Interés General

16 de Febrero de 2019 - Nota vista 264 veces

Palabras silenciadas

Cuando una persona calla por elección, en general es porque tiene un motivo claro, preciso y también objetivos subsiguientes. También es cierto que se calla para evitar sufrimientos propios o de otros y también, se esconden las palabras por miedos. Aquí, la elección se encuentra condicionada por factores internos, sean éstos visibles o no.

Existen ciertas semejanzas entre el acto de callar y el hablar. La comunicación, en ocasiones prescinde del lenguaje oral. La oralidad permite transmitir un cúmulo de pensamientos, ocurrencias o sentimientos que desean llegar otros. Bajo circunstancias especiales, alcanza con que las palabras lleguen a una persona, originándose en estas circunstancias el nacimiento de un encuentro interpersonal, que cuanto más se profundiza, permitirá una fluidez comunicacional donde los vocablos se desplazarán con soltura para enhebrarse unas a otras y configurar un tiempo compartido de ideas y sentidos. 

Quizás estas sean las condiciones más benignas que permiten a las personas poder transitar un recorrido de vida más satisfactorio y placentero. Estamos refiriendo a la condición de una comunicación libre, abierta y con sentidos que permite crecer y superarse, extendiendo estos aportes personales a un colectivo expandido que finalmente enaltece a toda la humanidad.

Hablar, desde otra perspectiva, es una de las condiciones que habilita y facilita la posibilidad de tener mayor salud mental. Cuanto más fácil resulta comunicarse, más accesible es la comprensión de quienes rodean. Esto hace que las personas puedan dar cuenta de sus posiciones intelectuales o emocionales y al ser comprendido por otros, le otorgan validez y sentido de pertenencia a las palabras expresadas, las cuales una vez apropiadas por otros se transforman en pensamientos o emociones colectivas.

En la posición opuesta se encuentra los silencios. No aquellos elegidos, sino los impuestos. Impuesto por otros o por uno mismo, con o sin conciencia de ello. La humanidad en sus distintos períodos ha sido arrasada por la imposición del poder de otros, que portando ideas diferentes, dominaron a sangre y espada, como repite hoy el poder, con tecnologías elevadas que direccionan sus objetivos de muertes, con algunos “daños colaterales”, cuando los misiles no impactan en las coordenadas previstas.

Hacer callar a otros, es parte de la historia y como nos recuerda la letra que nos hizo cantar Lito Nebbia, “…si la historia la cuentan los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiere oír que oiga…”

Tiempo atrás, Miguel Hernández, ante el dolor de su España sufrida, en su poema “Llamo a la Juventud”, nos entregaba este sentimiento de lucha y rebelión ante el poder: “…La juventud siempre empuja, la juventud siempre vence, y la salvación de España de su juventud depende. La muerte junto al fusil, antes que se nos destierre, antes que se nos escupa, antes que se nos afrente y antes que entre las cenizas que de nuestro pueblo queden, arrastrados sin remedio gritemos amargamente: ¡Ay España de mi vida, ay España de mi muerte!...”

No es casual hablar de muerte. Además de la muerte real, hay otras formas de vivir muriendo, que se asocian a sufrimientos, pérdidas y postergaciones que dañan la salud mental. Referimos tramos atrás, que las imposiciones fuerzan a hacer silencios. Pero puntualizamos que esta imposición puede ser concreta y externa o también puede tener la misma fuerza cuando nace del interior de las personas. Desde aquí impone el silencio, aun cuando se quiere gritar. Esto obedece a un trastorno que creció amparado en temores escondidos, muchas veces inexplicables, que permiten expandir la tolerancia hasta llegar a niveles enfermizos de silenciamientos. Ejemplo de ello es el oculto estado de violencia de género que sufre una mujer, y que por años fue encubierto. Allí los miedos, las idealizaciones y otros mecanismos psicológicos, como la negación, operan articulados para que el íntimo sentimiento de miedo a volver a ser golpeada, instale el silencio como modo ineficaz de evitar mayores males. Sabido es que cuando la mujer finalmente lo enfrenta, toma decisiones saludables como la primera y más importante: realizar la denuncia policial para poner en marcha los dispositivos jurídicos, que aun con sus flaquezas, procura preservarla y alejarla de la vinculación anormal.

Estos mecanismos psicológicos asociados al sufrimiento, que llama a silencio a muchas mujeres relacionadas con hombre de comportamientos primarios, propio del machismo, también está presente en otros vínculos humanos, a pesar que no haya presencia de violencia física o psíquica.

Nos referimos a los propios miedos que emergen sin clara consciencia y operan como inhibidores de comportamientos más satisfactorios. Como ejemplo de ello, podemos mencionar las frecuentes situaciones de infelicidad amorosa y ausencia de placeres sexuales que si bien no le impiden a la pareja vivir de manera armoniosa la vida cotidiana, sin embargo callan estas íntimas, penosas, e inconfesables vivencias, que afecta a hombres y mujeres.

También aquellos/as que sabiendo de su insatisfacción en los ámbitos laborales y conociendo lo que sí querrían hacer, postergan sus deseos y eligen someterse a las actividades indeseadas. Claro que en este contexto, el lugar que ocupa el dinero amortigua transitoriamente la insatisfacción, así como aquellos que solo pretenden conservar el trabajo, (especialmente en estos tiempos socio-económicos-laborales tan tristes).

Los miedos son gobernantes impostores y autoritarios con pretensiones de cronicidad. Enfrentarlos es la propuesta terapéutica más saludable. Cada cual, en los tiempos del propio proceso, distinguirá el momento oportuno. Cuanto antes, mejor: la comunicación sabrá encontrar las mejores palabras que emergerán fluidas de sus añejos escondites mentales.

Lic. Mario Sarli

Psicólogo

psicosarli@gmail.com

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