntar y luego escuchar, implica respeto y equidad.

Y RECORDEMOS…

Pensar antes de hablar de alguien; si emitimos un juicio que éste sea fundado, constructivo y valioso para la persona; démonos tiempo para conocerla antes de opinar ligeramente de ella, porque las apariencias engañan.

Juzgar puede hacer daño que luego es difícil de recomponer. La palabra ya expresada no se recupera más.

Nadie es perfecto, todos cometemos errores. Por eso, antes de hablar de otro, mirémonos a nosotros mismos.

Cada uno de nosotros tiene una mirada propia y una interpretación personal sobre los hechos de la vida; y, por tanto, no podemos levantar de la verdad absoluta o expresar “yo tengo razón y los demás están equivocados”. Cada persona observa la realidad según su propia estructura mental y emocional.

Todos somos diferentes; cada ser humano es único e irrepetible, y, por tanto, actúa de modo distinto al que, seguramente, lo haríamos nosotros; y por ese motivo, merece respeto y escucha.

Seamos personas abiertas y empáticas, esto facilitará la comunicación y nos ampliará las posibilidades de conocer gente interesante.


María Inés Francisconi

Desarrollo humano

Abogada mediadora

Coach Ontológico

Contacto: Ine.francisconi@gmail.com

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