Opinión

Ser humanos - 23 de Marzo de 2019 - Nota vista 484 veces

EL DIAMANTE…

Hace muchos años se encontró en una mina africana, el diamante más grande del mundo. Se lo regalaron al rey de un Estado muy poderoso para que lo llevara sobre su pecho. El rey lo envió a un experto en piedras preciosas para que le diera forma y brillo.

El experto estudió aquella gema de valor incalculable y le hizo una hendidura. Luego la golpeó con fuerza y la piedra quedó partida en dos.

Un asistente que estaba observando la maniobra, quedó sorprendido por el golpe y pensó… ¡Qué lástima! ¡Qué error tan grande!

Pero aquel golpe no fue casual. Durante semanas había estudiado la calidad, los defectos y las líneas por donde la piedra debía romperse.

Ese golpe fue una clara demostración de su habilidad.

El hombre al que se le había encomendado ese delicado trabajo, era uno de los expertos más famosos del mundo.

Cuando dio aquel golpe, hizo lo único que podía darle a la piedra preciosa para que luego despliegue su forma más perfecta, su mejor luminosidad y su máximo valor.

Aquel golpe que parecía ser la ruina de la estupenda joya en realidad tuvo un efecto redentor. De aquellos pedazos, se confeccionaron dos magníficos diamantes que solo el hábil ojo del artesano fue capaz de ver, escondidos en la piedra que el Rey le envió.

LOS GOLPES EN LA VIDA

Ese golpe, exacto y oportuno, que le dio el especialista a la piedra preciosa, fue justo lo que la joya necesitaba, en ese preciso momento, para desplegar su mejor brillo.

Así como el diamante, en la vida misma, nosotros recibimos también aquello que llamamos “golpes”, situaciones difíciles que sentimos injustas y no merecidas, y que en el momento en que las transitamos, no las comprendemos, nos llenamos de ansiedad, estrés, enojo, angustia y agitamos nuestra indignación hacia el Cielo.

Y luego, con el paso del tiempo, mirando hacia atrás, observamos como ese “golpe” nos ha fortalecido, como nos ayudó a ver las cosas de un modo diferente, a pulirnos, a despertar talentos dormidos, como nos enseñó a cuidarnos más, a valorarnos, a restablecer vínculos de una forma diferente, y que en definitiva, fue una bendición, porque a partir de ese ”golpe”… crecimos, aprendimos, nos volvimos más auténticos, libres e independientes, nos desarrollamos y seguramente, brillamos más.

Y comprendemos que ese “golpe”, así como el diamante, era justo lo que necesitábamos para transformarnos, para salir de la oscuridad, expandirnos a lo nuevo y resplandecer.

Somos una joya preciosa, con un brillo único y especial, que necesita pulirse para ir sacando su brillo. Confiemos en que todo lo que acontece en nuestras vidas es para crecimiento, aprendizaje y enriquecimiento personal.

DE CARBON A DIAMANTE

La ciencia nos cuenta que el carbón, una sustancia rica en carbono, se convierte naturalmente en grafito. El grafito y los diamantes comparten la propiedad de estar compuestos casi exclusivamente de carbono. Ahora bien, si bien es poco probable que el carbón (grafito) se convierta naturalmente en diamante con el solo paso del tiempo, si es posible hacerlo mediante el uso de extremas temperaturas y presión.

Es decir, así fue (bajo condiciones de presión y temperaturas extremas) como la mayoría de los diamantes naturales se fueron formando bajo el manto terrestre. La presión es lo que convierte al carbón en diamante.

Como metáfora, podemos decir que los seres humanos también nos vamos convirtiendo de carbón a diamante, traspasando por diferentes situaciones de presión, de estrés y dolor que nos empujan a reinventarnos, a pulirnos y a crecer, que nos llevan de un estado impuro y oscuro, a otro cada vez más puro y brillante; aunque esa situación extrema, ese fuego, esa presión, seguramente nos aturde, nos perturba, nos sacude en el momento en que la vivimos, nos nubla tanto y nos quita claridad para observar los verdaderos efectos positivos -posteriores- en nuestras vidas.

A BRILLAR…

Cuando nacemos, llegamos a este mundo con un diamante en nuestro interior, puro y en potencia; pero cuando comenzamos a crecer nos fuimos olvidando de quienes somos, nos hemos impregnado de vivencias que nos han hecho creer que “no podemos”, que “no somos suficientes”, que “no merecemos”, que “no es posible”, nos hemos cargado de emociones de miedo, enojo, culpa, vergüenza que nos han limitado, tapado nuestra esencia y apagado nuestra luz.

Es hora de despertarnos, de limpiar todo aquello que nos oscurece, de aceptarnos, valorarnos y animarnos a ser ese diamante que somos en potencia; es momento de creer en nosotros mismos, de confiar en nuestras cualidades, en nuestra excelencia, en nuestros valores… y brillar con todo nuestro esplendor.

Seamos cada vez menos carbón para acercarnos más y más al diamante que llevamos dentro.


María Inés Francisconi

Desarrollo humano

Abogada mediadora

Coach Ontológico

Contacto: Ine.francisconi@gmail.com

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