Opinión

16 de Febrero de 2019 - Nota vista 801 veces

Construir puentes y no muros

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Me rompo, pero no me doblo, afirma una cierta sabiduría popular.  

Me doblo para no romper, sugiere la sabiduría cristiana.

Hay imágenes que utilizamos al hablar que nos ayudan a expresar verdades profundas. A veces son apenas el inicio de una descripción, pero lo suficientemente elocuentes como para ser claros en la manifestación de la verdad. Si decimos “dar una mano” o “poner el hombro”, todos sabemos a qué nos referimos, más allá del contenido literal. Francisco es de usar expresiones de este tipo: hagan lío, Iglesia en salida, primerear… Una de estas imágenes usadas a menudo por él es ‘’construir puentes y no muros’’.

 

Una de las necesidades mayores que tenemos en la humanidad es la de integrarnos como una misma familia en el planeta como casa común. Acerca de esto Francisco denuncia que hay situaciones graves en varios lugares del mundo que pretenden dejar a una parte de la humanidad afuera de la fiesta de la vida, o de las condiciones mínimas de dignidad. En varias oportunidades expresó su preocupación: en Misa en Santa Marta, en Panamá y en varios lugares.

 

El diálogo con musulmanes en Arabia Saudita trascendió lo político para llegar a lo religioso. Su propuesta es ser amigos a nivel planetario, reconociendo una dignidad común. Fue audaz y se animó a gestos de cercanía. Tendió puentes con quienes muchos prefieren muros. No hubo otro líder de Occidente que se animara a acercarse a Oriente de este modo amistoso y sin pretensiones comerciales. Está llevando al plano concreto las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano II. Sin ambigüedades. Sin miradas simplistas ni eclécticas. Un gesto profético que no ha sido suficientemente valorado por los Medios de Comunicación ni por los mismos creyentes.

En una predicación en Santa Marta —el 24 de enero de este año— Francisco señaló que hay “dos modos de entender la vida: el primero, con su dureza, fácilmente destinado a alzar muros de incomunicación entre personas, hasta la degeneración del odio. El segundo se inclina a crear puentes de compresión, también después de una pelea. Pero con la condición de buscar y practicar ‘la humildad’”.

Es necesario elegir el camino del diálogo para hacer la paz. Y nos advierte que “para dialogar es necesaria la mansedumbre, sin gritar. Y es necesario también pensar que la otra persona tiene algo más de mí”. “Dialogar es difícil. Pero peor que intentar construir un puente con un adversario es dejar que crezca en el corazón el resentimiento hacia él, de este modo quedamos ‘aislados en este caldo amargo de nuestro resentimiento’. Sin embargo, (…) un cristiano vence el odio con un acto de humildad.”

Francisco nos da algunos consejos bien concretos: “Humillarse, y siempre hacer el puente, siempre. Siempre. Y esto es ser cristiano. No es fácil. No es fácil. Jesús lo ha hecho: se ha humillado hasta el final, nos ha hecho ver el camino. Y es necesario que no pase mucho tiempo: cuando está el problema, lo antes posible, en el momento en el que se pueda hacer, después que ha pasado la tormenta, acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro, como hace crecer la mala hierba que impide el crecimiento del grano. Y cuando los muros crecen es muy difícil la reconciliación: ¡es muy difícil!”.

Lo importante, es “buscar la paz lo antes posible”, con una palabra, un gesto. Un puente más que un muro, como el que por tantos años dividió Berlín. Porque “también en nuestro corazón está la posibilidad de convertirse en Berlín con el muro con otros”. “Yo tengo miedo de estos muros, de estos muros que crecen cada día y favorecen los resentimientos. También el odio.”

 

A nivel nacional y provincial estamos en tiempos de campañas políticas. Es necesario centrar el debate en los proyectos que se proponen implementar los diversos candidatos. Seguramente los debates son y serán apasionados porque no se trata de cuestiones abstractas, sino de problemáticas que incumben y afligen a todos. Pero es necesario desterrar las descalificaciones, las agresiones verbales, los golpes bajos o, por elevación, a las familias.

 

Francisco decía a la clase política y dirigente en Panamá: “Las nuevas generaciones, desde su alegría y entusiasmo, desde su libertad, sensibilidad y capacidad crítica reclaman de los adultos, pero especialmente de todos aquellos que tienen una función de liderazgo en la vida pública, llevar una vida conforme a la dignidad y autoridad que revisten y que les ha sido confiada. Es una invitación a vivir con austeridad y transparencia, en la responsabilidad concreta por los demás y por el mundo; una invitación a llevar una vida que demuestre que el servicio público es sinónimo de honestidad y justicia, y antónimo de cualquier forma de corrupción.

Ellos reclaman un compromiso, en el que todos ―comenzando por quienes nos llamamos cristianos― tengamos la osadía de construir «una política auténticamente humana» (Const. past. Gaudium et spes, 73) que ponga a la persona en el centro como corazón de todo”.


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