Opinión

30 de Marzo de 2019 - Nota vista 1078 veces

Las rabietas en la infancia

Las rabietas o berrinches suelen ser frecuentes en la infancia. Son definidas como “enojo grande”, pero son más que eso. Se trata de una conducta que se origina en una  frustración, posee siempre una fuerte carga emocional de una o más emociones, como por ejemplo enojo, disgusto, ansiedad, indignación, miedo, vergüenza, y se manifiesta en un comportamiento caracterizado por llanto o lloriqueo, gritos, pataletas y negaciones a cooperar, a guardar silencio o a asentir. También, en un berrinche, el niño suele romper cosas, insultar, arrojarse al suelo, dar golpes y agredir a otros, y en casos más graves, a sí mismo.

Las rabietas son de las primeras expresiones de autonomía de los niños. Ellos necesitan probar su voluntad y reafirmar su individualidad. Es un proceso muy similar al de la rebeldía que ocurre posteriormente en la adolescencia. Usualmente aparecen cuando los niños empiezan a caminar. En ese momento, la expresión de los afectos aún no pasa del todo a través del lenguaje. Las mismas son frecuentes hasta aproximadamente los tres años de edad, aunque esto puede variar de un niño a otro.

La mayoría de las situaciones que pueden desencadenar una rabieta se clasifican en tres tipos:

El niño tiene una necesidad básica (hambre, sed, sueño) que no se puede satisfacer en el momento.

El niño cuenta con información insuficiente o errónea sobre la situación en la que se encuentra.

El niño necesita descargar tensiones, miedos o frustraciones, que pueden estar relacionadas directamente o no con el evento actual.

En edades tempranas, los niños no presentan una rabieta con el objetivo de molestar o manipular a los padres, siendo una de las varias formas que puede tomar la expresión de ciertas emociones en ese momento de su desarrollo. 

Cuando son más grandes y continúan con sus potentes berrinches, generalmente, se debe tomar en cuenta que se debe a otras causas y se debe considerar el caso por caso. Se debe estar atento a circunstancias tales como cambios significativos en la vida del niño, mudanzas, nacimiento de hermanos, pérdidas, problemas familiares o económicos. También puede influir la poca experiencia de los padres para controlar los episodios y establecer límites claros. Otro factor que contribuye es la dificultad de los niños para manejar sus afectos y para expresar en palabras lo que les ocurre.

Es visible que por medio de las rabietas los niños pueden obtener una gratificación inmediata, que no tendrían de otro modo, ya que a los más pequeños se les dificulta tolerar las frustraciones diarias.

Es importante observar la frecuencia con la que ocurren los incidentes y el nivel de intensidad de los mismos. Es posible que un niño tenga berrinches esporádicos pero muy intensos, y en algunos casos pueden hacerse daño a sí mismos. También pueden presentar reacciones físicas que afecten otras funciones, como la dificultad para respirar, o el poco control de los esfínteres.

¿Cómo podemos manejar una rabieta? En ocasiones no existe un método para manejar las rabietas en todos los niños. Hay que tratar una rabieta a la vez, aunque se pueden hacer algunas recomendaciones generales.

Lo primero es conservar la calma durante el episodio. Puede ser complicado en cada situación pues como adultos también contamos con situaciones estresantes fuera del hogar. Sin embargo, esto es primordial en el manejo de las rabietas, ya que si el adulto también se exalta ante su propia frustración, podría decir o hacer cosas que afecten el vínculo con el niño. Además, es muy probable que el berrinche no se extinga.

La mejor estrategia, aunque no lo parezca, es prestarle la menor atención posible. Al reflejarle al niño más frustración e ira de la que ya siente, la situación irá aumentando en intensidad. Se debe tener precaución y comprobar que no corra peligro, se le puede brindar el espacio de que pueda calmarse por sí mismo.

Hay que preguntarse si el motivo de la rabieta puede ser comprensible, considerar el nivel de desarrollo del niño y el problema que enfrenta. Aclararle al niño que aunque uno comprende que es difícil por lo que está pasando, hay otras maneras de expresar lo que siente. En algunos casos, funciona abrazarlos y decirles alguna palabra sencilla que los ayude a calmarse, o devolverles en palabras lo que cree que le puede estar pasando, es decir, poder uno como adulto nombrar lo que le está sucediendo a ese niño en ese momento.

Es recomendable no ceder, salvo en casos particulares que lo ameritan. La gratificación que obtendrá al actuar de esa manera enviará el mensaje equivocado. Algo muy común en la actualidad es la utilización de aparatos tecnológicos como consoladores en casos de berrinches, pero al igual que ceder, constituye una gratificación inmediata que puede prolongar la aparición de estas conductas. No interviene la palabra y la expresión de los afectos a través del lenguaje en ninguno de los dos casos. Y ese será el único, o uno de los pocos mecanismos con los que contará el individuo para lidiar con las frustraciones de la vida.

Luego que el niño ha podido calmarse un poco, es posible tener una conversación, e incluso se le puede pedir que le avise cuando se le pase, y en ese momento se podrá realizar una exploración de lo sucedido. Se debe evitar nombrar al niño con etiquetas con las que luego pueda identificarse, y es mejor calificar a las conductas que realiza y no al niño, es decir, es preferible decir que lo que hizo está mal antes que decirle que él es malo. Asimismo, reforzarle el amor de los padres a pesar de estar enojados con el niño es fundamental.

Escrito y confeccionado por el Psicólogo Gastón Fernández Montani, de la LINEA 102 “Teléfono del Niño”, de la Dirección de Políticas del Centro de Fortalecimiento Social de la Municipalidad de Concordia

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