Salud

4 de Febrero de 2019 - Nota vista 557 veces

Oncólogos con cáncer

Saben lo que es estar en la piel de sus pacientes. Han tenido miedo a morir, padecido los ciclos de «quimio» y sentido las debilidades del sistema sanitario.

El diagnóstico de una enfermedad como el cáncer nunca llega en un momento oportuno. A los protagonistas de esta historia les tocó en plena batalla contra el cáncer, pero en el mejor bando, cuando aún se puede mirar con distancia al enemigo y hasta coquetear con él. Eran (son) los médicos que diagnosticaban, aconsejaban y planificaban tratamientos dentro de su rutina profesional. Su cáncer les convirtió en enfermos y también en mejores oncólogos. La enfermedad se convirtió en un máster acelerado para entender que el tratamiento oncológico es mucho más que fármacos, biopsias y marcadores tumorales.

En el Día Mundial del Cáncer, que se celebra el 4 de febrero, cuatro especialistas desnudan su experiencia al otro lado: lo que aprendieron, vivieron y cambiaron al recibir su propio diagnóstico.


La experta en mama con un bulto en el pecho

Cuando la oncóloga Ana Casas se palpó aquel bulto en el pecho participaba en un congreso científico en Suiza, rodeada de especialistas en cáncer de mama. Lo supo casi desde el primer instante. Llevaba veinte años en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla palpando bultos parecidos. No dijo nada, ni consultó con sus colegas. Esperó a llegar a su hospital, el Virgen del Rocío de Sevilla, para confirmar con una mamografía aquel pálpito. La estadística estaba en su contra. «Una de cada ocho mujeres sufre en algún momento un cáncer de mama, así que era inútil preguntarse “¿por qué a mí?”. Odio esa pregunta, solo te convierte en víctima como le solía decir a mis pacientes en la consulta», recuerda.

En un instante pasó al mundo de los enfermos. «Ves el hospital con otros ojos. No es lo mismo pasearte por los pasillos con bata y fonendo que hacerlo en una camilla o en una silla de ruedas con un gotero. Aunque participé activamente en mi tratamiento, siempre me sentí más como enfermo que como médico». El mayor consuelo también le llegó de sus pacientes. «Ellas me repetían las mismas frases que yo les decía, era enternecedor. Me ayudaron más que los consejos de amigos que te miraban con pena y no sabían qué decirte, salvo un “cuídate, Ana”. Creo que existe una frontera invisible entre el mundo de los sanos y los enfermos».

Esa barrera es la que intenta romper desde entonces. Lo hace con la Fundación «Actitud frente al cáncer» y Solti, un grupo académico de investigación que desarrolla ensayos clínicos de excelencia en cáncer de mama. El tumor le ha convertido en el mejor agente de enlace entre oncólogos y mujeres con cáncer de mama. Asesora como oncóloga y también trabaja en la parte más olvidada del tratamiento, la de los miedos y las incertidumbres. «Yo me traté en mi unidad, no padecí la masificación, las largas esperas, la falta de intimidad. Esas cosas importan. No solo cuentan los resultados objetivos, importa mucho la calidad de vida, cómo se viven los efectos secundarios de los tratamientos que muchas veces las pacientes ocultan por miedo a quejarse o la ansiedad. Lo que para un médico es una rutina, para el enfermo es un estado de ansiedad importante».


El malestar permanente que era una leucemia

El cirujano oncológico Luis Chiva exprime al máximo su leucemia en la consulta. «Noto que a mis pacientes les gusta que les cuente mi experiencia. Inmediatamente me sienten más próximo. Confían en mí cuando les digo que no se preocupen por el dolor porque ya lo he vivido antes. Hasta me atrevo a bromear: ¿Te da miedo la quimioterapia?, pero si la que te van a poner es una chorrada; la mía sí que era fuerte!», se ríe.

Chiva lleva tres décadas vinculado a la cirugía ginecológica del cáncer. Primero en centros oncológicos de Estados Unidos y después en España en el Gregorio Marañón de Madrid, el MD Anderson Cancer Center y ahora en la Clínica de la Universidad de Navarra. A él acuden pacientes de toda España, como el referente que es en cáncer de ovario. Hijo de ginecólogo, su padre le enseñó a ser un médico empático, a saber llevar —«sin que te aplaste»— una mochila con la carga de sus enfermos. Pero está convencido de que ese malestar misterioso que le agotaba y resultó ser una leucemia ha potenciado esa sensibilidad.

«Pensé, si salgo de la leucemia le tengo que sacar partido, y eso intento. Ahora estoy como un roble y aunque soy consciente de que puedo volver a recaer ya no me preocupa la muerte. El cáncer me recuerda cada día que debo ser feliz y disfrutar con lo que hago. Y en mi caso es el quirófano, mi familia y mi yegua «Pastora», un caballo que nadie quería y compré después de que me diagnosticaran la leucemia. Vivo y disfruto del presente».

Como médico reconvertido en paciente también sufrió la medicina de sus colegas. Por eso, su primera charla ante otros profesionales tras su diagnóstico se tituló: «¿Qué esperan los pacientes de nosotros?». «Lo que más duele cuando estás al otro lado es la deshumanización de la profesión. He notado la frialdad y la falta de tacto de algunos colegas. Que alguien no se haga cargo de la situación por la que estás pasando me revuelve las entrañas. Hay médicos que se convierten en químicos y eso me toca mucho las narices».

De su fase como enfermo, Chiva también recuerda cómo valoraba la meticulosidad de los otros profesionales. «No hay peor cosa que un médico que no se sabe tu historia, ni tu caso ... Es una sensación total de desolación. Te hace pensar, ¡pero en manos de quién estoy!».


Primero su mujer y luego su cáncer de colon

La historia de amor y odio con el cáncer del patólogo molecular Carlos Cordón-Cardo es conocida. Nunca ha querido ocultar su lucha contra una enfermedad que algunos consideran el «emperador de todos los males». Cordón-Cardo es uno de esos cerebros fugados al que una beca le permitió hacer su carrera profesional en Estados Unidos. Primero en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York y ahora entre el hospital neoyorquino Mount Sinai y la Fundación Champalimaud de Lisboa.

Conoce el enemigo de cerca. La primera víctima fue su mujer, que terminó falleciendo por un cáncer de mama. Después le llegó su turno, con un tumor de colon. La vivencia le cambió. «Una cosa es estudiarlo al microscopio y otra sentirlo en tus propias carnes. Yo estaba en el departamento de patología más grande de Estados Unidos, donde se hacían millones de diagnósticos al año.

Tras el diagnóstico aprecias que detrás de cada muestra de sangre para estudio o de cada histología hay un ser humano. Ya no tengo que imaginarme cómo se sienten mis pacientes. Sé lo que es pasar por varias cirugías y unas cuantas tandas de quimioterapia», relata en conversación telefónica desde Nueva York.

Pese a ser patólogo mantiene un contacto cercano con los pacientes. «Les invito a ver las imágenes de sus tumores porque creo que es bueno visualizar al enemigo, te proporciona más fuerza espiritual. Yo mismo quise ver mi tumor al microscopio, aunque estaba en las manos del mejor patólogo del mundo», recuerda.

Lo que vio entonces era un tumor de colon avanzado en estadío III. Era agresivo pero sensible a la quimioterapia. «Pasé por las fases típicas del duelo: negación —”no me puede estar pasando esto a mí—, aceptación “si está ocurriendo debo llevarlo de la mejor forma” y resolución —”cuando aceptas el final”. Tenemos que ayudar a los enfermos a gestionarlas y digerir todas estas etapas y si es necesario buscar ayuda psicológica o espiritual».

A este patólogo de fama internacional, le persigue una mala herencia genética que le obliga a mantenerse alerta. Tras el de colon, surgieron otros tumores menores. No se engaña. Conoce bien su riesgo y la estadística aplastante que asegura que un varón con un tumor de colon a los 40, tiene a los 60 años muchas posibilidades de desarrollar otro de pulmón o de próstata. Nada le hace cambiar su pasión por una trabajo científico que está cambiando el rostro al cáncer. «Mi historia, como la de otros, son historias de éxito. Por fin, estamos comprendiendo cómo un ente tan agresivo acaba siendo inmortal en un cuerpo mortal».


Un tumor de próstata como los que él solía radiar

A José Antonio Sánchez Calzado, el cáncer de próstata no le tomó por sorpresa. Oncólogo radioterápico en el Hospital Virgen de la Macarena de Sevilla. Llevaba más de treinta años dedicado al tumor más común entre los varones. Casi el 90 por ciento de su actividad estaba centrada en tumores de próstata y conocía las señales de alarma. «Tampoco me pregunté nunca por qué a mí. Eso no conduce a nada, solo genera más ansiedad. Además, nos puede tocar a todos. Para tener cáncer solo hay que estar vivo». Calzado, con profundas creencias religiosas, tiró de fe para manejar su ansiedad y sus miedos. Aunque tampoco oculta que buscó ayuda psicológica cuando fue necesario. ¿Conocer la enfermedad como médico ayuda a sobrellevarla? «Yo creo que sí. Sabes que el tratamiento se puede torcer, que hay variables que siempre se escapan. Pese a todo es mejor saber y participar en el proceso como siempre les decía a mis pacientes. Me puse en manos de mi equipo pero siempre tuve la oportunidad de opinar».

Como médico-paciente aprendes a aconsejar a tus enfermos. «Nunca he ocultado que yo también estaba enfermo, ni a mis enfermos ni a otros colegas. Intento dar la máxima visibilidad», dice. La suya, como la de los demás, es una historia para contar.

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